Aliados de la Noche (sds#7)

Capítulo 10: Debes Elegir

Pov Becca

Fuimos por los tejados. No había helicópteros cerca, y las sombras de
la tarde cada vez más oscura nos ponían a cubierto de la visión general, por lo que parecía más seguro mantenerse en las alturas, donde
podíamos avanzar a buen paso.

Moviéndonos cautamente pero con rapidez, buscamos las zonas más
alejadas del caos que había a nuestra espalda, donde pudiéramos escondernos hasta la noche. Durante quince minutos, saltamos y nos deslizamos de un tejado a otro, sin que nadie nos viera, alejándonos cada
vez más de los humanos que nos perseguían.

Finalmente, llegamos a un viejo silo derrumbado, un edificio que una vez había almacenado grano. Una escalera de caracol se alzaba aún en el
exterior, aunque la sección inferior se había podrido y desmoronado.

Saltamos sobre la mitad superior de la escalera desde un tejado, subimos hasta arriba, derribamos de una patada la puerta cerrada y entramos.

Cerramos la puerta y nos adentramos más en el silo, caminando a lo largo de una estrecha cornisa, hasta llegar a una plataforma semicircular, donde nos tumbamos. Había muchas grietas y agujeros en el tejado, por encima de nuestras cabezas, y la tenue luz que se filtraba era lo bastante fuerte para permitirnos ver.

-¿Creéis que estaremos... a salvo aquí? -preguntó Harkat, bajándose la máscara. Regueros de sudor verde resbalaban por las cicatrices y costurones de su cara gris.

-Sí -respondió Mr. Crepsley confiadamente-. Tendrán que organizar una búsqueda exhaustiva. No dejarán ni una piedra sin levantar. Eso les hará ir más despacio. No llegarán hasta esta zona de la ciudad hasta mañana o pasado.

El vampiro cerró los ojos y se masajeó los párpados. Incluso empapada de loción bronceadora, su piel se había puesto de color rosado oscuro.

-¿Cómo lo lleva? -pregunté.

-Mejor de lo que me habría atrevido a esperar -dijo, aún frotándose los párpados-. Estoy empezando a sentir una jaqueca atroz, pero ahora que estoy fuera del alcance de la luz del Sol, tal vez se me alivie.

Bajó los dedos, abrió los ojos, estiró la pierna derecha y miró con expresión sombría la carne hinchada desde el tobillo hasta la rodilla. Se había quitado los zapatos antes, lo cual era bueno, ya que yo dudaba que hubiera logrado quitarse el zapato derecho ahora.

-Sólo espero que esto también se me alivie -murmuró.

-¿Cree que lo hará? -pregunté, estudiando el feo cardenal.

-Eso espero -dijo, frotándose con cuidado la mitad inferior de la
pierna-. Si no, tendríamos que hacer un sangrado.

-¿Quiere decir hacer un corte para dejar salir la sangre? -pregunté.

-Sí -respondió-. Las situaciones desesperadas requieren medidas
desesperadas. Pero esperaremos a ver qué pasa... Con suerte, mejorará por sí solo.

Mientras Mr. Crepsley atendía su tobillo, desenrollé las cadenas de
mis muñecas y piernas e intenté forzar los cierres. Mr. Crepsley me
había enseñado los fundamentos del forzamiento de cerraduras, pero yo
nunca había acabado de cogerle el truco.

-Ven aquí -dijo al cabo de un par de minutos, al ver que yo no conseguía nada.

El vampiro manipuló rápidamente los cierres, y, segundos después, esposas y cadenas se amontonaban en el suelo. Me froté con gratitud la piel liberada, y luego le eché una ojeada a Harkat, que utilizaba el extremo de su túnica para secarse el sudor verde de la cara.

-¿Cómo es que a ti no te pusieron esposas? -pregunté.

-Lo hicieron -respondió-, pero me las quitaron... en cuanto me metieron en la celda.

-¿Por qué?

La ancha boca de la Personita se abrió en una espantosa sonrisa de suficiencia.

-No sabían qué era yo, ni... qué hacer conmigo. Me preguntaron si sentía... dolor, y les dije que sí. Me preguntaron si las esposas... me
hacían daño, y les dije que sí. Así que me las quitaron.

-¿Así de fácil? -pregunté.

-Pues sí -repuso con una risita.

-Cabroncete afortunado -suspiré.

-Parecer algo creado por el doctor Frankenstein... a veces tiene sus
ventajas -me informó Harkat-. Por eso también estaba... solo. Me daba cuenta de que se sentían incómodos... en mi presencia, así que al poco tiempo de que empezaran a interrogarme... les dije que no me
tocaran..., que tenía una... enfermedad contagiosa. ¡Deberíais haber visto cómo... corrieron!

Los tres reímos a carcajadas.

-Deberías haberles dicho que eras un cadáver resucitado -reí entre dientes-. ¡Se habrían desmayado!

Después de eso nos relajamos y nos recostamos contra la pared del silo, sin decir casi nada, con los ojos entrecerrados, reflexionando sobre
los acontecimientos del día y la noche que nos esperaba. Yo estaba sedienta, así que al cabo de un rato bajé las escaleras interiores y fui a buscar agua. No la encontré, pero sí algunas latas de judías sobre un estante en una de las oficinas delanteras. Me las traje, las abrí con las uñas, y me las zampé con Mr. Crepsley. Harkat no tenía hambre; podía resistir sin comer durante días y días, si era necesario.

Las judías se asentaron agradablemente en mi estómago (pese a estar frías) y me recosté durante una hora, callada y pensativa. No teníamos ninguna prisa. Teníamos hasta la medianoche para reunirnos con Vancha y Cate (asumiendo que vinieran), y no nos llevaría más de un par de horas de marcha a través de los túneles llegar hasta la caverna donde
habíamos luchado con los vampanezes.

-¿Cree que Steve habrá escapado? -pregunté por fin.

-Estoy seguro de ello -respondió Mr. Crepsley-. Ese tiene la suerte de un demonio, y por si fuera poco, es astuto.

-Mató a gente, policías y enfermeras, mientras huía -dije.

Mr. Crepsley lanzó un suspiro.

-No creí que atacara a los que le ayudaron. Lo habría matado antes de que nos capturaran si hubiera sabido lo que planeaba.

-¿Por qué cree usted que se habrá vuelto tan malo? -pregunté-.No era así cuando lo conocí.



SiVeLa123

Editado: 04.07.2019

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