Coronas de sangre.

V

A la trompeta del mediodía, donde los soldados realizaban sus entrenamientos físicos y académicos, aquellos vestidos de telas de seda empezaron a entender que cayó la mañana y era ya la hora del almuerzo. Justin Rasec no sólo llevaba sus telas de seda dorada, sino que vestía sus metales amarillos en las partes más visibles y trágicas del cuerpo en caso de una batalla, pero el entrenamiento llegó a su final y todos aquellos accesorios fueron dispuestos en un lugar de tal forma que, cuando los trabajadores del palacio lleguen, puedan llevárselos para hacerles su respectivo mantenimiento. De esa forma, así como estaba, el muchacho de los cabellos negros, sobrepasó la multitud de soldados gracias a su baja estatura, hambriento y con ansias de comer su buen plato de sopas de tomate con arroz y carne. Ante todos los que iban delante de Justin, pudo ver la presencia de William que se acercaba con un gesto serio. Al verlo, Justin sabía que se trataba de algo de lo que no tenía conocimiento.

─Las campanas del mediodía nos han bendecido, Justin─, le dice William. ─Quería salir de esa oficina lo antes posible─.

─ ¿Algún reclamo te hicieron? ─, le interrogó Justin preocupado.

─Fue una información que me brindaron─, William esperó que todos los pasillos estuviesen vacíos para darle la noticia a Justin. ─Nosotros partiremos fuera de Intangui─.

─ ¿Sólo nosotros? ─.

─Un tropel viajará a Sbelias y otro acompañará al doctor Markos Ortíz hasta la Luna─.

─Raro que nos hayan avisado─.

─Raro es que no lo hayan hecho. Nosotros somos importantes porque nuestro pasado nos apremia─.

─Y ahora camina con nosotros como sombra, siempre a donde vayamos─.

─Es nuestra terrible realidad─, habiendo dicho aquellas palabras, William se deja caer en la pared. ─Me pregunto por qué razón querrán que vayamos a los lugares donde nuestros padres fallecieron en batalla─.

─Es la maldición de los hijos de los soldados jóvenes, según la ley─, dijo Justin también abatido, consciente de la tarea que llevaría a cabo desde el momento en que ingresó en la academia de los militares.

─El hijo de un hombre que no ha cumplido sus años de servicio, en caso que un hombre haya dejado legado, será el sucesor de las tareas que su padre dejó. ¿No es así como dice? ─.

─Es justamente así─, Justin le toma a William por los hombros. ─Es justamente como estamos malditos y consagrados, pero no somos dioses, así que vayamos a comer─.

─La idea de viajar al lugar donde nuestros padres murieron, es algo demasiado siniestro─, comenta William mientras camina.

─Y también lo es el que la ley quiera que sigamos sus pasos─.

─Dale las gracias a nuestro sistema─.

William y Justin, entonces, se adentraron en la multitud de personas que hablaban tan alto que llenaban el gran comedor con los ecos de alto volumen. Tomaron la fila y consiguieron el almuerzo en la barra de alimentos que se vestía con un cristal resistente y limpio a la vez. Ahí donde se sentaron para comer sus elecciones en un silencio acostumbrado, el doctor Ortíz interrumpe a la vista de todos. Los altos mandos y laboradores del palacio de los altos rangos no acostumbraban a comer en el mismo lugar que soldados apenas reclutas.

─Caballeros─, les saluda el doctor en cuanto se sienta relajadamente junto a ellos. William trató de levantarse para darle el saludo de un militar. ─No hace falta, mi amigo─, le para Makus sus formales intenciones.

─Doctor Ortíz─, le responde Justin extrañado.

─No me mire con ese rostro, joven. Algunas veces vengo en secreto. El menú de los soldados me parece algo digerible algunos días. Hoy, en los restaurantes de los altos mandos, sirven comida vegetariana─.

─Disculpe, señor, pero en secreto nadie le habla─, le dice William.

─Sí, esta vez, para hablar con ustedes y sus inminentes ascensos─.

─Aún no nos han llevado a nuestros puestos de trabajo─, le responde Justin.

─Eso no hace falta. Nuestros informes revelan que ustedes son, entre toda la generación actual, los mejores. Con todas las cosas que pasan por nuestras mentes, incluso por la mente de la fiscal, pensamos que necesitamos gente calificada para efectuar misiones de alto valor─.

─ ¿Las mismas que hizo Marko? ─, a la pregunta de Justin, los tres se quedaron como un punto en silencio en medio de toda la tela de bullicio que abundaba aquel lugar.

─No te lo voy a negar─ le responde el doctor. ─Desempeñas una gran destreza al igual que tu padre. Gracias a eso, es reconocido en todo el imperio como héroe universal─.

─ ¿Qué hay de bueno en nombrar a alguien “héroe” después que ya está muerto? ─, y se quedan todos nuevamente en silencio.

─Justin─, se atreve a intervenir el doctor. ─Nosotros los humanos llevamos millones de años existiendo. No soy historiador, pero lo sabemos gracias a quienes han impuesto en las memorias de las futuras generaciones, la historia que llevaron a cabo para lograr un objetivo por el bien de nuestra superflua supervivencia. A esos que nosotros llamamos héroes, ahora yacen convirtiéndose en polvo, pero vivos aún en las letras del pasado. El capitán Rasec es uno de ellos de los que contarán historias en el futuro, pero depende de ti el tomarlo como un verdadero agente de la supervivencia─.



Cesar AR Martínez

Editado: 02.09.2020

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