Los Ojos de Sofía

¿Tienes un hijo?

Luca

No debí haberla tratado así. No sé qué me pasó, no sé por qué me salió de esa manera. Valentina no me hizo nada, no era necesario ser tan grosero, tan despectivo. Pero cuando la vi ahí, parada frente a mí, preguntándome cosas triviales, casi como si esperara que fuera amable, algo en mí simplemente se quebró. En mi cabeza solo había una cosa: Sofía. Mi hija. Y el miedo a ser descubierto. La necesidad de mantener nuestra vida en secreto me hace volcarme hacia la dureza, hacia la frialdad. No puedo permitirme ser vulnerable, no con nadie, ni siquiera con ella. Y menos ahora, cuando hay algo mucho más importante en lo que pensar.

Sofía está enferma. Mi pequeña está en la cuna, llorando con esos sollozos bajos que parecen desgarrarme el alma. Su fiebre no cede, y yo no sé qué hacer. No soy médico, soy periodista, un hombre que se dedica a escribir historias, no a curar a su hija. Llevarla a un hospital sería un desastre. Aunque tengo todos los papeles en regla, aunque el apellido en su certificado de nacimiento es el mío, siempre existe la posibilidad de que alguien empiece a hacer preguntas. No puedo arriesgarme. No puedo permitir que alguien descubra la verdad, no cuando la amenaza de perderla está tan cerca, tan palpable. Mi hija no tiene culpa de nada, pero si alguien descubre que ella no debió nacer en este mundo, si alguien sospecha lo que de verdad ocurrió, perderla sería lo peor.

—¿Mamá? La palabra, susurrada entre sollozos, me golpea como un puño en el estómago.

Mamá. La maldita palabra. La que nunca podrá tener. Ni tú ni yo, mi pequeña. No puedo explicarle cómo han sido las cosas, cómo todo esto comenzó. No sé cómo decirle que su madre nunca la verá.

Miro a Sofía, su pequeño cuerpo temblando de fiebre, y mi mente comienza a perderse en la desesperación. La tomo en mis brazos, la abrazo fuerte, tratando de calmarla. No sé qué hacer, no sé qué puede aliviarla, pero intento algo, cualquier cosa.

—Shh, tranquila, Sofía... —le susurro, acariciándole la cabeza mientras intento tranquilizarla.

La pongo contra mi pecho, y comienzo a cantarle. No soy buen cantante, lo sé, pero ella siempre se calma cuando lo hago. La canción de cuna italiana, esa que mi madre solía cantarme cuando era niño. La misma que siempre me tranquilizaba, que me ayudaba a cerrar los ojos y olvidarme del mundo.

“Dormi, dormi, bel bambin,
sogni d’oro, sogni d’oro…”

Duerme, duerme, dulce bebé,
sueños dorados, sueños dorados...

La escucho respirar más calmada mientras la arrullo. Poco a poco, Sofía va dejando de sollozar, y su cuerpo se relaja. Es increíble lo que una simple canción puede hacer. La coloco cuidadosamente en su cunero, me aseguro de que esté cómoda, y salgo de la habitación con el corazón aún acelerado por la preocupación.

Voy a la cocina a preparar unas compresas frías para su fiebre, pero cuando paso por la ventana, algo me detiene. No sé por qué, pero allí está ella. Valentina. Mi vecina. La veo luchando con un sofá de madera, y puedo ver cómo no puede meterlo en la puerta. La puerta es demasiado pequeña, y el sofá no cabe. Ella lo empuja con fuerza, intentando forzarlo a entrar, pero no lo consigue.

Una parte de mí, la que me dice que todo lo que hago está mal, me dice que no me meta. Que no debería ser tan ingenuo, que esta es otra de esas oportunidades que me harán lucir más débil de lo que ya soy. Algo me impulsa a salir. Algo me dice que no puedo dejarla ahí, sola, luchando con algo que no puede manejar. No sé por qué, pero no lo puedo evitar.

Cierro la puerta tras de mí y me acerco a ella, a pesar de que mi mente grita que no lo haga. La veo de espaldas, luchando con el sofá, y respiro hondo antes de hablar.

»Buenos días. —La saludo, y me doy cuenta de que ella se sobresalta, dándose un gran susto.

Valentina se gira rápidamente, con una expresión de disgusto en su rostro, como si fuera lo último que quisiera ver.

—¿Qué quiere? —me responde, ariscamente, su tono frío, tan diferente al de la mujer amable que intenté ser antes.

Siento que la incomodidad crece, pero no puedo detenerme.

—Veo que no puedes con el sofá, ¿quieres ayuda? —le ofrezco, sin saber si debo dar el paso. Lo hago, de todas formas.

Ella se cruza de brazos, visiblemente molesta.

—No necesito que me ayudes. —Su voz se endurece, casi se puede sentir la rabia. —Mire, si tiene alguna curiosidad, hay una guía de turismo en el pueblo. No me moleste.

Las palabras me golpean, y aunque sé que me lo he ganado, no puedo evitar que me duela su rechazo. ¿Por qué le estoy pidiendo ayuda? ¿Por qué la trato de esta forma? Debería haber sido más... ¿Amable? No, no puedo serlo. No puedo arriesgarme a dejar que nadie entre en mi vida, ni siquiera una simple vecina. Pero sus palabras me hacen sentir aún más pequeño.

—Lo siento, no volveré a molestarla —le digo, derrotado, con una leve mueca de frustración.

Me giro, sin esperar más, y vuelvo a la casa, a mi hija. No me queda otra que hacer lo que siempre hago: cuidar a Sofía. Le preparo las compresas de agua fría, la acuesto de nuevo, la cuido como a una princesa. Porque, aunque Valentina y su rechazo me hayan dejado fuera de lugar, mi pequeña hija es lo único que me importa. Y con ella, sé que puedo, al menos, hacer lo correcto.

(...)

El golpe en la puerta me sobresalta. Nadie, absolutamente nadie, me visita. Ni siquiera sabe que vivo aquí. Desde que me mudé hace casi dos años, me he mantenido bajo el radar. Este pueblo entero es un misterio para mí, y yo, para ellos. Nadie sabe quién soy, ni qué hice, ni de dónde vengo. Ese es el modo en que las cosas deben seguir siendo. Nadie debe conocer mis secretos. Solo que el golpe en la puerta me rompe la rutina, y mi corazón late desbocado mientras intento calmarme.

Me acerco lentamente a la ventana, con pasos sigilosos, tratando de no ser escuchado. No quiero que nadie me vea, no quiero que el pueblo descubra que alguien más ha llegado a esta casa. Me asomo con cuidado y observo a través de la cortina. Y ahí está. Valentina. Mi vecina. La mujer del vestido amarillo, con su cabello largo y en ondas. En sus manos lleva un pastel, y su rostro parece incómodo. Se detiene frente a mi puerta, mirándola como si dudara si tocar o no.




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