Ritalín

Ritalín

No podía dormir. Daba vueltas incontrolablemente sobre el viejo colchón, mientras el somier chirriaba a cada movimiento de su cuerpo. Suspiró cansadamente y miró al techo, el cual se descascaraba debido a la humedad.

—¿Duermes? —susurró, lo suficientemente alto como para que ella lo entendiera, pero lo suficientemente bajo como para no despertarla si dormía. Esperó cinco segundos y no obtuvo respuesta. Se volteó, recostándose en su lado izquierdo y no pudo contener una suave sonrisa: ella tenía los ojos abiertos—. Menos mal. No quería despertarte.

Movió su cuerpo más cerca al de ella y tras unos momentos acomodándose, logró terminar echado boca arriba con ella recostada en su pecho. Sentía una sensación cálida invadirlo por completo y como muchas otras veces estando al lado de ella, se sintió feliz. Se sintió en paz. Comenzó a acariciarle el cabello suavemente, inhalando el delicioso aroma que se volatizaba en el aire ante cada roce. Se sintió el hombre más afortunado al poder tener a su lado a una mujer tan excepcional como ella. Tan hermosa, tan inteligente, tan... perfecta para él. Amaba que ella tuviera la capacidad de —al fin— poder entenderlo. Porque nadie pudo antes. Pero eso ya era parte del pasado. Ahora estaba ella.

—¿Tú entiendes, verdad? —Preguntó, mirándola a los ojos­—. La verdad ir dónde él me ponía cada vez peor. Sólo sabía darme una tras otra pastilla y ya no lo soportaba. No soportaba el sentirme vacío; sin nada que me trajera de vuelta a la tierra, de vuelta a ti. Y eres lo único sano en mi vida, lo único que necesito. Si te tengo a ti, si estás a mi lado, lo tengo todo.

La atrajo aún más hacia su cuerpo, tomándola con firmeza

—Sé que a veces las cosas se descontrolan. Tú me descontrolas, amor; te has convertido en mi adicción y mi desespero. Sí, eres mi Ritalín pero también mi éxtasis; mi cocaína y mi anís. Mi desenfreno y mi calma. Eres el mar. Eres el mar para mí —delineó sus labios con la yema de sus dedos—. Porque detrás de esa sonrisa traviesa tuya se esconden demonios; y a ellos les gusta jugar con los míos, les gusta correr alrededor de ellos y observarlos con esos mismos grandes ojos tuyos llenos de curiosidad y ese algo más que me vuelve loco. Ese algo más que me encanta.

Besó la nariz de ella, y prosiguió:

—Tus demonios son más pequeños que los míos; pero son tan escurridizos y juguetones y eres tú tan bella —suspiró—. Tan pero tan bella, con tus piernas tan largas —su mano derecha se deslizó, bajando por su espalda, acariciando sus glúteos y luego sintiendo los muslos de su acompañante— y tu piel tan suave y tersa que... —su diálogo se detuvo y su mano se tensó, apretando una parte del muslo de ella, clavándole sus uñas en la piel. Respiró agitadamente unas cuantas veces y luego procedió a hundir su rostro en el cabello lacio de ella. Tras unos segundos, su respiración se normalizó y soltó una risa floja.

—Pues eso. Descontrol —se mordió el labio inferior y volvió a mirarla—. Pero sabes que nunca te he querido hacer daño. Y si te he hecho sangrar, eso tampoco fue a propósito. La verdad, es que me dejo llevar. Tu mirada, esa que me llena de pensamientos impuros, de pensamientos salidos, de pensamientos que no tendría si tomara mis medicamentos; y a pesar de todo, pensamientos sinceros. Muy sinceros, amor mío.

Se inclinó y le besó los labios suavemente. Al separarse miró sus ojos oscuros y por un segundo, creyó ver su propio reflejo en ellos.

—No es que esté loco, como dicen. Es que me enloquecen. Tú me enloqueces. Y perdona si pienso que las magulladuras de tus brazos son hermosas­ —ahora acarició sus brazos, los cuáles aún tenían rezagos de las últimas coloraciones violetas—. Perdona si te ves un poco más deseable cuando de tus labios emana un débil hilillo de sangre. Sé que deben ser pensamientos confusos para ti, pero entiéndeme. Entiéndeme. Por favor, entiéndeme —se acercó un poco más y le acarició con suavidad la mejilla. Sonrió suavemente—. Creo que ni siquiera debo pedírtelo. De alguna forma, sé que me entiendes.

Ella no se inmutó, ni se intentó alejar como las demás personas hacían cuando él se acercaba. Él sonrió levemente. Quizá por eso la amaba tanto. La amaba con tanta pasión y desenfreno que cada día creía que si llegaba a sentir algo más por ella, sería ya algo irreal. Y sin embargo, cada día se sorprendía queriéndola un poco más, amando el sonido que hacían sus uñas contra cualquier superficie, ese ruido que ella generaba cuando estaba esperando por ya demasiado tiempo y no lo quería hacer más. O amaba la forma en la que sus ojos tardaban en adaptarse al sol una vez que habían pasado mucho tiempo en la oscuridad. O descubría un lunar más en su espalda y cualquier cosa que existiera en la piel de la musa de su inspiración, pues era algo que él amaría sin duda alguna.

Y ese era el problema. Amarla era su mayor problema. Porque ella no lo amaba de la misma forma, claro que no. Ella se lo decía, pero ¿por qué habría de creerle? ¿Por qué habría de creerle tantos 'te amo', tantos 'te necesito' y tantas sonrisas de su parte, cuando lo que el resto del mundo le daba era una mirada asustada? ¿Por qué creerle cuando todos se alejaban? ¿Por qué ella no se alejaba?



Paloma Izquierdo Vigo

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En el texto hay: terror psicológico, psicopata

Editado: 23.02.2018

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