Nuevo Codigo De Sangre

Las primeras leyes de radith

1. Las primeras leyes de Radith.

Año 2084.

Me encontraba sentada en una banca de Plaza San Martín con las piernas cruzadas y el celular en la mano.

La noche de Córdoba tenía ese olor particular. Humedad, asfalto caliente, algo frito de algún local cercano.

Peiné con los dedos mi cabello naranja largo hasta la cintura. Mis ojos celestes brillaban en la oscuridad como mi piel pálida.

Acomodé el suéter rojo, la falda de colegiala negra, las medias oscuras apretando mis muslos y las botas góticas. Mi vestimenta de siempre.

Ley 1 de Radith: Sos la guionista de tu propia historia.

Estaba haciendo lo que me gustaba. Investigar crímenes por diversión y chupar la sangre de los criminales.

El celular vibró.

Lo atendí al instante.

-¿Hola?

Una voz preocupada al otro lado.

-¿Marina Radith? Escuché de vos y pedí tu número. Hay muchos autos de alta gama parando en una casa particular. Es una casa en un barrio muy humilde, pero algo no cierra.

Al instante dije sin apartar el celular.

-Prostitución ilegal. Es lo más probable.

Silencio breve del otro lado.

-¿Debería llamar a la policía?

-Oh, no. Los policías solo llevan el caso a los jueces y estos les dan penas ridículas. Dame la dirección.

Me la dio. Corté.

Sentí la punzada de adrenalina y me levanté de la banca.

Busqué en mis contactos el nombre de Valentina Cruz.

Marcé.

Atendió al segundo ring.

-Marina. ¿A esta hora?

-Necesito que me lleves a una dirección. Tenés el auto cerca.

Una pausa corta.

-Dame cinco minutos.

Valentina Cruz llegó en cuatro.

Un auto negro sin distintivos. Sin ruido. De esos que no llamaban la atención precisamente porque eran demasiado discretos para ser normales.

Subí al asiento del acompañante.

Valentina era una mujer de unos treinta y cinco años. Pelo castaño recogido. Ropa oscura sin logos. Cara de haber visto demasiadas cosas y haber decidido no sorprenderse más por ninguna.

Me conocía desde hacía años. Había sido agente de inteligencia antes de que yo le demostrara que trabajar conmigo era más interesante que trabajar para el Estado.

Arrancó sin preguntar destino. Se lo di igual.

-Casa particular. Barrio humilde. Autos de alta gama entrando y saliendo.

-¿Cuántos adentro?

-No lo sé todavía.

Asintió y aceleró.

Córdoba de noche pasaba rápido por las ventanas. Drones de reparto cruzando los aires. Androides limpiando veredas. Luces led de colores sobre locales que nunca cerraban.

Valentina no habló durante el trayecto.

Yo tampoco.

Llegamos en ocho minutos.

Una casa vieja y oscura, iluminada solo por luces antiguas y los postes de la calle. Dos autos caros mal estacionados afuera.

Me bajé sola.

-Esperame acá -le dije a Valentina.

-Siempre.

Inspeccioné el lugar desde afuera.

Ley 2 de Radith: Todo es particular. Nada es por casualidad.

Vi a un hombre salir hasta su auto con una sonrisa en el rostro.

Esa forma de sonreír era sádica.

-Oiga -dije para llamar su atención.

Me miró extrañado. Después con miedo. Como si supiera que yo sabía.

-No le parece mal volver a ver a su pobre hijita luego de lo que acaba de hacer.

Sacó una pistola y me apuntó al pecho con las manos temblando.

No levanté las manos.

-La persona que está ahí adentro tiene una lista con todos sus clientes. Si ella cae, caerá usted también. Todo está siendo transmitido en vivo ahora mismo. Hay francotiradores rodeando el lugar.

Lo último era mentira. Pero funcionó igual.

El hombre giró para todos lados buscando posiciones imposibles.

Finalmente cedió. Soltó el arma.

Mi sangre salió disparada de la palma de mi mano y formó una guadaña sólida de color carmesí.

El hombre retrocedió un paso.

-Así es. Control infinito de la sangre, la carne, la piel y los órganos, propios y ajenos.

Hice una pausa.

-Puedo sacarte las venas de a poco o aumentar tu temperatura hasta los mil grados. Hasta donde mi imaginación desee.

Se arrodilló.

-Por favor, piedad.

Me acerqué despacio.

-Lo sentís, pero vas a entrar detrás de mí con esa pistola y vas a encargarte de los presentes. Todos menos las víctimas. O tu tortura va a ser peor que tu muerte.

Entendió.

Adentro las paredes eran negras. Una sola puerta al fondo. No era una casa real. Era un local de conveniencia disfrazado de hogar. El tipo de lugar que solo existe para que algunos hombres encuentren lo que no merecen.

La mujer estaba contando dinero en una mesa. Me vio y se tensó.

-¿Qué estás haciendo acá?

El hombre pasó detrás de mí. Apuntó.

-N… no -murmuró la mujer.

Jaló el gatillo. Le dio en la cabeza.

Después apuntó a su propia sien.

-Lo siento, hijita.

Sus sesos mancharon la pared formando una obra de arte carmesí involuntaria.

Sin darle importancia a los dos cuerpos a mis pies, me deslicé hasta la única puerta del lugar.

La abrí despacio.

Lo que vi adentro me detuvo un segundo.

Una chica de mi edad aproximadamente. Pelo negro corto con una trenza lateral. Ojos amarillos. Un top negro con tirantes, short oscuro, zapatillas blancas sucias en las puntas. Estaba sentada en el borde de una cama sin sábanas, mirando el piso.

Levantó la vista cuando entré.

Nos miramos.

-Mi mamá dijo que no habría más clientes. -Su voz era baja y plana, como si hubiera aprendido a no ponerle volumen a las cosas-. Es la primera vez que pasa una mujer.

Me quedé quieta un momento.

Tenía cuatro tentáculos negros que salían de su espalda. Gruesos. Largos. Enrollados sobre sí mismos hacia adentro como si quisieran desaparecer. Y dos cuernos pequeños en la frente, apenas visibles entre el pelo oscuro.




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