Cartas a Thomy

#1

 

 

Crecí junto a mi hermano en un hogar-escuela en las afueras de Londres. Su nombre era Thomas y -por si te lo preguntas, si. Te llamas así por él- era mi gemelo y al igual que yo tenía los ojos azules y el cabello muy oscuro. Eramos tan parecidos que las personas podían diferenciarnos por tres simples obviedades: el sexo, el largo del cabello y las pecas que le faltaban a él y que me sobraban a mi.

Jamás supimos cuál de los dos era el mayor puesto que nuestra madre nos dejó en el orfanato a los pocos días de nacer con nada más que nuestras partidas de nacimiento y una muda de ropa para ambos. Nunca me dolió, he de admitir. Con Thomas me bastaba. Él fue mi familia, la única que necesité y la que siempre extrañaré. Teníamos nuestras diferencias, es cierto, pero todas radicaban en que el era varón y yo mujer. Y eso significaba que había cosas que - según él- yo no podia hacer como por ejemplo jugar a la pelota, ensuciarme o meterme en líos junto con él y su "club de machos anti-mujeres" (si, justo así. Como en la película The Little Rascal).

El punto es que para ser gemelos no éramos tan unidos como los que ves en el cine o la televisión. Solo diré que a la tierna edad de 8 años, cada cual ya tenía su vida y su forma de ser. Él era atrevido, travieso y bastante terrible. Era el Bart Simpson de los profesores de aquí, así de bruto y así de revoltoso. Era simpático y tenía una facilidad natural para hacer amigos. Mientras que yo era su opuesto. Era tímida, callada e introvertida. Mi único amigo Real era él, los demás vivían en los cuentos, novelas y demás historias que podían caber en la pequeña biblioteca del orfanato. La literatura me absorbía tanto que prácticamente vivía allí, en esa burbuja imaginaria a la que me encantaba escapar mientras mi cuerpo echaba raíces entre los pocos estantes que la biblioteca tenía.

Habia tan pocos libros y yo tenía tan poca vida social que para cuando tu papá llegó yo ya me había leído TODO el breve inventario 20 veces. Recuerdo bien ese día. Estaba tan feliz porque por fin después de tanto tiempo el gobierno se acordó de los pobres huérfanos y se había dignado a enviar no uno sino dos autobuses llenos de libros. ¡Por fin podría leer algo nuevo! Y si tenía suerte sería algo que valiera la pena... todos los adultos estaban ocupados descargando, yendo, viniendo, llevando, acomodando libros por do quier. Yo -como siempre-estaba de metiche en el medio de ellos con la excusa de querer ayudar pero con la verdadera intención de ver qué había en esa vasta colección. Me echaron incontables veces, pero fue la señorita Ofelia quien con vos de mando hizo valer su título de bibliotecaria y me amenazó con vetarme de por vida (lo que fue realmente aterrador para mi).

Me fui decepcionada por los solitarios pasillos del pabellón pateando un papel y dando lástima, en el camino un grupo de al menos 4 o 5 chiquillos pasaron corriendo muertos de risa. Eran varios años mayores que yo y parecían hacedores de una gran hazaña  pues entre saltos,  manotazos y risotadas se podía ver no solo la satisfacción sino también la superioridad y el orgullo por "haberle dado su merecido a ese (pobre) infeliz". 

No les di importancia. Mis pies siguieron el rumbo que mi inconsciente había trazado mientras que mi imaginacion volvía a arrastrarme a mi entretenida burbuja... yo no sé en qué momento llegué a esa habitación, si fue por casualidad o porque aún perdida en mis pensamientos podía oír su desesperado pedido de ayuda.

Entré corriendo y abrí la puerta de golpe esperando encontrarme con cualquier cosa, menos una habitación vacía. Recuerdo que busqué hasta en el armario de ese salon y de los lindantes,  pero nunca lo vi. 

 

Estoy aquí!

 

-¿Dónde? - pregunte inquieta, esperando una  respuesta verbal. Pero lo que jamas me esperé fue sentir los golpes bajo mis pies. -¡Tiene que ser una broma!

 

Los muy pendejos -los que antes había visto correr-  habían logrado desclavar las maderas de la plataforma donde se suponía se paraban los profesores a exponer y lo habían metido alli solo para volver a clavar las tablas. Algo terrorífico si tenías en cuenta que parecía un ataúd de un metro por dos de largo y quizás 30 centímetros de alto.

Te juro que en ese momento se me hirvió la sangre, un poco por la rabia y otro tanto por el horror de saber que eran las 5 de la tarde de un viernes  y que -de no haberlo encontrado yo en ese instante- lo habrian hecho recién después del fin de semana. 

 

-¿¡Te parece que estoy bromeando, nena!? ¡Sacame de aquí!

 

 

Salté hacia atrás en cuanto pude ver a través de las rendijas un poco del brillo de sus ojos, me arrodille y le prometí que todo estaría bien, que lo sacariade allí pero debía estar tranquilo.

Con la sangre caliente pero la mente bien fria, supe en seguida que no podría hacer eso sola pues era muy pequeña y menuda para si quiera hacer palanca con algún objeto. Mi primera opción viable fue ir a buscar a un adulto, pero estábamos demasiado alejados de ellos, fue entonces que pensé en el buen Thomas y su banda de pillos así que, aprovechando que aquel salón daba al patio de juegos intente abrir la ventana pero -por obvias cuestiones de seguridad- estaba sellada. ¿Que hice entonces? Bueno, me aseguré que el bruto de mi hermano estuviese allí y tome distancia. De un sillazo rompí el vidrio, corrí los pedazos de cristal y me trepé al enorme ventanal. Yo no sé de dónde saqué fuerzas, pero el ruido del impacto fue tal que, abajo en el patio, todos los niños dejaron de jugar para mirarme. De repente había logrado captar la atención de todo el mundo y lo único que yo pude articular fue un grito que sonó más a una Mamá furiosa que a un pedido de ayuda.



Orquidea

Editado: 04.01.2021

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