Mi paciencia se agota

Los hermanos Ochoa

La mañana siguiente, la empresa amaneció con un aire distinto. Los pasillos, normalmente llenos de murmullos y pasos apresurados, parecían contener la respiración. Todos sabían que ese día que se dia los hijos de Ramiro aparecen, y el rumor del testamento había convertido la rutina en un escenario de incertidumbre.

Leonor, Ismael y Pedro se miraban entre sí, intentando descifrar lo que estaba por suceder. El reloj marcó las diez cuando las puertas de cristal se abrieron y tres figuras entraron con paso firme. Eran los hijos de Ramiro: Mariana, la mayor, con un porte elegante y mirada calculadora; Julian, el segundo, con un gesto desafiante y un aire de impaciencia; y Clara, la menor, que parecía más nerviosa que sus hermanos pero menos decidida.

__ Ya llegaron _ aviso Eleonor nerviosa _ ¿No sabremos que va a pasar dentro de la oficina del señor Ramiro? pero creo que va a hacer una arda batalla. __ susurro Ismael nervioso pero intentando descifrar el proyecto con las manos temblorosas. __ Por ahora, debemos concentrarnos en el proyecto con calma _ dijo Pedro con una actitud responsable mientras toco el hombro derecho de Ismael. Aunque por dentro sentía una ansiedad enorme.

Ramiro los recibió en su oficina, pero la tensión se filtró rápidamente hacia el resto de la compañía. Los empleados se asomaban discretamente, algunos fingieron trabajar mientras escuchaban los ecos y gritos elevaros detrás de la puerta cerrada.

__ Este testamento no puede esperar más papá_ se escuchó decir a Julian con tono áspero. Mientras sus hermanas intervienen rápidamente.

Leonor sintió un escalofrío. Ismael frunció el ceño, como si anticipará un conflicto que podría arrastrarlos a todos. Pedro, en cambio, se inclinó hacia adelante, intrigado por la posibilidad de que aquella disputa familiar se convirtiera en un campo de batalla dentro de la empresa.

Toda la compañía estaba en silencio. Apenas se escuchaban pequeños temblores en la paredes de cristal mientras los hermanos Ochoa discutían a gritos desde el otro lado de la empresa.

__ A ver, papá, decídete de una vez ¿ quién de los 3 se lo queda? preguntó Julian con un tono áspero y desesperado.

__ No empieces otra vez con eso Julian _ exclamó Mariana mientras la apuntaba con el dedo.

__ Pues alguien tiene que decirlo. Todos están esperando una respuesta.

__ Yo no espero nada _ dijo Clara _ Pero tampoco sería justo que se lo den a uno solo.

__ ¿Ah, no? Porque cuando había que ayudar a papá con algo, nadie aparecía.

__ A ver, no vengas a hacerte el santo Julián ¿si? por favor.

__ ¡¡Ya basta!! _ grito Ramiro _ Parece que les importa más una maldita herencia mía o la de su madre que a su propia familia.

__ No es eso papá, pero todos queremos saber qué va a pasar.

__ Lo que va pasar es que estoy tan harto de escuchar sus estúpidas peleas por cosas que ni siquiera me he muerto como para dejarlas a uno de ustedes. ¿Acaso ese es el ejemplo que le dan a mis nietos por cada tontería suya?

__ Entonces, dilo claro de una vez.

Ramiro suspiro profundo y los miro a los tres:

__ Si siguen comportándose así… como unos escuincles berrinchudos, no van a quedarse con nada, ¡¡Ninguno!! .

La reunión se prolongó durante horas, y aunque toda la compañia escuchaban todo nadie sabía con certeza qué pasará después. La atmósfera era clara: los herederos no habían venido a dialogar, sino a imponer. El futuro de la compañía estaba en juego, y los tres compañeros comprendieron que su primer gran reto no sería el proyecto asignado, sino sobrevivir a la tormenta que los hijos de Ramiro habían traído consigo.




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