Auro

CAPÍTULO IX

is ojos permanecían cerrados para intentar ignorar la mirada de todos sobre mí en el estacionamiento. Podía sentir como la piel de mis brazos ardía fatal, así que eché una mirada rápida a esa zona para descubrir que la mitad de mi brazo había sido tallado por la fricción de mi caída al suelo.


 

—Creo que si intentabas arrollarme de nuevo debiste haber girado un poco más —escuché la voz de Auro en un tono relajado.


 

Me veía realmente patética, tirada en el suelo con mi ridícula bicicleta rosada encima de mí y mis brazos sangrando debido a mi fallida maniobra; pero por si eso fuera poco, también tenía al chico más guapo de toda la universidad riéndose de mí a un costado. No quería demostrarlo, pero sabía que Auro se burlaba internamente de mí y podía notarlo en su mirada.


 

Varios quejidos salieron de mi boca al tratar de quitarme la bicicleta de encima, sin embargo, mis intentos fueron en vano. La bicicleta era demasiado pesada para poder levantarla por mi cuenta y además, mi pie se había atascado en la cadena. Me resigné a seguir tirada y ser la burla de la escuela por al menos toda la semana hasta que noté como Auro se puso en cuclillas para alcanzarme y comenzó a liberar mi pie de la cadena sin dificultades. Seguido de eso, me liberó a mí del peso de la bicicleta, levantándola y apoyándola en el árbol con el que había chocado.


 

—Vaya, ¿realmente tengo que salvarte cada vez que te pones tú misma en peligro?


 

Me levanté como pude y comencé a sacudir con mis manos mi blusa blanca, la cual estaba totalmente llena de suciedad e incluso, tenía marcada una llanta de la bicicleta como recordatorio para todo el mundo de que mi propia bicicleta había terminado sobre mí en el estacionamiento.


 

—No es necesario que lo hagas —le respondí a Auro avergonzada y evadiendo su mirada—. Y además, mi intención no era arrollarte de nuevo, fue tan sólo un accidente.


 

—Claro, ¿y por eso te dirigiste justamente hacia mí? Yo no veo camino libre por aquí, así que si no intentabas arrollarme entonces intentabas atravesar mágicamente ese arbusto. Claramente no te funcionó.


 

Sus ojos azules me analizaban cautelosamente de pies a cabeza, poniéndome muy nerviosa. Al parecer estaba buscando alguna herida en mi cuerpo, ya que su mirada se detuvo en mi brazo sangrando. Pensé que me remarcaría inmediatamente lo estúpida que era al hacerme daño yo sola, pero no fue así. De la nada se giró hacia su auto, abrió la puerta y asomó su cabeza hacia los asientos traseros para comenzar a buscar algo con mucha tranquilidad. Pareció encontrar rápido lo que buscaba; tomó entre sus manos algo que no logré ver con claridad y después volvió a salir del coche.


 

—Toma. —Me dijo ofreciéndome agua oxigenada y gasas limpias.


 

Dudé un poco sobre si tomarlas o no, pero al final las terminé aceptando. Siempre había sido cobarde para curar heridas, sobre todo si se trataba de las mías, así que no sabía cómo haría para no gritar en medio del estacionamiento al sentir el agua oxigenada tocar mi piel raspada.


 

—Gracias —balbuceé no muy segura.


 

Tomé asiento en el macetero que rodeaba la raíz del árbol y observé mis heridas más a detalle. Tal como lo había visto antes, la mitad de mi brazo derecho estaba totalmente tallada, y el izquierdo sólo tenía uno que otro pequeño raspón. Sin embargo, no había notado que la parte externa de mi muslo también estaba sangrando y mi pantalón se había roto por completo de esa parte, permitiendo ver mi herida a la perfección. Junté valentía y mojé una de las gasas con el agua oxigenada. Me detuve un momento y tomé una profunda respiración, repitiéndome a mí misma que no podía ser más cobarde.


 

—¿Tienes miedo? —Preguntó Auro entre risas al ver mi actitud. Él permanecía en frente de mí, con los brazos cruzados y sin despegar su mirada.


 

—Tal vez.


 

Auro soltó un gran suspiro y echó su cabeza para atrás. Después tomó el agua oxigenada y las gasas y comenzó a caminar alejándose de mí.


 

—Ven conmigo —me gritó al ver que no iba detrás de él.


 

Tomé mi bicicleta y comencé a pedalear lentamente detrás de él. Estaba muy confundida y sin entender qué era lo que Auro pretendía realmente, pero aun así, lo seguí sin pensarlo. Después de algunos segundos llegamos al campo del colegio, en el cual solamente se encontraba el equipo de soccer entrenando para su torneo. Sin saber aún a dónde se dirigía Auro exactamente, bajé de mi bicicleta y la encadené en el anclaje junto a las demás. Comenzó a subir las gradas hasta llegar a la parte más alta y yo hice lo mismo.


 

—¿Por qué me trajiste aquí? —Le cuestioné.


 

—Quiero que escuches bien esto: esta será la última vez que voy a hacer algo por ti, pececito. Será la última vez que voy a salvarte de algo, y será la última vez que vas a buscarme para intentar tener una conversación conmigo.


 

¿Qué? ¿Pececito? ¿Acababa de llamarme pececito?


 

—Espera... —dije tratando de entender lo que me dijo— ¿Qué dijiste? ¿Pececito? ¿Me llamaste pececito?


 

—Vamos, eres como un maldito pez indefenso en un mar lleno de tiburones. No pareces percartarte del peligro en el que estás, tan sólo vas por ahí nadando sin preocupaciones. Además, bueno, ni siquiera sé tu nombre.


 

—Me llamo... —me interrumpió.


 

—No me lo digas. No somos amigos.


 

—Entonces, ¿para qué me trajiste hasta aquí? ¿Qué se supone que vas a hacer por mí además de llamarme pez?


 

—Siéntate —me indicó con la cabeza que tomara asiento en la grada—, voy a curarte. Cada una de tus heridas.


 


 



Gabe Merin

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En el texto hay: misterio, mafia, badboy

Editado: 18.12.2020

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