Te llevo dentro, hasta la raíz
—Natalia Lafourcade
El sol del atardecer ilumina la cocina, envolviendo en un halo a las dos personas que charlan animadamente mientras colocan la compra.
Y afuera de esa entrañable escena estoy yo, sentada en la mesa de roble con la cabeza apoyada en la mano.
—¿Quieres merendar? —le pregunta mi abuela a Aday y, sin esperar respuesta, se gira hacia mí—. Tayri, córtale un pedazo de la tarta que está sobre la estufa.
¿Le pasa algo a él en las manos?
—Es la que os gustaba tanto de niños —comenta ella mientras yo me levanto de mala gana.
Cuando me acerco a la estufa y levanto el paño, lo que me encuentro en el plato es una tarta de manzana y mermelada de frambuesa.
Una vez más, el demonio en mi hombro me atosiga para que diga algo, pero agarro en silencio un cuchillo y corto un pedazo de la tarta que acto seguido dejo sobre la mesa.
—¿Qué quieres beber? —le pregunta mi servicial abuela mientras él se sienta.
—Lo que sea está bien.
Mi abuela le sirve un vaso de zumo y luego me mira.
—¿Tú no comes?
—No tengo hambre —respondo escuetamente pasándole un tenedor a Aday.
—Gracias —dice y me da la sensación de que roza deliberadamente su mano con la mía.
Lo miro para comprobarlo, pero él está concentrado en la tarta. Tras dar un primer bocado, sus ojos repentinamente se encuentran con los míos y el entendimiento que veo en ellos me incomoda.
—Voy a deshacer la maleta antes de que sea más tarde.
Salgo de la cocina sin que mi abuela me detenga esta vez porque está muy ocupada atendiendo a Aday. Cualquiera podría dudar cuál de los dos es realmente su nieto.
Voy directamente al baño para lavarme las manos y no puedo evitar mirarme en el espejo. Como pensaba, estoy un poco pálida, el brillo en mis labios se fue en algún momento y no me veo tan guapa como me pareció que estaba cuando salí.
Me reprendo mentalmente por mi repentina inseguridad, evitando analizar demasiado la razón detrás de ello y, algo desanimada, me dirijo a mi habitación.
Mi maleta está prácticamente vacía, cuando oigo un suave golpe en la puerta.
Me congelo durante un segundo. Mi abuela hubiera entrado directamente y mi padre todavía está trabajando. No he oído la moto de Aday, así que solo puede ser él, a pesar de que hace bastante rato que subí. Pero, ¿por qué vendría a buscarme a mi habitación?
Cuando vuelve a sonar un golpe, me dirijo hasta la puerta pensando en cuáles son las posibilidades de que mi abuela finalmente haya desarrollado modales básicos. Supongo que las mismas de que haya ocurrido un apocalipsis zombi y lo que espera tras mi puerta sea uno muy educado.
Al abrir la puerta, lo que me encuentro es a un bronceado chico de metro ochenta y dos, aunque él diga que mide tres centímetros más.
Nos quedamos en silencio con un aire de incomodidad rodeándonos. Espero a que hable, pero puedo decir que no sabe bien cómo hablar conmigo o, más bien, no sabe hacerlo sin que sea para molestarme.
Es lógico. Nos conocemos desde niños, pero nunca nos hicimos amigos; fue una proximidad forzada por la amistad de nuestras familias. De niños no nos quedaba otra que pasar el rato jugando, aunque siempre acabábamos peleando. A medida que crecimos fue más difícil pasar tiempo juntos sin tener nada en común o llevarnos bien; por suerte, hicimos un grupo de amigos en Solanza y cada uno pudo estar con quien congeniaba más.
—¿Querías algo? —pregunto cuando no aguanto más la tensión.
Me observa en silencio otro segundo como si estuviera pensándoselo antes de contestar:
—Gara y los demás quieren verte.
Más reencuentros. Genial.
A pesar de que no creo haber movido ni un músculo de la cara, Aday debe haber captado algo de mis pensamientos porque otra vez le sale esta estúpida sonrisilla de lado.
—Es imposible que pases todo un mes aquí y evites a la gente, ¿sabes?
—¡Lo sé! —aseguro con frustración.
Aday se apoya en el marco de la puerta con los brazos cruzados, pura confianza ahora que ha conseguido irritarme.
—Gara me pidió que te dijera que mañana por la mañana fueses al drago.
—¿Estás trabajando de mensajero ahora? —me burlo—. ¿Para qué están los móviles?
—Qué graciosa, tal vez si no te hubieras cambiado de número podría hablarte directamente.
¿Cambiar de número? Me quedo sorprendida durante un instante hasta que recuerdo que es cierto. Hace dos años cambié de móvil y de número.
—Di por hecho que mi abuela se lo habría dado —miento.
—Ya —responde haciendo obvio que no me cree—. De cualquier manera deberías ir. Ha estado triste desde que te fuiste y pasaste de ella.
Lo que me faltaba, lecciones morales de este idiota.
—No pasé de ella —pasé de todo el mundo, en realidad—. Es normal distanciarte cuando vives en otro país.
—Las explicaciones dáselas a ella —responde con una expresión arrogante.
¿Quién te crees que eres?
Eso es lo que quiero decir, pero mi educación inglesa pesa demasiado en mí.
—Gracias por el mensaje —digo en cambio y doy un paso atrás para cerrar la puerta.
Antes de que lo haga, lo escucho reírse y decir:
—De nada, Riri.
Oigo sus pasos alejándose y poco después la puerta principal al cerrarse, seguido del motor de su moto.
Esa noche me voy a la cama agotada mentalmente. Solo es el primer día; el resto será mucho peor. Ese pensamiento me acompaña en la vigilia casi como un presagio.
💫
Me despierto temprano después de un sueño inquieto.
Paso unos quince minutos empanada frente al armario, pensando en qué ponerme.
Tras decidirme por un pantalón corto blanco con flores de colores, una blusa de tirantes y unas sandalias, bajo a la cocina.