Cortejando al enemigo

CAPITULO 7


Elizabeth miró aturdida a lord Baltimore y a la hermana del duque alejarse hacia la pista de baile. Él seguía a su lado ofreciéndole la mano; sus ojos brillaban tanto que Lizzy podía ver su reflejo en ellos. Si con su habitual cara inexpresiva, el duque era endiabladamente apuesto, sonriendo era completamente demoledor. Lizzy sintió su estómago contraerse y, sin despegar la vista de la suya, aceptó la mano.
La música ya había comenzado, pero al duque no pareció importarle. La guio hasta la pista; se detuvieron en un extremo y, sin perder más tiempo, tomaron la posición de arranque. Luego de hacer una reverencia, ella sintió cómo colocaba una palma en su cintura y, a pesar de que ambos tenían guantes, no pudo evitar estremecerse cuando la otra tomó su mano derecha cubriéndola. 
Él ejecutó el primer paso y Lizzy ubicó la mano libre sobre su hombro. Sentía su aliento rozándole la frente, pues la diferencia de altura era significativa.
De repente, se sentía intimidada por su cercanía, por su tamaño y sobre todo por el efecto que provocaba en ella. Él bailaba como si le fuera tan fácil 
como caminar: la guiaba con pericia y habilidad únicas. Sabía que la estaba observando fijamente. Estar tan cerca invariablemente le recordaba el momento íntimo que habían compartido en el jardín. Y algo le decía que a él también. Todo esto la ponía nerviosa: no podía verlo a la cara, ya que se sentía ridículamente tímida. Apenas podía creer lo que estaba sucediendo.
 Había ansiado tanto bailar el vals y, aunque estaba incómoda con todo aquello, en el fondo de su corazón debía reconocer que había imaginado muchas veces que sería así con él: siendo llevada por sus brazos, envueltos por la belleza de esa melodía. Sin embargo, su mente no dejaba de recordarle que aquello era un error, que no debía sucumbir ante el encanto de aquel seductor.
Nicholas estaba feliz de haber logrado su propósito; sabía que la joven amaba esa danza. Y él había anhelado ser su compañero, desde que la había visto moverse al son de la música en el jardín. Pero no pudo evitar darse cuenta de que ella había dejado de gozar el momento: percibió cómo su cuerpo se endurecía, y su expresión parecía de luto.
—Así que... se llama Elizabeth. —Rompió el tenso momento iniciando la conversación.
—Sí, Elizabeth Alinne Albright —respondió ella sin levantar la vista.
—¿Alinne?, hermoso nombre. Me preguntaba cómo se llamaba y no lograba imaginarlo. Elizabeth es fuerte, decidido y con carácter. Alinne es bello, dulce y tentador; la describe a la perfección —dijo en un susurro Nick, y la vio estremecerse. Estaba muy tímida y tensa; él solo podía ver su frente y notar su cuerpo rígido. No podía culparla; tenerla así de cerca lo estaba matando. A duras penas se contenía para no abrazarla y pegarla a él. Sentir su respiración, 
la delicadeza de su mano —cubierta por la suya— y su esbelto cuerpo era un suplicio y una bendición a la vez. El vals era natural en ella, tanto que no parecía que fuera la primera vez que lo bailaba. Lo seguía con mucha facilidad y gracia. Le encantaba ser el primero en bailarlo con ella. Sería un recuerdo que, aunque ella quisiera, nunca podría borrar. Quería ser el primero en muchas cosas de su vida, y también el único.
—Y usted es lord Stanton; finalmente, más que caballero, es un duque —dijo ella, al fin, con un tono que sonó a reproche. No podía decirle que sabía quién era él, pues no la había reconocido disfrazada como el joven del salón de reunión.
—Así es, pero puedes llamarme Bladeston y tal vez yo, Elizabeth a ti — respondió él, ignorando el tono de su voz.
Ella negó con la cabeza y se puso aún más rígida.
—Lo siento, pero no puedo tomarme esa libertad y le ruego que usted tampoco lo haga.
—¿No cree que es tarde para poner ese límite? —dijo Nick perdiendo su actitud relajada.
Ella no contestó y bajó más la cabeza. Nick terminó por enfurecerse: su sugerencia había sido hecha para intentar que ella se relajara y pudiera sentirse cómoda con él, pero la joven no daba su brazo a torcer y pretendía ponerlo en su lugar colocando una barrera.
—Además, creo que pierde de vista un hecho muy importante —continuó él, apretando la mandíbula.
—Disculpe, no lo comprendo —dijo ella con tono vacilante.
—Aah, estoy para servirle. Usted dice que no puede tomarse la libertad de llamarme por mi apellido, pero parece que olvida que no hace más de una hora se permitió esa licencia, y más aún —terminó Nicholas en un tono cortante. La música continuaba y su ritmo se iba acelerando y tomando una velocidad vertiginosa. Las parejas giraban y se abarrotaban a su alrededor, pero Elizabeth en ese momento era ajena a todo aquello; solo podía atender el zumbido en sus oídos, que no daban crédito a lo que acababan de oír. Con una exclamación, levantó su cabeza y fulminó con su mirada al duque; atrás había quedado la Lizzy tímida y nerviosa.
Nicholas tenía una ceja arqueada y la mirada teñida en un gesto de claro desafío; al fin tenía toda su atención. Ella lo veía con enojo: tenía las mejillas arreboladas y la respiración agitada. El vals iba in crescendo, subiendo en intensidad para llegar al final. Lizzy ejecutó un movimiento hacia atrás y le hizo perder el ritmo momentáneamente al duque; luego levantó un poco el pie y lo descargó con fuerza contra su espinilla.
Él no se había recuperado del raro vaivén que la joven había hecho, cuando sintió un agudo dolor en su pierna. Apretó los dientes para no soltar un grito y fue su turno de fulminarla con la mirada.
Lizzy vio su mueca de dolor y su posterior enfado; aprovechando eso, soltó su hombro dándole un empujón, e intentó girar para marcharse. Nick anticipó su intención y, apretando la mano que aún sostenía, le hizo dar una vuelta completa sobre sí misma, para terminar apretada contra su pecho.
—¡Suélteme, cretino!
—Ni lo sueñes, cariño. Nadie me deja plantado en plena pista.
Ambos se estudiaron, agitados y enfurecidos, pero un carraspeo nervioso los sacó de su burbuja. Lord Baltimore había guiado a su pareja, bailando hacia ellos, y miraba al duque con ojos desorbitados.
Nicholas fue rescatado de su locura, justo a tiempo, por su amigo; este carraspeó llamando su atención, y él casi rio por su gesto, que parecía decirle: 
«¿Qué demonios haces?». Nick aflojó la presión sobre la joven y retomó el control del baile. Ejecutaron los pasos finales sin mirarse. Por lo menos nadie —ni su hermana— parecía haberse percatado de su pequeña batalla. Y solo Steven había llegado a ver los movimientos ocultos por el vestido de la joven.
Nicholas continuó guiándola hasta que se detuvieron escuchando la nota final, que resonó por la habitación. Elizabeth se soltó bruscamente y, sin mirar al duque, dio media vuelta. Nick no estaba dispuesto a soportar tal desplante, así que en un paso la alcanzó y la tomó del brazo sin rozarla, tal como marcaba la etiqueta. Ella se dejó hacer, pues varias parejas que también abandonaban la pista los observaban curiosos.
—No saque las garras, gatita. Solo la llevaré hasta su hermano —le dijo en un grave susurro, mirando su perfil.
—Que le quede claro que hasta aquí soporté su descaro. No pienso tolerarlo más y le exijo que no vuelva a molestarme —le respondió Lizzy con otro susurro enfurecido.
Pronto llegaron a donde Sebastien los esperaba junto a otras personas. Su hermano la observó alerta; cuando vio sus mejillas coloradas y su expresión enojada, frunció el ceño, preocupado, y miró a su acompañante. Lizzy se soltó del duque, pues no quería que ellos se enfrentaran y se giró dando la espalda a su hermano, pero lord Stanton ni se inmutó; ignoró al joven y retuvo su mano un momento más para inclinarse sobre ella. Mirándola a los ojos profundamente, besó su mano y le dijo:
—Lamento no poder obedecer su pedido, milady, pero no puedo evitarlo. Tenga por seguro que nos volveremos a ver. —Terminó con un tono aterciopelado, que contenía una velada advertencia.
Lizzy sofocó un grito cuando sintió que mordía suavemente su mano enguantada. Él sonrió y, mientras soltaba su mano, le escuchó decir: Au revoir, douce Alinne. Y sin más, se alejó dejándola con la inquietante sensación de que era ella la que había sido abandonada finalmente.



Eva Benavidez

Editado: 10.06.2020

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