Cartas a Thomy

Prólogo

Era el típico día de otoño. Frío y húmedo. Ideal para quedarse en casa durmiendo. Ella podría haberse quedado envuelta como crisálida entre las cálidas frazadas y las suaves almohadas.. quizás con una bebida caliente y un buen libro (o una película en Netflix), pero no. Ella estaba ahí afuera bajo una molesta llovizna y el viento helado del sur de San Francisco,  con la ropa húmeda y las hojas secas pegoteandose en sus botas.

Era incómodo pero estaba feliz. Caminaba por las calles de la ciudad sin paraguas y con una sonrisa tan grande que -a pesar de tener el cabello enmarañado, erizado y prácticamente mojado- la hacía ver hermosa. La lluvia comenzaba a intensificarse pero ella siguió su camino como si nada, aunque en su interior quería bailar  como  en Singing in the Rain.

 Aun así, entró en la primera cafetería que encontró abierta, pues ahora más que nunca debía cuidar su salud. ¡Estaba embarazada! Y muy por el contrario a los primeros días, podía decir que ya no veía todo tan negro. Él podría no corresponder sus sentimientos, podría no querer hacerse cargo o podría simplemente no poder, dado que su carrera se basaba en la opinión pública y de solo saberse que ellos dos podrían estar "relacionados románticamente" sería un escándalo. Pero eso ya no importaba porque después de todo, ella era una mujer hecha y derecha. Con 27 años, con un título universitario y un trabajo nuevo pero estable. Podía hacerlo, independientemente de que su padre, un militar retirado y muy chapado a la antigua, la hubiese apoyado para su sorpresa y alivio. 

 

Hope volvió a sonreír cuando una mesera se acercó a pedir su orden.

 

-Un te de limón y medias lunas, por favor.

La joven tomó su orden y se marchó, mientras que Hope se removió en su asiento, sacando y estirando el primer ultrasonido de su bebé. Y aunque el ojo promedio solo viese manchas y sombras, para ella estaba más que claro el "porotito" al que se asemejaba el pequeño embrión.

 

Suspiró y cerró los ojos, intentando recordar el tierno repiqueteo del corazón de su hijo y en consecuencia su propio corazón se contrajo. Por instinto se llevó la mano al vientre y lo acarició con amor, mientras que con la otra tomo su teléfono y le escribió, como cada vez que tenía el impulso de hablarle.

 

¿Hormonas o amor a primera vista? ¿Tu qué crees?

 

La pregunta quedó allí, plasmada en la pantalla de su celular como una conversación de WhatsApp sin enviar. Se preguntó por quincuagésima vez en la semana si debía decirle (o no) a su mejor amigo que en un par de meses tendrían un bebé.

 

 

Steve, el militar retirado del que antes hablábamos, padre biológico de nuestra chica y tutor legal (en su momento) del famoso actor Logan Evergreen -padre del infante en cuestión-, le había dicho que era su deber como mujer y madre informarle al susodicho ya que ese era su derecho y que en todo caso no debería de preocuparse por la reacción que éste pudiese tener ya que él mismo se encargaría de ubicarlo en sus casillas.

 Suprimió una carcajada al recordar lo sobreprotector que podía llegara ser el señor Clayton cuando de su hija se trataba, cosa que a ella siempre le molestó pero que ahora devenia  en ternura.

 

 

Si. Definitivamente las hormonas tienen muuuucho que ver

 

 

Pensó risueña mientras le daba un sorbo al té. Y comenzó a borrar lo que había escrito.

Tendría al bebé, ese era un hecho. Abortar no era una opción. ¿Darlo en adopción? ¡Ni de chiste! Ella sabía perfectamente lo que era crecer en un orfanato y en hogares temporales y no se lo deseaba a nadie, mucho menos un pequeño bebé. Su pequeño bebé.

Y mientras pensaba en su triste infancia y lo depresiva que se volvió su vida después de que Steve le confesara la relación sanguínea que los unía decidió que no quería eso para su hijo. Ella le diría la verdad. Toda junta y desde pequeño para que no sufriera. Obviamente lo adaptaría a su edad pero... lo haría, ¡si! 

Aunque... ¿cómo le explicas a un niño que tu mejor amigo, tu hermano adoptivo y su padre son la misma persona?

 

 

Necesitaba tomar decisiones. Decisiones responsables y no pasionales o apresuradas. Así que como la estudiante aplicada que siempre fue, tomó libreta y lapiz y comenzó a escribir.

 

 

A mi niño, mi dulce bebé que aún estás en camino. Te amo con todo mi ser y deseo de todo corazón que cuando leas esto seas lo suficientemente grande como para entender que no venimos con un manual de instrucciones y que las mejores cosas se aprenden sobre la marcha. Aún no naces y ya me hiciste replantearme mi mera existencia en este loco mundo, hay un dicho que dice: 

Aprendemos a ser hijos cuando somos padres y a ser padres cuando somos abuelos》

Y es cierto. Quizás por eso te escribo, para que no sufras como yo cuando me enteré de mi verdadero origen -el cual me fue dicho en cuotas a lo largo de varios años y cuando por fin armé el rompecabezas, trastocó profundamente las bases sobre las que tanto me costó armarme-. ¡Pero no nos adelantemos! Planeo contartelo todo desde pequeño pero, como te decía al principio, aún no naces y ya me haces replantearme todo. 

 Un profesor en la facultad de medicina nos dijo que leer y escribir son procesos neurológicos totalmente distintos. Al leer (o escuchar o mirar) solo somos receptores, pero al escribir (ya sea componiendo música, imaginando, o simplemente creando o recreando) uno sistematiza, acomoda, reflexiona, lee y relee, descubre nuevas cosas... mi amor, yo no puedo cambiar el pasado, pero deseo darte el mejor futuro que me sea permitido.Te mereces lo mejor. Quiero darte lo mejor y para ello necesito tener las ideas claras. 

   Es por todo eso que te escribo, y como mi historia es también la tuya empezaré desde el principio...



Orquidea

Editado: 04.01.2021

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