Cortejando al enemigo

CAPITULO 17

Aunque intentaba aparentar tranquilidad y seguridad, lo cierto era que por dentro Elizabeth era un manojo de nervios; casi no podía creer lo que sucedía. Estaba con el hombre que amaba, en minutos se casaría con él y, para completar su inaudita dicha, Nicholas le había confesado estar enamorado de ella. ¡Él la amaba!, ¿se podía ser más feliz? ¡Imposible! Tenía la absoluta certeza de que era la mujer más afortunada y feliz sobre la Tierra. Nick le sonrió y, ofreciendo un brazo muy galantemente, dijo:
—¿Entramos, lady Elizabeth?
Lizzy sintió sus piernas temblar debido a los nervios y a la anticipación, pero se apresuró a tomar su brazo con una radiante sonrisa. Juntos ingresaron a la pequeña capilla, que parecía desierta a esa hora. Mientras, ella observaba el lugar, sus bancos de madera a los lados, sus pequeñas ventanas de colores; al fondo, un altar consistía en una pequeña mesa cubierta por un bello mantel blanco y sobre esta había un candelabro y una gran biblia.
Nicholas le explicó que la capilla solo era de uso familiar para ceremonias, velorios, bautizos y demás. Para ello venía el sacerdote, que tenía la iglesia de la zona a solo unas pocas leguas. El pueblo llevaba como nombre el título de su ducado: se llamaba Stanton y quedaba en Cotswold, Gloucestershire. Había ido creciendo alrededor de una casa feudal, construida en 1535 por un antepasado del duque, a la que posteriormente llamaron: Sweet Manor. Era la residencia de campo principal del ducado. Así que todas las tierras de los alrededores y del pueblo eran suyas, aunque estas últimas las había cedido a sus habitantes, que no superaban los cien en número.
En ese momento el vicario ingresó por una puerta lateral, y al verlos sonrió afablemente. Era tal como uno podría imaginar a un predicador: estatura promedio, de tez pálida y un poco calvo. Él se les acercó presuroso a saludarlos.
—Su excelencia, milady. Buenos días o, más bien, buenas tardes —se corrigió haciendo una reverencia—. Los estaba esperando. Recibí su mensaje esta mañana, milord, y tengo lo que me pidió —le informó el hombre dirigiéndose a Nicholas.
—Buenas tardes, muchas gracias. Sé que es un poco apresurado, pero mi dama debe viajar con premura para visitar a su anciana abuela, por eso decidimos adelantar la boda —mintió sin pestañear el duque.
Lizzy abrió la boca, sorprendida, ante su irreverente improvisación y total descaro. Pero se apresuró a cerrarla cuando el hombre la miró y, rogando que no le partiese un rayo, asintió poniendo una mueca preocupada.
—Bien, le he conseguido una autorización provisoria. Deberá, en cuanto pueda, obtener una licencia especial oficial —les explicó él haciéndoles una seña para que se ubicaran frente a la mesa del altar. Nick asintió y la tomó del brazo nuevamente.
—Si no le importa, señor Travis, nos gustaría proceder. —Ella sintió cosquillas en el estómago debido a la emoción y a la ansiedad, pero cuando comenzaron a caminar, vio algo que la hizo frenar de golpe.
—¿Elizabeth? —le dijo el duque mirándola boquiabierto. Ella rio por su cara de espanto.
—No te preocupes, no tengo dudas, solo que... acabo de ver eso y me gustaría hacer una entrada más tradicional. Después de todo, no volveré a casarme —le explicó muy ruborizada, señalando el viejo piano empotrado a un costado del altar.
—Eso espero —respondió el duque con una sonrisa sardónica y luego miró hacia donde ella apuntaba.
—Milady, el piano hace mucho que no se usa. Y, a decir verdad, no hay quien lo toque. Aunque yo sé una canción; no es para bodas y no la he interpretado hace años…, pero si lo desea, la tocaré —intervino el vicario, cediendo al ver la cara decepcionada de la bella joven.
—¡Ooh, muchas gracias!, es usted muy  amable —le agradeció  ella entusiasmada. El hombre asintió en respuesta y se sentó frente al instrumento. 
Cuando levantó su tapa, salió una nube de polvo que le provocó un acceso de tos.
Meneando la cabeza, Nick se giró a mirar a su dama y, soltando su brazo, le tomó la mano y depositó un beso allí.
—¿No estarás pensando en huir y dejarme plantado como lo hiciste con ese francés idiota, no? —le dijo mirándola hilarante.
—¡Nick!, no blasfemes en la casa de Dios —lo reprendió susurrando—. Y no, jamás podría dejarte o huir de ti —siguió ella, contestando a su pregunta y tratando de no reír.
—Mejor para ti, porque yo no me quedaría de brazos cruzados; te buscaría por cielo y tierra hasta encontrarte, traerte arrastrando de regreso y tenerte junto a mí, donde perteneces —le advirtió él mirándola con ojos ardientes.
—Milady, cuando escuche la melodía, ingrese —los interrumpió la voz del vicario.
—No será necesario, amor; no se me ocurre otro lugar donde desee estar —respondió ella sonriendo al ver la mueca que suscitaba en él y su expresión de cariño. El duque la tomó de la cabeza y, dándole un rápido beso, dijo:
—Te espero en el altar. —Y se dirigió hacia allí.
Lizzy salió a la entrada y esperó ansiosa su momento de entrar. Al ver las flores junto al camino, tomó rápidamente cinco de diferentes colores y armó un ramo improvisado con ellas. Cada una simbolizaba lo que deseaba para su matrimonio: amor, pasión, fidelidad, amistad y felicidad. Entonces escuchó una desafinada y tétrica melodía. Se paró frente a las puertas y por un momento sintió ganas de llorar, pues le hubiese encantado poder entrar del brazo de su padre o de su hermano y que dentro la esperasen sus seres queridos. Pero pronto desechó esos pensamientos recordando que esa mañana había tenido eso, pero no así a Nicholas, quien compensaba con creces todos sus deseos y anhelos. Lanzando un profundo suspiro de alegría, miró al cielo para agradecerles a Dios y a su madre —siempre presentes—, y se preparó para ir al encuentro con su amado.
Nicholas miraba nervioso las puertas cerradas; para su vergüenza, había comenzado a sudar y se sentía repentinamente inquieto. Si hasta le temblaban las manos y todo. El párroco seguía tocando esa espantosa canción. Una nota particularmente desafinada le causó un escalofrío. Aunque no lo pudiera afirmar con certeza, debido a la mala interpretación del hombre, sospechaba que estaba ejecutando la marcha fúnebre. ¡Diablos! ¿Por qué no entraba Elizabeth? No sería capaz de abandonarlo: se lo había prometido. Aun así, su retraso comenzaba a alarmarlo.
Cuando estaba a punto de salir en su busca, vio las puertas abrirse. Comenzó a sonreír mirando su hermoso semblante y el racimo de flores silvestre que había armado. Pero la sonrisa murió en sus labios al percatarse de su palidez y su expresión de terror. El ramo se desprendió de sus manos y terminó en el suelo; cuando las puertas se abrieron del todo, el alma se le cayó a los pies. Empujándola con una mano y apuntando con una pistola a la joven, entró Fermín Moine, conde de Mousse.
El viejo piano dio una última nota disonante, dejando la tétrica melodía flotando en el aire, como una involuntaria premonición plagada de muerte y de perversidad que atemorizaban. El vicario vislumbró la situación e intentó levantarse, pero una voz se lo impidió.
—¡No se mueva! Y tú, Stanton, levanta las manos en alto —les advirtió el francés amenazante.
—Suéltala, Moine, esto es entre nosotros dos —dijo con voz calmada el duque, aunque mantenía la vista clavada en su novia.
—No del todo; por supuesto, que me ocuparé primero de ti y luego procederé con tu hermosa dama.
Nicholas dio un paso inconsciente hacia adelante, y de inmediato sintió el frío cañón de un arma en su nuca. Quedándose inmóvil, giró un poco la cabeza y se encontró con un gigante apuntándole con su pistola. Su rostro estaba cubierto de cicatrices y unos ojos verdes saltones lo miraban con malicia. La risa de Moine resonó por el lugar.
—¿Creías que vendría solo, bastardo? Un paso más y mi amigo te hace un agujero en la nuca —le dijo el conde sonriendo maliciosamente y dando una orden con la cabeza a su empleado.
De inmediato el grandote descargó con fuerza el arma sobre la nuca del duque. Este cayó de rodillas sobre el suelo, tratando de no perder el conocimiento y reprimiendo el lacerante dolor. Elizabeth gritó su nombre aterrada, mientras le suplicaba a su primo que dejara ir a Nick. El francés rio y pasó un brazo por su cuello aprisionándola contra él.
—Jimmy, acompaña a su excelencia —ordenó con ironía haciéndole una seña a su secuaz. Dándose la vuelta sin soltar a Lizzy, salió de la iglesia. Detrás de él su compañero arrastraba, sin miramientos, a un Nick todavía débil por el duro golpe.
—¿Por qué haces esto, Fermín? Siento mucho haber huido; no era mi intención lastimarte o humillarte. Por favor, no nos hagas daño. Entiende que el duque y yo nos amamos —le decía Lizzy a su primo con voz suplicante.
—¡Ya cállate, estúpida!, no me lastimaste de ningún modo. Aunque sí me dejaste como un imbécil ante medio Londres, y eso me lo pagarás en breve. Solo quiero casarme contigo para acceder a tu dote y poder mantener controlado al idiota de mi tío; ambos son piezas claves de un plan que me hará rico. Y por supuesto también me motiva la idea de por disfrutar de tu delicioso cuerpo hasta saciarme. Me encantará ver a tu duque sufriendo, atormentado por ti —le respondió apretando su agarre dolorosamente.
—No es necesario, Moine. Ni siquiera la quiero; solo es una mocosa impertinente y molesta para mí. No negaré que es atractiva, pero no más que cualquiera de mis amantes. Bien sabe que me acerqué a ella para investigar a 
su padre; el marqués es un maldito asesino. Y usted está involucrado en los asesinatos y en el espionaje, pero ella es inocente de esos delitos. Déjela ir y llegaremos a un acuerdo —intervino con voz agrietada el duque desde el piso, levantando la cabeza y mirando al francés con cínica expresión. Lizzy lanzó una exclamación sorprendida, observando atónita el cambio que se había producido en el duque: sus ojos estaban fríos y su mueca, arrogante y petulante. Su primo rio divertido.
—¡Lo sabía!, era una farsa. Aunque déjeme decirle que hizo usted el ridículo, babeando como un perro detrás de mi prima. Es un maldito arrogante que cree que lo sabe todo; será muy agradable ver su cara cuando descubras cuán equivocado está. Sin embargo, se convirtió en un incordio metiéndose en mis asuntos y ha llegado la hora de sacarlo de mi camino —respondió el conde con perversa malicia.
—Piense lo que le dije. Si la deja ir, puedo prometer que no será culpado de nada. Solo el marqués pagará por sus delitos —insistió el duque persuasivo.
—Gracias, pero no lo necesito. No puedo permitir que culpen a mi tío de nada porque es mi contacto con la familia real. Además, es mi pase a una vida de riquezas, y eso sin contar que tendré disponible a esta belleza para tomarla cuando quiera —negó Moine acariciando un pecho de Lizzy con su arma. El duque lanzó una carcajada.
—No niego que la joven sea tentadora, pero tendrá que sufrir su lengua viperina. Le aseguro por experiencia que sus encantos no compensan su molesta compañía. Y sé que el rey querrá recompensarlo generosamente si entrega al asesino de Mayfair Square —siguió con voz fría Nicholas.
—Su propuesta es buena, pero no puedo arriesgarme. Además, tengo órdenes que cumplir. Lo siento, pero debo declinar. ¡Levántalo, Jimmy! El delincuente asió de un tirón al duque y lo empujó bruscamente hacia Mousse, manteniendo el arma pegada a su espalda.
Lizzy gritó cerrando los ojos. Su primo levantó su pistola y apuntó al duque directo a la cabeza; en sus ojos negros brillaba la locura y crueldad. Su mano no temblaba cuando colocó su dedo en el gatillo. En ese momento Elizabeth clavó sus dientes con fuerza en el brazo del conde, que rodeaba su cuello. El lanzó un alarido y la pistola se disparó; el proyectil se desvío y pasó rozando al duque, e impactó finalmente en el secuaz del conde, que aullando se agarró el hombro izquierdo y dejó de apuntar al noble.
Moine se enfureció de inmediato y dejó caer el arma inservible. Tomando del cabello a Lizzy, le dio un fuerte golpe en la cara, y esta aterrizó sobre el suelo empedrado sintiendo rebotar su cabeza en él.
Simultáneamente el duque aprovechó su ventaja y giró de inmediato, lanzando una trompada al estómago de su atacante. Este cayó hacia atrás con un ruido seco, pero no soltó su pistola. Nick saltó sobre él intentando asir el arma y comenzaron a rodar golpeándose mutuamente.
Mousse no perdió tiempo: tomó a Lizzy y corrió con ella a su carruaje estacionado a pocos metros. Aturdida aún, ella no pudo evitar que la subiera al vehículo. Su primo la metió en el interior y cerró la puerta mientras subía al pescante para conducirlo. Cuando el carruaje comenzó a arrancar a toda marcha para alejarse de la capilla, un disparo resonó en el lugar, amortiguando el grito desgarrador de Elizabeth.
—¡¡¡Nick!!! —lo llamó desesperada poniéndose en pie, asomándose a la ventana. Mientras el coche se alejaba de la iglesia, lo último que pudo ver fue el cuerpo del duque yaciendo boca abajo inerte.



Eva Benavidez

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En el texto hay: nobleza, regencia inglesa, serie romance

Editado: 10.06.2020

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