Los herederos de Ilvana

1. Rama Roja

Rama Roja era el último distrito al este de Isvari. No había ramas por ninguna parte, ni nada rojo. Era un puto páramo frío, peligroso, muerto y olvidado por los dioses, que no tenía mayor uso que torturar a las pobres almas que lo atravesaran. O eso pensaba Falmo.

―Apura el paso.

Falmo apretaba los dientes para evitar castañearlos. Sus pies estaban helados, húmedos y entumecidos bajo sus viejas botas de piel de lobo, con agujeros traicioneros que dejaban entrar una brisa tan fría que sentía que le acuchillaba la piel.

No sabía qué era peor, si eso o la mordida de las argollas de metal. Si no movía las muñecas durante un tiempo, se le pegaba el metal a la piel y le arrancaba trocitos cuando su captor las halaba sin ningún tipo de aviso.

La brisa apenas dejaba energías para hablar, y el aguanieve se había pegado a las piedras salientes del suelo irregular color pizarra. Falmo rezaba para que no llegase una tormenta. Si ése era el clima normal del lugar no quería imaginarse cómo sería con una nevada.

Su captor hizo avanzar a su caballo, dejando surcos de pocos centímetros en la nieve –que allí comenzaba a ser más abundante- para que Falmo caminase por detrás. Al menos, la brisa había perdido fuerza poco a poco hasta desaparecer.

―¿No te parece esto muy injusto?

Su captor no le respondió. Otra vez.

―Apenas y hablas, pareces un no muerto.

El caballo apuró el paso tan rápido que Falmo no pudo reaccionar a tiempo. La cadena le haló, y cayó cuan largo era sobre la nieve, lastimándose los codos. Se levantó lo más rápido que pudo, el frío era insoportable y maldijo.

―Un no muerto te hubiera dejado atado al árbol de ahí.

―¿Q-qué árbol? –dijo tiritando.

El hombre le señaló una piedra lejana con una forma extraña… parecía un niño acurrucado para conservar calor, cuando se dio cuenta que era un tronco deformado por años de ventiscas heladas. El fuerte rojo de su madera resaltaba entre la nieve que el viento no le había podido arrancar.

Al parecer sí había ramas rojas. Aunque estuvieran muertas.

El hombre no había revelado su nombre o el motivo de su captura todavía. Apenas lo halaba con brusquedad cuando decía algo que aparentemente lo molestara. Aunque comparar a alguien con un no muerto no era algo que ofendiera a pocos.

―Un no muerto me hubiera dicho por qué…

―Uno que tuviera boca todavía.

Falmo gruñó, caminando pesadamente de nuevo tras el caballo. Se le estaba acabando la paciencia.

―¿Qué te hice, maldita sea?

―Ser escoria.-escupió.

―¿Qué eres?

―Un mito.

Falmo arrugó la frente al alzar las cejas.

―Ah, eres de esos justicieros… Que se creen que hacen una diferencia en el mundo ¿Verdad? –bufó, burlándose. ―Haciendo galantemente trabajos que la guardia tiene flojera de hacer, recibiendo un puñado de plata por eso. Qué noble ¿qué haría el mundo sin ti? ¿Te robé algo? ¿O te maté a alguien? ¿A quién le importa?

Falmo había matado en defensa propia –y a veces por arrebatos- varias pares de veces, pero…

El silencio solamente se rompía por los pasos del caballo sobre la nieve y los suyos propios.

―¿Quién no mata en estos días?

El caballo alzó las patas más de lo normal. Falmo ya estaba preparado y comenzó a correr, pero su captor fue más desconsiderado que antes. Obligó al caballo a correr unos metros halando a su prisionero, y haciéndolo caer y arrastrarse por la nieve, que se pegaba a su barba, cejas y nariz.

El frío le mordía como un perro rabioso en todas las áreas descubiertas, los dientes chocaban entre sí dolorosamente y lloriqueó.

―¡Hijo de puta!

―Prefiero ser eso que un asesino.

―¡Pues espero que tu madre haya sido una buena puta!

Su captor se detuvo bruscamente, y se bajó del caballo antes de que él se levantara del todo. Dio un paso atrás. No recordaba que el hombre era más bajo que él por un palmo y medio. No era especialmente ancho, pero tenía unas manos grandes de guerrero, pies pesados… y ojos negros, decididos y profundos, como una noche sin luna. Se le hacía vagamente familiar.

―Tendría algo de compasión si no fueras un asesino… Pero si vuelves a abrir la boca te corto la lengua, aquí mismo.



Ali Bracamonte

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En el texto hay: espada y hechiceria, magia y aventura, ladrones y asesinos

Editado: 17.03.2019

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