Una Amistad Llena de Atracción. (editando)

Capítulo 1

Me  removí entre las sabanas y estiré mi cuerpo para hacer que la pereza desapareciera por completo de él y froté mis ojos, girando luego mi cabeza para ver la hora en el reloj que se encontraba en mi mesa de noche.

Solté un gritó ahogado y pataleé con fuerza y desesperación para deshacerme de las sábanas que se encontraban enredadas en mis piernas y me impedían levantarme con las rapidez que necesitaba. 

Trastabillé cuando por fin logré saltar de la cama y corrí el corto camino que me conducía al baño, quitándome el piyama en el proceso.

Media hora.  Llevaba media hora de retraso y ahora estaba total y completamente segura de que no llegaría a tiempo a mi primera clase.  Oh,  Dios. Terrible.

«Esto te pasa por irte tarde a la cama», me riñó una voz seria y severa dentro de mi cabeza. La reconocí como el típico tono que usa alguien correcto para decir: ¿Ves?  Te lo dije.

«Todo sea por una buena causa», justificó otra,  y reconocí a esa como la voz alcahueta,  apoyadora y siempre defensora.

Hasta altas horas de la noche era el tiempo límite que yo había establecido para estudiar y practicar sobre un examen que consideraba bastante extenso de contenidos numéricos. 
No era que considerara tedioso y fastidioso estudiar para exámenes en donde los números tenían un fuerte protagonismo,  al fin y al cabo,  mi carrera iba mucho de eso y, además,  se me daba bien,  pero es que el profesor era de esos que muy fácilmente se catalogaban en las listas de difíciles, cascarrabias y bastantes exigentes,  era por eso,  que yo,  bastante nerviosa de siquiera fallar hasta en el lugar correcto en el que se tenía que colocar un punto: me había pasado horas y horas metida en los libros y en los apuntes de mi cuaderno estudiando y practicando.

Este era mi segundo año de universidad en la carrera de administración y, —a pesar de que algunas veces yo misma me diagnosticaba con exceso de sobre-estrés—, no me arrepentía de haberla elegido por que ella me gustaba y, lo mejor de todo, se me daba bien todo eso de los números y cuentas.

Salí del baño aproximadamente cinco minutos después y me apresuré en llegar a mi armario cuando decidí que ya estaba lo suficientemente seca como para vestirme.

Cogí unos vaquero y pasé rápidamente una de mis piernas por la abertura, pero a mitad de camino mi pie se quedó trabado y comencé a brincar en un solo pie, no dejando nunca de luchar para que el pie atorado por fin saliera.  Suspiré de alivio cuando por fin me abroché el botón del vaquero y luego me apremié en sacar una camiseta tan amplia y larga que cuando me la coloqué: quedó por encima de la cinturilla de los vaqueros,  casi ocultando hasta la mitad de mis caderas.

Toda mi ropa era así. Sencillas camiseta y cómodos vaqueros amplios. No me gustaba usar ropa ajustada, sentía que a la curva de mis caderas, la redondez de mi trasero y la suave carne que llenaba la lisa piel de mi muslos no le sentaban muy bien el tipo de ropa ceñida.

La forma curvilínea de mi cuerpo lo había heredado de mamá, pero su altura , (yo no era pequeña, pero ella si era más alta que yo), hacía que su cuerpo se viera más esbelto y estilizado. Era un cuerpo alargado,  pero lleno de suaves y hermosas curvas. Ella era femenina y hermosa, muy al contrario que yo, que era tímida, reservada, insípida y nada femenina.

Ella siempre decía que era la chica más acomplejada que había en el mundo, y que estaba ciega por que no veía lo hermosa que era, pero ya sabía yo que ella solo me veía con ojos de madre.

«Eres una chica preciosa», me había repetido  miles de veces.

«Además, Ohana, eres la chica más maravillosa, inteligente y tierna que conozco» esa era su manera de replicarme  cuando me veía con mi expresión de: No me lo creo y esto solo me lo dices por que me quieres y por que eres mi mamá.

«La persona que te quiera por lo que eres y no por como te ves, será muy afortunado de tenerte, cariño» culminaba ella,  y al final de la conversación estaba tan enojada como si todo el tiempo hubiésemos estado discutiendo su belleza. 

Yo sabía que ella siempre trataba de animarme, pero la lista vacía de amigos y de novios que tenía  siempre me dejaba que pensar.  Al final siempre llegaba a la misma conclusión.  Era por mi. Debía de haber algo conmigo que no me permitía si quiera tener amistades.  Tal vez era culpa de mi timidez,  la cual siempre me impedía entablar fluidas conversaciones con desconocidos, o tal vez era la vergüenza que me daba estar rodeada de grupos grandes de personas que no conocía, o ser el centro de atención. Tal vez también podía ser el temor a ser rechazada,  o tal vez también era que me la pasaba tanto tiempo estudiando que al final de cuentas no me preocupaba mucho por relacionarme.  Pero sabía que debía de ser por mi,  que debía de ser yo. Y eso al final me hacía sentir insegura y extraña.

Tomé mi tenis negro y me los coloqué,  irguiendome después para recogerme la larga melena rojiza de suaves hondas en un alto y descuidado moño flojo cuando decidí que no tenía mucho tiempo para peinarme. Lo único que hice para dejar a mi flequillo medio decente fue pasar mis dedos por él en una rápida cepillada.

Me volví hacia el reloj y me di cuenta de que me quedaba muy poco tiempo si quería entrar a mi clase. Con una desesperada angustia corrí hasta el lugar en el que se hallaba mi bolso y,  luego de que me lo coloqué con rapidez en el hombro,  tomé el teléfono y baje corriendo las escaleras.

Eché un vistazo a la cocina y vi que mamá ya se encontraba preparando el desayuno, pero debido a lo tarde que iba me tocaría desayunar después, en la cafetería de la universidad. Corrí hasta ella y le di un rápido beso para salir inmediatamente de la casa.

—Oye, oye—  se apresuró a detenerme,  su ceño fruncido cuando la miré —. ¿Y a dónde te crees que vas?— me preguntó,  haciéndome saber con su tono que no entendía mi premura y que era mejor que me explicara si quería salir de casa. 



Ade Arang

#18934 en Novela romántica

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Editado: 26.11.2020

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