Charles Miller

I

 
 


 

Dos años antes.
 

 

En repetidas ocasiones se preguntó qué podría haber sido interesante en Carl Schurz's Park para que sus dos amigos Billy y Ricky lo hubieran llevado allí cuando ya estaba oscureciendo.

Habían estado en ese lugar cientos de veces, crecieron entre los árboles de riguroso mantenimiento y los senderos de tierra que, cuando el clima era apacible, las familias recorrían con sus niños inquietos.

Jugaban en la cancha de basketball, al menos, tres veces por semana.No podía haber nada que no hubiera visto antes.

Si llegaba tarde su padre le daría una buena reprimenda, creía que sus amigos también tenían horarios limitados, pero esta vez parecía personas completamente diferentes.

Billy no sonreía y los chistes pesados que le contaba su abuelo, y que él repetía constantemente, estaban ausentes.

Ricky no hablaba de chicas, que era su tema favorito; quién tenía los pechos más grandes del colegio o cuál era la más guapa e incluso a veces hacía escalas para puntualizar el físico de sus compañeras de estudio.

¿Dónde estaban sus amigos?.

Estaba ausentes, callados y simplemente caminando frente a él, y Lukas se cansó de la incertidumbre.

—Creo que es mejor que volvamos. —Se detuvo y esperó a que sus amigos hicieran lo mismo.Los dos chicos se volvieron en su dirección, nerviosos, se miraron el uno al otro.

—Sí, creo que este es un buen lugar. —Billy observó el entorno.—¿Para qué?. —Las dudas de Lukas crecieron, a su alrededor no había nada más que maleza y rutas de tierra.

Ricky corrió hacia adelante, le dio un fuerte empujón y lo derribó.Trató de detener la caída con las palmas de las manos, que le ardieron por el impacto contra el terreno de tierra y mostró la desazón en una mueca cuando sintió dolor en el cóccix.

—¿¡Qué haces!?. —Gritó furioso, pero se asustó cuando se vio rodeado y la ira desapareció para dejar paso al miedo.

—¿¡Que, qué hago!?. —Ricky le dio una patada en el pecho, lo que hizo que cayera hacia atrás y aterrizara de espaldas.

Hizo ademán de incorporarse para recuperar el aliento que sus pulmones reclamaban por el impacto del golpe, pero Billy se acercó violentamente y tuvo miedo de moverse más allá de alzar la espalda. Billy deslizó la mochila, que llevaba colgada de los hombros, contra su pecho y la abrió para sacar un montón de papeles que Lukas reconoció de inmediato.

Ahora lo entendía, aquello era suyo, era privado y ellos lo habían encontrado.Le arrojó los manuscritos a la cara.

—¿¡Te queda más claro!?. —Billy no esperaba que su pregunta obtuviera respuesta.Sin esperarlo Billy estaba sobre él, con las rodillas clavadas en la tierra que había alrededor de sus costados.

Los golpes parecían venir de todas partes, pero todos concluían en su rostro.Cerró los ojos y trató de cubrirse la cara con los brazos sin cesar el forcejeo.

Olía el sudor de Billy mezclado con el aroma a hierba húmeda, mientras los jadeos eufóricos y furiosos, componían la última melodía que escucharía.

Se retorció en la arena sintiendo la presión del peso de Billy en sus costillas y riñones.

Las bocanadas con sabor metálico amenazaban con asfixiarlo y tenía que hacer grandes esfuerzos para respirar.

Por un momento pensó que había terminado, que ya no lo golpearían más.Su torpe visión definía sombras y podía percibir voces difusas y entonces llegó: Le pisaban la cabeza y el pecho.

No podía calcular cuánto tiempo había pasado desde que se fueron.Trató de levantarse y, aunque pensó que había logrado elevarse, no lo hizo.

Lukas Steward no podía moverse.

Se convirtieron en cascadas, cascadas de sangre que invadían su cerebro.No percibía frío, no sentía dolor, pero sí su presencia.

La muerte se acercaba por los senderos del parque, que tantas veces había recorrido de la mano con Billy y Ricky cuando eran niños, dispuesta a abrazarlo, a brindarle consuelo y a llevarlo consigo.

 
 

 

«Dos menores de edad, golpean hasta la muerte a un compañero de clase en Yorkville».

El titular no estaba mal, la gente estaría interesada en saber qué hizo que Lukas Steward se convirtiera en alimento para larvas. Pero a mí me resultaba tan aburrido como tedioso.

Esto es Nueva York, el paraíso de las drogas y el asesinato.

Un chico corriente golpeado por sus dos amigos no era un artículo que le interesara a un escritor de mi nivel.

El asesinato de John Lennon que ocurrió hace unos dos años sí que fue digno de mi atención y, en los años posteriores a su muerte, los doce artículos que escribí expandieron mi inspiración más allá de mi propio conocimiento.

Pero Lukas Steward, lo único que me había provocado era una sensación de somnolencia terrible que me había obligado a recostarme sobre el escritorio de mi despacho, mientras la información del caso se convertía en un carrusel de letras que se movían bajo mi visión cansada.

Había logrado redactar nueve titulares, pero ninguno lograba saciar mis expectativas como escritor, ni mucho menos como lector. 

El contenido del artículo tampoco brillaba más allá del ámbito informativo. Era un auténtico desastre, que estaba a dos días de distancia de ser publicado. Tenía que llegar a edición e impresión, como muy tarde, el martes a primera hora de la mañana.

—¿No vienes a la cama?. —La voz de Olivia, mi mujer, me hizo apartar la vista del ordenador en el que llevaba escribiendo más de cuatro horas.

—Tengo que terminar algo, —le dije —Iré enseguida.

Estaba en la puerta con el hombro pegado al batiente y un camisón de seda rosado que limitaba la imaginación. Sus ondas doradas estaban revueltas, salvajes y tentadoras.

—Tú mismo, pero si tardas tendré que empezar sola.

Hizo alusión al sexo y tuve que utilizar toda mi fuerza de voluntad para que mi trasero permaneciera pegado en el asiento rotativo de mi escritorio.




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