Camaleón. Libro 1

Micrófonos secretos

El primer día en la empresa de Cooper no fue nada fácil, menos cuando su hermano menor me recibió con tanta amabilidad que su cercanía comenzaba a producirme alergia. Busqué algunas veces escapar de sus interrogantes y de su insistencia a la hora de charlar, y fue el mismo André el que me salvó en los momentos más incómodos.
Había estado pensando en el caso de André más que en mi propia vida y a pesar de que "el trabajo en si" no era algo que precisara de mucha experiencia, el fondo oscuro de la historia (que aún no lograba descifrar), comenzaba a volverme loca.
Tenía pistas, muchas de ellas, y todas me guiaban a la muerte de la esposa de André, pero cuando llegaba al expediente de su caso y la investigación que la policía había efectuado en base a su extraña muerte, la única persona que podía tener las respuestas a todas mis interrogantes y a mi excesiva curiosidad, era la persona que con suerte me miraba a la cara: André Cooper.
Tenía claro que con él no iba conseguir mucho y aunque no me incumbía —en lo más mínimo—, lidiar con la curiosidad era algo que nunca se me había dado muy bien. Aquello era el claro ejemplo de mis errores, la curiosidad era una de las principales razones por la que la policía me buscaba.
Tenía en mi poder información relevante sobre algunos casos de estafas millonarias en países vecinos y alguno que otro secreto que podía usar para chantajes importantes. Y todo ello lo había conseguido usando mi curiosidad, nada más que eso, había metido mi nariz en donde no debía y me había llevado buenos premios a modo de consuelo.
Pero eso no era lo que me quitaba el sueño, lo que me mantenía corriendo y con las ideas a chispas, era la muerte de la esposa de André Cooper y ese secreto que comenzaba a marearme, y decidida a no quedarme con la barriga revuelta por la curiosidad, decidí llamar a Arthur.
—No lo sé.
Fue lo primero que mi amigo respondió en cuanto lo obligué a reunirse conmigo en un cabaret cercano a su hogar.
—¿No lo sabes? —pregunté y el negó, mostrándose frustrado—. Mmm...
—Mira, Cam. A veces, hay agujeros en los que no debemos meter la cabeza. Te han contratado para mover dinero y activos a otras cuentas, no para indagar en ese estúpido expediente —dijo refiriéndose al expediente policial de Alice Cooper, pero entre eso, un ataque de risa se apoderó de mi—. ¿De qué te ríes?
—De ti —respondí—, yo solo meto la nariz, tu sí que metes la cabeza —contesté, moviéndole las cejas con gracia y recibí en respuesta un duro golpe en el brazo—. Sé que sabes, Arthur, dime o iré con tu esposa y le llevaré adelantado el regalo de navidad.
—¿Vas a chantajearme? —indagó ofendido.
—El chantaje es vida —burlé, el rodó los ojos con un gruñido de por medio.
—No puedo traicionar a André, es mi amigo, desde... ¡Desde siempre! —reclamó, sacudiéndome para hacerme entrar en razón.
—No te pido que lo traiciones, no seas dramática... ¡dramático! —corregí ante su mirada de antipatía. Creo que ya les quedó claro que Arthur tiene un falso matrimonio, con el cual pretende ocultar su real sexualidad—. Solo quiero saber por qué se abrió una investigación policial tan extensa.
—¿Acaso no sabes leer?
—Si —contesté—, bueno, a veces no, solo cuando me conviene.
Arthur negó, empinándose un vaso de whisky con sed entre los labios.
—André pidió que abrieran el caso.
Se calló y giró en el asiento para no mirarme a la cara.
—¿Y por qué?
—Porque sabe que algo no va bien.
—¿Qué algo no va bien? —pregunté y pensé en sus palabras.
—¿Por qué no se lo preguntas tu misma? —insistió y me sonrojé, pues llegar a André se me hacia difícil, no así mirarlo a escondidas como una acosadora desde mi despacho mientras simulaba que trabajaba para él—. No muerde.
—Es complicado. Ayúdame tu —pedí, sonriéndole con gracia. Él negó—. Te entrego la grabación de Michael y tú y no hay regalo de navidad para tu esposa —touché.
Arthur accedió a ayudarme con André y así también a ser mi aliado, pues de las pocas veces que había hablado con él, me cortaba las raíces a todas mis preguntas, mostrándome que no debía meterme en sus asuntos. Pero yo era un poquitín terca y mis raíces curiosas solían regenerarse con prisa, por ende, así también todas mis preguntas. 

En mi quinto día laboral, y tan solo a cinco días de acabar con la misión principal, Arthur decidió sacar a flote al valiente hombre que llevaba dentro y se presentó (casi al término de la jornada laboral), en la oficina de Cooper, donde me incorporé en su reunión con discreción, pues no quería que nadie más nos viera.
—¿No deberías ir a casa? —me preguntó André, mirándome con intriga. Negué y cerré la puerta de su oficina y aprovechando el despiste de los presentes, desconecté la electricidad—. ¡¿Qué mierda te pasa?! Había trabajado horas en ese informe...
—Vamos a hablar con sinceridad y estoy segura de que tienes cámaras y micrófonos aquí.
—¿Micrófonos? No, no, estás loca...
—Es asombrosa, te lo dije —balbuceó Arthur, siguiéndome con la mirada mientras abría las persianas grises que encerraban la oficina de André, tratando de generar un poco de luz—. André, perdóname por esto, pero Cam me ha chantajeado.
—¡Arthur! —grité con rabia, montándome en un taburete para revisar las luces y sus instalaciones, buscando algo que pudiera delatar que André estaba siendo vigilado—. Eureka —silbé, extrayendo un par de tijeras pequeñas desde uno de los bolsillos del pantalón que llevaba—. Un micrófono.
André se levantó desde su silla como un resorte y caminó alterado hacia mí. Sus dedos abrieron los botones del elegante saco azulado que llevaba y en cuanto estuvo lo suficientemente cerca, miró el micrófono con espanto y luego me miró a la cara.
Estaba asustado. Tal vez confundido.
—Puede que haya más, voy a limpiar y luego charlamos —susurré y apunté el lugar. André me dedicó un entristecido gesto y cogió el micrófono entre sus dedos—. ¡Pidan algo para comer! —reclame y Arthur rio de fondo.
Me proponía en montarme en una de las mesas que se utilizaban para reuniones, en cuanto las manos de André me obligaron a bajar. Al principio no entendí muy bien, pero ante su amabilidad y sus gestos para que guardara silencio, entendí que quería que lo siguiera a otro lado.
Acaté y lo seguí y para cuando nos detuvimos frente a una ancha imitación de la pintura de Picasso, Guernica, se acercó tanto a mí rostro que me tensé en mi posición.
—Tengo una bóveda —susurró con su boca adherida en mi oído y abrí enormes ojos al entender lo que decía—. Cabemos los tres —reveló y sonreí conforme.
Deslizó la pintura hacia la derecha, y tras eso, la bóveda apareció. Me alegré, pues había pasado mucho tiempo desde que un hombre me había sorprendido así y decidida a indagar entre los secretos de André, ingresé al lugar, seguida por Arthur y él.
En el encierro de aquel espacioso lugar, los tres nos miramos por largos segundos, y como ni Arthur ni yo nos atrevimos a decir palabra, fue André el que se osó a romper el silencio.
—¿Y de qué quieren hablar?
—Todo es culpa de Cam —protestó Arthur, defendiéndose, y solo negué al borde de un colapso, pues no quería que André pensara que estaba desequilibrada—. Ella ha insistido en revisar y releer el expediente policial de Alice...
—No te incumbe —respondió André de manera hostil, cruzándose de brazos con masculinidad.
—Si lo hace, ya ves que necesitas mi ayuda. ¿Micrófonos en tu oficina? —pregunté, mirándolo con cólera—. ¿Sabías que había micrófonos en tu oficina? ¿Qué te hace pensar que este lugar es seguro?
—Soy el único que tiene acceso.
—Eso es lo que tú crees —protesté.
—¡Lo soy! —reclamó, imponiéndose con arrebato—. Aun así, a pesar de que descubrieras micrófonos aquí, no tienes el poder ni el derecho de meter tu nariz en las investigaciones de Alice.
—¡Sí, si tengo! ¿Por qué los has adjuntado en mi archivo? ¿Por qué, para fastidiar?
—Fue un error.
—Tiempo fuera —interfirió Arthur, mirándonos con temor.
—No se puede hablar con él, está tan tenso, tan malhumorado, tan... ¡Ahhh! —gruñí estresada, apretando los puños en el aire.
—Tranquila, Cam. André está tenso, es un hombre que no tiene sexo hace más de ocho meses...
—¡Arthur, cierra la boca! —gritó André, cubriéndose el rostro con las manos.
Me quedé estática y muy callada, en la misma posición, pensando bien en lo que Arthur había soltado. Era como una bomba para chantaje, pero en vez de eso, le eché una discreta miradita de pies a cabeza y me quedé con una enorme ola de interrogantes dentro de la cabeza.
—Lo siento.
Fue lo único que Arthur se atrevió a decir ante el secreto que había revelado y tras eso, una aguda tensión se desarrolló entre los tres.
—Bueno, la noticia de que André Cooper no tiene sexo desde hace ocho meses, es algo que deseo twittear, como nunca antes quise twitter algo en mi vida, pero lo vamos a guardar para después —susurré, un tanto entristecida al ver que el hombre se encontraba devastado en una esquina del encerrado lugar en el que nos topábamos—. Lo que me interesa saber, André, es ¿por qué pediste que abrieran una investigación por la muerte de tu esposa?
—Fue un accidente de coche, tenía intriga por lo ocurrido —respondió frio—, todo fue muy rápido, casi no logré entender lo que estaba ocurriendo... —cerró los ojos.
—¿Tú estabas allí? —pregunté.
—Lo estaba —respondió, mirándome con odio—. Pero pasaron meses y la policía no logró dar con nada... Solo pistas fantasmas y nada concreto que pudiera demostrar lo contrario.
—¿Lo contrario?
—Yo insistía en que había sido homicidio, pero ellos probaron que solo se trataba de un accidente —confirmó y asentí, tan rendida como él.
—Entiendo —afirmé, pero no lo hacía, pues el historial de la policía tenía un error que me hacía dudar más. No lo mencioné porque André aún parecía seguro de que tenía razón y tal vez lo tenía, pero no quería ir hasta él con falsas pistas, no quería ilusionarlo con eso—. Bueno, necesito quedarme un par de horas, ¿hay algún problema con eso?
—No, para nada. La empresa cierra sus puertas a las cuatro, pero nos quedamos cumpliendo trabajo administrativo. Puedes quedarte si lo necesitas.
—Yo debo ir a casa. Miriam tiene una fiesta de recepción para su madre, y debo estar allí —intervino Arthur, mirándonos con tranquilidad—. Veo que ya estas más tranquila.
—Lo estoy, gracias —susurré, abandonando la bóveda a un lento paso, mirando cada esquina de aquella oficina.
Si bien había buscado solucionar las dudas que tenía respecto a los informes comerciales y policiales que André me había brindado, todo había resultado peor, pues ahora no tenía cien preguntas, tenía miles de ellas y todas nacían allí, en esa oficina que de seguro ocultaba uno que otro secretillo.



Caro Yimes

Editado: 26.02.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar