Cómulus

15. ¿Traición?

De repente, un sonido referente a una puerta cerrándose de golpe, despertó a Alexa del trance mental en el que estaba, revelando a un joven cuyo rostro demostraba alivio.

– Vamos – se adelantó a decir, mientras que la joven le seguía el paso, sin poder creer que sus gelatinosas piernas aún le hacían caso.

A primera vista, la estancia de la reina no parecía un cuarto, más bien, era una especie de jardín acuático lleno de sirvientas con trajes grises que iban y venían. Es increíble pensar que toda la habitación se conformaba por un lago que jugaba a ser un piso, con juncos de piedra (similares, al tacto, a los riscos que hay cerca del mar) por los que las sirvientas se trasladaban cual camineras para lograr ir de un lado a otro. Así mismo, flotando en el lago, se veían pequeñas flores blancas y amarillas, de las cuales se despedían pequeñas motas de algo parecido al polvo, para luego evaporarse en el aire y llenar la estancia de un delicado aroma parecido a la sensación de la dopamina, por lo cual, instintivamente, Alexa no podía dejar de apreciarlo.

Las paredes de la habitación estaban repletas de enredaderas blancas, tanto su tronco como las hojas, mostraban una palidez que, en conjunto con el tragaluz de forma extrañísima (Alexa pensó que era como juntar a muchos corchetes en distintas posiciones) que brindaba una iluminación perfecta a la estancia, dejaban ver brillos centellantes que salían naturalmente de las plantas, aunque ese efecto lo intensificaba. Por supuesto, Alexa no podía creer lo que presenciaban sus ojos, era como el más perfecto jardín incoloro que nunca se le habría ocurrido soñar. En eso, una pequeña voz se oyó desde el fondo.

– Entren, mis queridos… es un completo gusto recibirlos aquí –

Justo en el medio, en un columpio monumental repleto de flores blancas, estaba la bellísima reina Vertinu, sentada con las piernas estiradas mientras que una sirvienta cepillaba su cabello, otra limaba sus uñas y la siguiente acomodaba su larguísimo vestido para que a la vista, luciera pulcro, sin dobleces ni que sus pies sobresalieran. Era una mujer de cabello negro, lustroso, liso y exageradamente largo, hasta más largo que su propia capa, que ya de por sí llegaba a dos metros de su presencia, también blanca como su vestido ajustado a la cintura. Una cinta con flores (las mismas que en el lago/piso) se posaba en su frente haciendo de una corona, y sus ojos ámbar, eran el foco principal. En su rostro, batallaban todas las edades y a la vez ninguna, era la reencarnación de una diosa en un ser semi-inmortal, era como un ángel caído del cielo quien fue enviado para impartir la belleza al mundo… era todo lo que uno podría esperar de la palabra “Hermosa”, y sobre todo, se notaba a leguas que no era un ser humano, mortal, ni mucho menos mundana.

– Adelante – Indicó. Nicoláhe tomó la mano de Alexa, pero ella no se dio cuenta de este detalle, ya que el rostro de la reina era tan hipnótico, que no lograba despegarle los ojos de encima. En eso, Vertinu indicó a sus sirvientas que dejaran su faena y se dedicaran a otra cosa, momento en el cual tomó un pequeño bulto blanco de la charola más cercana que encontró, lo introdujo en sus perfectos labios y, con una expresión de satisfacción, tomó otro. Eran una especie de polillas petrificadas.

Alexa sintió mucho asco ante las golosinas de la reina, por lo cual, despegó su mirada de la misma para acoplarla con lo que se le viniera primero, en este caso, fue con sus propios pies, pues se dio cuenta que había comenzado a caminar. Ambos ya se encontraban ante este magnífico ser, Alexa temblaba como una hoja detrás del hombro izquierdo de Nicoláhe, no sabía qué esperar ni qué pensar, lo único que se le avecinaba a la mente eran las imágenes del rey en…

– Te he traído a la suplente de Neridia – Indicó Nicoláhe, razón por la cual Alexa despejó su cabeza, y prestó toda su atención a las prontas palabras de su última esperanza para estar a salvo – Su nombre es… – Y de pronto, una voz dulce pero madura se oyó en toda la habitación.

– Hijo, deja que yo la conozca, tráela hacia mí –

Un ambiente incómodo, que solo Alexa presenciaba, se alzó en la habitación, momento en el cual Nicoláhe volteó, guiñó un ojos y sonrió “Oh vaya, qué cálido” pensó mientras seguía temblando del miedo, y su piel se tornaba pálida y fría. “Ven”, había dicho el joven, “Está bien, no temas, puedes confiar en ella”, insistió. Llena de valor, Alexa respiró hondo y dio dos pasos frente a su acompañante, posición en la cual vio a la reina más de cerca… y vaya que era mucho más hermosa de lo que había percibido antes.

– ¿De dónde provienes tú, delicada criatura? – Debía de ser lista ante aquella interrogante tan comprometedora, si sabían que ella venía de otro mundo, quien sabe lo que le harían.

– De muy lejos, mi reina – Respondió hábilmente con una inclinación de cabeza.

– Alexa es un nombre muy extraño ¿No lo crees? – Los ojos como platos de la susodicha no tuvieron precio, ¿En qué momento había lanzado esa información?, ella estaba segura de que no había dicho nada, entonces, ¿Cómo supo eso la reina? – Me parece que es suficiente para empezar – “Ya va, ¿Cuándo terminó la entrevis… qué demonios?” – Me traerás brebajes de (1)mirmias turs (1: las flores amarillas) a las cuatro de la tarde, ahora te haré sorda por unos minutos para hablar con mi hijo, al hacerlo no te asustes y colócate donde esta él en este momento – La reina Vertinu cerró sus imponentes ojos y movió su mano llena de anillos tallados en acero, al hacerlo, de repente Alexa no oía nada. Desconcertada, mareada y desorientada por su violación sensorial, fue diligentemente hacia la dirección del príncipe, tambaleándose, por supuesto.



Eyis

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En el texto hay: reinos, romance

Editado: 27.05.2020

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