Coronas de sangre.

III.

Los vientos arenosos de las tierras de Samburg se movían en pequeñas partículas que, juntas, habían producido una gran tormenta. Esas mismas partículas lograron pegarse en los edificios de la ciudad de rocas amarillas, Sbelias, la capital del planeta que afrontaba una fuerte crisis política después de la muerte de quien era su presidente. Mientras la tormenta azotaba desde el sur, los medios de comunicación en todo el planeta solo se centraron en aquel tema que consideraban de interés para todos, y en todos lados se podía ver el mismo tablero que colocaba a uno de los candidatos en grande y con la barra roja que simbolizaba su inminente victoria premeditada. Ante estas estrategias publicitarias, el debate era despertado entre la gente samburiana. «No es real, Anye Sharov ganará las votaciones», decían unos sacando sus conjeturas. «Anye es demasiado joven para el cargo, hay que votar por quien diga el señor Zapata», y así también decían otros expulsando de sus labios aquellas palabras que procedían de unos aires de idolatría exuberante. Ante todos los comentarios y debates lanzados a la luz de Sbelias, los políticos y hasta los mismos candidatos se preocupaban solo por llegar al puesto que se merecen sus ideas.

Anye Sharov reposaba su cabeza en la silla marrón cerca de su escritorio. Sus cabellos rojos estaban alborotados y quién sabe si es por el estrés de las acciones que se deben emprender para que su candidatura no haya sido en vano.

─Anye─, exclama la voz de Johari Menelik, una voz tan ruda como su piel de un perfecto color negro. A este llamado, la pelirroja abre sus ojos lentamente y con el peso del cansancio de la noche anterior. ─Lo hiciste otra vez─.

─Me dejé llevar por el hartazgo. Había muchas cosas que hacer y muchas reuniones a las que he sido invitada─ le responde, rosando su rostro y su cabello con las manos. ─Ni siquiera mi padre me había dicho que sería así─.

─Es así en tiempos de elección. Luego que llegues al puesto, tomarás las decisiones en el instante en que deban tomarse y descansarás en el momento en que debas descansar─.

─No lo creo. Recuerdo cuando mi padre llegaba a la cena y se despedía de la misma forma hacia la oficina de nuestra casa─.

─ ¿Después de unos bocados? ─.

─Después de compartir nuestros días, claro está─.

─El estrés de tu padre no era el trabajo, sino los comentarios y críticas de los que verdaderamente rigen este planeta─.

─Un hombre con un puesto político de gran poder tiene el derecho de quitar puestos y delegarlos a alguien más─.

─No lo creas de esa forma. Hasta los hombres con el más temible de los poderes, sucumben ante las presiones de ciertos grupos de personas. Entre más grande sea este grupo, mayor sería la presión. Aprende esto para cuando llegues a la presidencia y tomes decisiones a la ligera─.

─Me interesaría saber de qué grupo de personas estás hablando─.

─De la misma minoría que controla los medios de producción. Sin ellos, este planeta no tendría que darle de comer a las gentes─.

─ ¿Son los medios de producción de Samburg o los de Cullwin? ─.

La conversación, entonces, se vio interrumpida por la llegada de Charles Winkle, el hombre de los cabellos dorados y de los ojos plateados. La tensión entre las dos miradas, la de Anye y la de su opositor, habría nacido en cuanto ambos llegaron a saludarse formalmente.

─Señorita Anye, espero no haya olvidado nuestra reunión el día de hoy─.

Anye miró a los ojos de Johari sin entender lo que estaba pasando.

─Habíamos acordado un aplazamiento de la reunión, señor Winkle─ defiende Johari a Anye. ─En estos momentos estamos lo suficientemente ocupados─.

─ ¿En qué? ─, pregunta descaradamente Charles Winkle. ─No veo tanto en los escritorios, aunque puedo decir que, por su cara de ocupación, señorita Anye, pasó el tiempo buscando formas en las que puede ganar adeptos para su cargo. Un trabajo que realiza en vano, ya que figuro de primero en todas las encuestas─.

La tensión en toda la sala se intensificó con aquellas palabras llenas de soberbia. En paralelo con el ambiente, las mandíbulas de Anye también se apretaron las unas con las otras, pero hizo caso omiso a sus emociones explosivas.

─Le agradezco su apreciación ante las informaciones presentadas ante el público, señor Winkle─, y Anye le responde con la tranquilidad que a Johari le sorprendió. ─Sin embargo, seguiremos trabajando, haciendo todo lo posible, para llegar al cargo que mi padre ocupada con honor. Quizás aspiro a cosas mejores que mi padre, eso incluye darle prioridad a las mayorías a las que se les arrebata todo lo que las minorías tienen─.

─ ¿Qué ha dicho, señorita Sharov? ¿Acaso piensa deshacer el sistema que este planeta ha perdurado por más de dos mil años de historia de nuestro imperio? ─.

─ ¿Y usted, señor Winkle? ¿Acaso exclama la pregunta para crear argumentos en mi contra? ─. El pelirrubio, entonces, lanzó una sonrisa.

─Usted no es como los demás Sharov, señorita Anye─, se retiró con aquellas palabras, dejando nuevamente la habitación vacía y a Anye expirando un largo suspiro.

─ ¿Hablábamos de los estreses de tu padre? ─, se atreve a preguntarle Johari, sentándose del otro lado del escritorio donde Anye recibía sus visitas.



Cesar AR Martínez

Editado: 02.09.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar