Los Ojos de Sofía

Jamás te pediré nada

Luca

Me quedo en silencio, observando desde el pasillo la interacción entre Valentina y Sofía. Cada gesto, cada palabra, me golpea de una forma que no puedo explicar. La forma en que Valentina trata a mi hija, con tanta dulzura, con tanto cariño, es algo que no estoy acostumbrado a ver. Mi hija, que siempre ha estado rodeada de silencio y aislamiento, parece encontrar consuelo en sus brazos. Sofía se acurruca en ella, cierra los ojos lentamente, y en unos minutos, se duerme tranquila. Mi corazón se detiene por un momento. Es extraño, ver a mi hija en brazos de una mujer que no la conoce, una mujer que está aquí por un simple impulso, por el deseo de ayudar.

Casi me dio algo cuando vi por el teléfono que Valentina estaba entrando a mi casa. La muy escurridiza encontró la llave que dejo por emergencia y entró como si fuera suya. No sé cómo lo hizo, pero lo hizo. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, la adrenalina se disparó y mi mente comenzó a correr a mil por hora. Seguí cada movimiento de ella, observando desde mi teléfono mientras volvía a mi hogar. Cuando la vi frente a la habitación de Sofía, mi mundo se detuvo por un segundo. No sabía qué hacer. Mi instinto me gritaba que la echara, que la sacara de aquí, pero algo me detuvo. Mi mente no podía procesar todo lo que estaba pasando, solo sabía que no quería que Valentina estuviera cerca de mi hija, no sin saber el peligro que representaba para ella.

Detuve mis pasos, y no fue hasta un par de segundos después, cuando la vi acercarse a mi hija, que mi corazón dio un vuelco. Corrí las escaleras como un loco, el sonido de mis pisadas retumbando en el pasillo. Mi pecho golpeaba con fuerza, como si fuera a explotar. Llegué a la puerta de la habitación en segundos, sin saber qué hacer. No quería hacerle daño a Valentina, pero no podía dejarla acercarse más a Sofía. Cuando la vi sostenerla, mi cuerpo se tensó, y una oleada de ternura inexplicable me invadió. No recuerdo haber sentido algo así, ni siquiera cuando Sofía nació. Ni siquiera cuando la tomé en mis brazos por primera vez, en medio del caos, en medio de todo lo que estaba pasando en mi vida. Fue un caos total, y nadie la amaba como yo. Nadie la amaba de verdad. Pero ahora, aquí estaba Valentina, sosteniendo a mi hija como si fuera suya. No lo entendía, no quería entenderlo. No sé si ella siente algo por Sofía, pero algo en mí me dice que fue un acto humanitario, que no lo hizo por ninguna otra razón más que por compasión. Y, por alguna razón, eso me molestó. No quería que ella fuera parte de este mundo.

Mi cuerpo se tensó aún más cuando escuché a Sofía decir "Mamá", antes de quedarse dormida. El corazón me dio un golpe brutal, un latido que me atravesó. No fue un simple murmullo. Fue tan claro, tan lleno de confianza. Sofía dijo "Mamá" mientras dormía, sin darse cuenta de lo que estaba pasando. Valentina sonrió, le acarició la punta de la nariz con cuidado, y la dejó en el cunero. No pude evitar mirarla, observando cómo la trataba con ternura, cómo la cubría con la manta de leoncitos, cómo le dejaba cerca su muñeca. La vi quedarse allí un momento, asegurándose de que Sofía estuviera cómoda, y luego, de forma casi sigilosa, se levantó. Sus movimientos eran cautelosos, casi como si tuviera miedo de despertar a la niña.

Me quedé allí, en la puerta, observando cómo Valentina se alejaba lentamente de la habitación. La tensión en el aire era palpable. No podía creer lo que acababa de suceder. Valentina había entrado en mi casa sin permiso, había sostenido a mi hija y la había cuidado como si fuera suya. Y yo no sabía qué hacer con todo eso.

No puedo permitir que se vaya sin hablar con ella.

Me hago a un lado de la puerta, dejando que salga de la habitación. Ella camina lentamente, con pasos suaves, como si no quisiera causar ruido. Sé que no se va a ir tan fácilmente. No la quiero cerca de Sofía. No quiero que nadie descubra el secreto que he estado protegiendo durante tanto tiempo. No puedo permitirlo.

Valentina pasa junto a mí, y por un momento, nuestros ojos se cruzan. Hay algo en su mirada, algo que no puedo leer, que me dice que no está arrepentida de lo que hizo. Es extraño, en lugar de resentimiento, siento que algo se ha quebrado dentro de mí. No quiero que ella lo entienda, no quiero que se acerque, también sé que no puedo ignorar lo que acaba de hacer. Ella se detiene frente a mí, y por un momento no digo nada. La tensión es palpable, pero yo no quiero dejar que todo esto pase sin hablar.

—No debiste entrar —le digo finalmente, mi voz grave y autoritaria. En el fondo, sé que no puedo echarla de mi vida tan fácilmente. Algo en mí se ha roto, y no puedo evitarlo.

Ella me mira, con los ojos fijos en los míos, pero no dice nada. No responde. Solo me observa, esperando que yo diga algo más.

»Debes irte —le ordeno de nuevo, ahora mi tono es más bajo, más desgastado.

Valentina no responde de inmediato. En su lugar, da un paso atrás, como si estuviera evaluando mis palabras, mi postura, mi actitud. Y entonces, en un susurro, dice:

—Denúnciame.

Esas palabras me sacuden. No esperaba que dijera eso. No esperaba que fuera tan directa. Y aunque una parte de mí quiere gritarle, decirle que se largue, otra parte de mí siente que algo se ha desbloqueado en esta conversación. Algo que no puedo seguir ignorando.

Me quedo en silencio, observándola. Ella sonríe, una sonrisa cargada de algo que no puedo identificar, pero que sé que no es bondad. No, ella no está aquí para ayudarme, pero a la vez, algo en su presencia me hace sentir como si todo estuviera a punto de cambiar.

—Tienes toda la razón —le respondo finalmente, sabiendo que no puedo dejarla ir tan fácilmente. No ahora.

Ambos nos quedamos en silencio, los dos atrapados en nuestra propia mentira, en nuestro propio secreto.

La rabia hierve en mis venas mientras observo a Valentina caminar por el pasillo, sin mostrar ningún signo de arrepentimiento por lo que acaba de hacer. ¿Cómo se atrevió? ¿Cómo puede estar tan tranquila después de lo que ha sucedido? Se ha metido en mi casa, ha tocado a mi hija, y no me importa que lo haya hecho con buenas intenciones. ¡No me importa!




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