A donde quiera que vayas

20. Algunos cambios

—No sé por qué te quejas, la sala luce bien, tiene el tamaño perfecto. Ese viejo sofá arruinaba el efecto aristocrático de ésta casa —dijo para romper el silencio y cuando ya estaba a punto de quedarme dormida sobre el nuevo mueble.

Las lágrimas habían tenido un efecto calmante que terminaron por agotar mi escasa energía.

—Sácala ahora mismo —respondí somnolienta.

—Está bien, lo que tú digas pero para tu información, no me importa que la dejes pudriéndose allá afuera.

Lucas se puso de pie y empujó el mueble conmigo encima hasta dejarlo junto a la vieja puerta que daba al jardín. Una vez ahí, la abrió e hice un gran esfuerzo por despejarme, el frío calaba hasta los huesos. Encendió la luz y me percaté de que el césped estaba más lindo que nunca, lo miré entre recelosa y agotada sin hacer el intento de levantarme.

—No me digas que esto también es obra tuya.

—Te juro que no gasté un centavo. Mi madre tenía unos rollos que no necesitaba en nuestro jardín, así que los robé y los coloqué aquí. Luce muy hermoso, ¿verdad?

—¿Cuándo rayos hiciste eso?

—La otra noche.

—¿Qué otra noche?

—La noche que nos vimos, ¡No puedo creer que seas tan despistada! ¿No habías salido a tu jardín desde entonces?

—Yo no…

No quise decirle que no salía desde que Barto se había ido, odiaba aquél lugar porque me recordaba las largas conversaciones hasta la madrugada, cubiertos únicamente con una manta.

—Bueno, a veces la ira nos ciega y no nos permite ver.

Lucas se volvió hacia la mesa y se percató de las latas de pintura.

—¿Vas a pintar?

—Eso quiero, que nada de esto vuelva a recordarme que Barto estuvo aquí alguna vez.

—Es una buena idea, ¿trabajas mañana, Marte? —preguntó cambiando el tema abruptamente.

Al parecer, a Lucas tampoco le gustaba que hablásemos de Barto.

—No, es mi día libre —respondí bostezando y poniéndome en pie.

—Será mejor que me vaya —dijo —, francamente comienzas a lucir terrible y temo que pronto te conviertas en una espantosa bruja, ya casi son las tres de la mañana.

Le sonreí con tristeza y le acompañé a la puerta.

—Vamos, saca tu culo de aquí —aseveré con falsa vehemencia para despedirme.

—Te veo mañana, Osa Menor.

—Te odio —agregué cerrándole la puerta en las narices.

—Eres bastante correspondida —dijo en voz muy baja, —te veré pronto.

          Ya no respondí pero tampoco me alejé de la puerta hasta escuchar el motor de su camioneta alejándose de mi casa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



Aletor

Editado: 17.01.2019

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