Atrapada Sin Querer

Capítulo 16

Han pasado varias semanas desde el día que abrí mi corazón a Francisco. Aún no me explico que fue lo que me llevó a contarle todo, pero no me arrepiento, sé que no ha tenido una mala intención.  

—¿Cómo te sientes? —Sandro me mira desde su puesto. 

—Estoy… ¿tranquila? —Suspiro y me cruzo de brazos—, no lo sé, pero cada día que pasa siento que el dolor se va mitigando un poquito. Al menos tengo menos días oscuros y me es un poco más llevadero mantenerme a flote. 

—No dudes, Vanessa. Puedo notar la mejoría que has tenido, así que permítete tener un poco de paz. 

Sonrío ligeramente. 

—Gracias —susurro—, es verdad me siento mejor. Hay un chico, Francisco, me dijo algo que me dejo pensando.  

—¿Qué cosa?  

—Me contó que había perdido a su mamá, me dijo lo difícil que había sido para él. Pero me aseguró que ella no hubiera querido que él se quede atrapado en su tristeza.  

Nerviosa, jugueteo con mis dedos antes de continuar.  

» Dijo que debe ser positivo y pensar que a pesar de todo lo malo que nos pueda pasar siempre hay algo bueno que espera por nosotros. 

—¿Cómo te hicieron sentir esas palabras? 

—Me hizo plantearme en cómo estaba manejando las cosas, y sé con certeza que Juan no estaría feliz si viera como he dejado que la tristeza se apodere de mí. Y realmente quiero ser positiva y pensar que dentro de toda la oscuridad en la que me encuentro podré encontrar ese rayito de luz que me saque de ese pozo en el que me encuentro.  

—Estoy orgulloso de ti, Vanessa —Sandro sonríe ampliamente—, has dado un gran paso, te aseguro que si sigues con esa actitud muy pronto te sentir como tu misma. 

Asiento esperando que sus palabras sean completamente reales.  

» Ahora quiero que me cuentes quien es Francisco, es la primera vez que lo mencionas.  

—¿Te acuerdas que te conté sobre el bebé que encontré mientras corría?  

—Si, lo recuerdo.  

—Bueno, él es el bombero que me ayudo con el bebé. Desde entonces nos hemos visto regularmente, ya que ambos vamos al albergue para ver al bebé.  

—Entonces se podría decir que son ¿Amigos?  

—Pienso que sí. —Me encojo de hombros—. Es bastante agradable pasar el tiempo con él.  

—Comprendo —murmura apuntando en su libreta. Blanqueo los ojos cuando lo hace.  

» Y dime, Vanessa —dice levantando los ojos para mirarme—, ¿Has pensado en volver al trabajo? 

Presiono los dientes con fuerza.  

—Aún no me siento preparada para regresar —Me remuevo con incomodidad.  

—Hablaremos de eso la próxima sesión —dice.  

Cierra la libreta y la deja a un lado, esa es mi señal para ponerme de pie y salir de aquí.  

—Nos vemos en dos días —digo alcanzando la puerta.  

—Buen trabajo, Vanessa. 

******  

  

—Pero mira que grande estás —es lo primero que escucho cuando entró al cuarto de dormilón.  

Esta es una imagen frecuente en estos últimos días. Casi podría decir que es una especie de rutina.  

Tres veces por semana después de mi caminata vengo al albergue y Francisco siempre está aquí. Nos hemos acostumbrado a pasar las tardes con dormilón, también hay ocasiones en las que ayudamos a María con los niños. Jugamos con ellos hasta que es la hora de comer y después nos retiramos. Normalmente caminamos juntos hasta el parque, comemos algún postre en el camino, luego regresamos y cada uno recoge su vehículo.  

Me acerco y me agacho hasta quedar a la altura de Francisco, que está sentado en el suelo. Me siento al lado de la gruesa frazada dónde se encuentra Dormilón boca abajo  

—Otra vez lo estás intentando —comento.  

—Hola —Me sonríe—. Si, mira ya no llora. ¡Mira mira! ¡Está levantando su cabecita!  

Sonrío con ternura mirando al bebé mover su cabeza y mantenerla levantada con más estabilidad.  

Un día Francisco llegó y comento que había estado leyendo sobre el desarrollo de los bebés, asegura que es necesario colocar al bebé boca abajo para que pueda fortalecer su cuello, aunque debo decir que esa idea no le agradó mucho al pequeño, ya que cada vez que Francisco intentaba ponerlo boca abajo él demostraba tener unos buenos pulmones.  

—Y ya no llora. —Acaricio su espalda con suavidad.  

—Es que él es un campeón —dice con una sonrisa orgullosa.  

Estiro las manos y lo cargo, sus manitos se agitan frente a su cara y enseguida lleva uno de sus puños a su boca llena de baba. Es algo que ha estado haciendo hace unos días.  

—Te gusta hacer eso ¿verdad? —canturreo con diversión. Enseguida deja de babear su mano y me mira con atención—, hola bebé.  

Cuando en sus labios se dibuja una gran sonrisa mi corazón empieza a latir con rapidez.  

» ¡Francisco, mira! ¡Está sonriendo!  

Vuelvo a mirar su sonrisa, es tan grande que puedo ver sus rosadas encías.  

—Es que le gusta tu voz —dice Francisco guiñándome un ojo.  

Sonrío con timidez y regreso mi atención al bebé.  

—Parece que alguien tiene sueño —señalo cuando lo veo bostezar—, ¿Ya comió? 

—Si justo acaba de terminar su biberón. 

Tras unos minutos en los que me encargo de arrullarlo en mis brazos, mientras que Francisco pasea su mirada del bebé a mí, logro que se quede profundamente dormido. Con ayuda de Francisco me pongo de pie y lo hecho en su camita. Después salimos del cuarto, hasta el gran comedor donde se encuentran todos los niños comiendo. 

—Hola, Vanessa. —Una pequeña mano toma la mía.  

—Hola, Javi —Me inclino apoyando mis manos en mis rodillas para poder estar a la altura del pequeño niño—, ¿Cómo has estado?  

—¡Ya se me cayó el diente! —comenta con entusiasmo y me muerta sus dientecitos incompletos.  

—¡Vaya! —Aplaudo acompañando su alegría. 

—La señora María me ha dicho que lo ponga bajo mi almohada —susurra acercándose a mí—, dice que tendré una sorpresa cuando despierta.  



Nicole. G.R

#553 en Novela romántica
#160 en Chick lit

En el texto hay: bomberos, amor y dolor, amor y romance

Editado: 14.11.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar