Albino: Bajo la cubierta de sangre Ii

Capítulo III: Ataduras

ATADURAS •

“…Pues si es que quieres encontrar a tu hermano, sí…”

Esas habían sido las últimas palabras de Arlus hace ya varios días. Sentía que había pasado una eternidad en este maldito infierno desde que él y los demás me ataron a estas absurdas cadenas, aunque en realidad sabía que no había ni una semana.  

Me encontraba encerrada en una habitación oscura, no se me permitía ver a nadie, tampoco podían hablarme, mis visitas estaban limitadas solo a la presencia de ese maldito vampiro que de vez en cuando venía a revisarme para asegurarse del cómo estaba, aunque era más que obvio.

Sin la sangre que había consumido de aquel ser humano estaba débil, pálida y delgada.

Mis manos y el resto de mi cuerpo estaban temblando. Era como un maldito drogadicto en abstinencia. Con todos estos síntomas ni siquiera imaginaba mi propia apariencia que de seguro estaba hecha todo un desastre. Sacudí la cabeza ante la imagen. Para ser lo que era no creía posible poder verme así.

Me revolví el cabello con las manos.

Jamás había deseado tanto apoderarme de la vida de alguien. Recordar el placer de aquel humano mientras su sangre se acumulaba en mi boca y descendía a través de mi garganta había sido fascinante.

Solo aquel recuerdo era lo único que me quedaba, eso y el saber que si podía superar esto pronto podría saber en dónde estaba Itan. Eso era lo único que me mantenía viva, cuerda, con la suficiente capacidad para controlarme y no escapar de este lugar, sin embargo, eso no significaba que no tuviera deseos de golpear la pared y hacer un hueco en ella para poder huir, pero las cadenas, estas malditas cadenas a la cuales estaba atada me impedían moverme como yo quería, además, me había dado cuenta de que me debilitaban.

No tenía las mismas fuerzas.

—Eso es porque son especiales.  

Su voz no solo hizo que mirara con rabia hacia la entrada. Arlus de alguna forma podía entenderme, él era el único que hasta ahora podía comprender lo que sentía, él podía saber lo que estaba pensando, aunque no pudiera leer mis pensamientos. Era posible que eso se debiera a la directa conexión que teníamos ya que él había sido mi creador, y según él, fue así como me encontró.

—Lamento que hayamos tenido que encadenarte. —Me dijo mirando mis manos—. Pero entiende que era necesario.

—¿Necesario? —dije apretando los dientes.

Claro que no lo era, aún tenía la suficiente fuerza de voluntad como para no cometer una locura.

—No estábamos seguros de sí funcionaria, pero veo que sí.

Arlus dejó de recargarse en la puerta y caminó hacia mí para tomar mis manos y observar mis muñecas, las cuales estaban enrojecidas a causa del material que las rodeaba.

—Desearía no tenerlas —susurré.

—A eso he venido —dijo—. Ya ha pasado lo más difícil, así que... voy a quitártelas.   

Sus manos estaban cubiertas con unos guantes negros.

Lo miré colocar la llave en la cerradura y luego, giró. Escuchar aquel sonido de libertad nunca me fue más grato.

—Gracias —siseé sobando mis manos.

Era un alivio saber que estaba libre de toda atadura, sin embargo, aún me quedaba una.  

—¿Dónde está Lawrence? —pregunté por él, necesitaba alimentarme.

Mis ojos ardían.

—Sí, bueno él… —comentó al alejarse—… No creo que sea posible que puedas verlo por ahora.  

Fruncí un poco mi ceño, él pareció entenderlo.

—Tendrás que esperar un poco más para verlo, mientras puedes beber esto.

Arlus me ofreció un pequeño frasco con lo que al parecer era sangre.

—¿Qué es esto? —pregunté confundida.

—No necesitas saberlo, solo bébelo. Te ayudará a no tener hambre.

Por unos momentos me lo quedé mirando, no estaba segura de confiar en lo que él me estaba dando, últimamente no sabía en qué tipos de personas o vampiros confiar.

Chasqueé los dientes al recordar nuevamente a Lawrence, el maldito me había engañado, otra vez. Por su culpa estaba aquí encerrada y lejos de alcanzar mi objetivo, aunque yo había tenido la culpa por haberme dejado manipular.   

Me queje.

Había sido tan tonta.

—Vendré a verte más tarde.

Sin decirme nada más, giró sobre sus propios talones y se retiró, dejándome con la tentación de haber querido beber de su sangre.

Luego de que Arlus se fuera me quedé mirando por un largo tiempo aquel tubo de ensayo que tenía entre las manos; lo examinaba con calma, era un líquido viscoso, algo oscuro pero que al mismo tiempo se transparentaba con la luz de la luna que comenzaba a colarse por la pequeña ventana del sótano.

Denso, translúcido. No tenía sentido, pero tenía hambre.




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