Cuando cierro los ojos se van los santos

¿Tal vez era un fantasma?

Desconocía mucho de Bach, el hermano de Violeta. Cuando hablamos era breve y un tanto tajante. Pensé en preguntar con los compañeros de su clase. No obstante, era algo tímido con los desconocidos. Me extrañó que con Daniel no lo fui. Él me trasmitía tanta confianza.

—Daniel... —lo llamé feliz.

—¿Qué sucede? Cuando alguien dice mi nombre cantadito algo planea pedirme. —Cerró el libro que leía y me miró con el entrecejo fruncido, algo intrigado.

—Quiero investigar a Bach, el hermano de Violeta —solté la verdad.

—Oh... —Se delineó una sonrisa picara en su pecoso rostro—. ¿De verdad te gustó?

—No, pero quiero ayudarla. —Nervioso, junté mis manos—. Parece que no está muy bien desde que él murió.

—¿Entonces? —Se encogió de hombros.

—Pues... él iba en tu clase. ¿Cuándo regresen tus compañeros podrías preguntarles por él?

—No hablarán esos bastardos, están demasiado perturbados para darse cuenta en donde pisan. Es mejor investigar a quien si sabe la verdad...—Entrecerró sus ojos y las pecas relucieron—. La directora. —Chasqueó sus dedos—. De seguro él dejó una carta, algo... y ella la tiene. —Llenó de energías se incorporó del suelo.

—¿Y cómo la vamos a investigar? —Dejé la cama y el libro que leía.

Solía pasar el rato en el cuarto de Daniel, cuando no conversábamos, leíamos sumergidos en un agradable silencio. Al final, conversábamos de los libros. Así pasábamos el rato. Aparte de otras actividades que nos entregábamos.

—Fácil, nos meteremos en la dirección y buscaremos en los papeles y registros de los estudiantes.

—Te volviste loco...

—No. —Negó con la cabeza y sonrió—. Será muy divertido. Y de paso te ganas la confianza de la chica. —Me dio un codazo—. Esperemos a que sea de noche. Salte de tu cuarto quince minutos después de la inspección. Nos vemos en la fuente de la joven con bebé en brazos.

—¿La virgen? —Acaricié el brazo donde me dio el codazo.

—Sí, esa. ¿Qué edad tenía cuando se embarazó?

—Ah... —callé por un momento—. Creo que quince años. —Ladeé mi cabeza y miré intrigado la cara sonriente de Daniel.

—Y fue una paloma —dijo en voz baja y pensativo.

—No es real, no puede serlo —dije riéndome.

—Como sea, te veo en la fuente.

Daniel se puso detrás de mí y me empujó hacia la salida de su habitación. Salí, cerró la puerta y no me dijo nada más. Regresé extrañado a mi habitación. No faltaba mucho para la hora de dormir. Una de las reglas del colegio era que debía ir a la cama a más tardar a las nueve de la noche. Las monjas hacían inspección, media hora después del límite para estar en la cama.

Cambié mi uniforme por mi pijama. Entré al pequeño baño que contaba mi habitación. Era tan pequeño que me daba claustrofobia. Cepille mis dientes y mientras lo hacía, observé mi reflejo. Había algo diferente en mí. Creo que me encontraba feliz y esa emoción se exteriorizaba en mi rostro. Tener un amigo como Daniel le daba a mi vida otra perspectiva. Bebí un poco de agua y fui a mi cama. No podía dormir, pero debía fingir que lo hacía. El tiempo pasaba lentamente. Escuchaba las manecillas del reloj del muro al par de los lentos latidos de mi corazón. Abrieron la puerta de mi habitación, como pasaba todas las noches. Una de las monjas que cuidaba el dormitorio echó una mirada y seguramente palomeó mi nombre de su lista. Sus pasos alejándose resonaron en el solitario pasillo. Esperé un poco más, a que regresara a su habitación donde se pondría a rezar mínimo una hora. Tomé mi abrigo y salí de mi cuarto. Mi corazón me regañaba, era la primera vez que lo hacía. Caminé lento e intentando imitar a un fantasma. Vi las escaleras con miedo. Decidí quitarme los zapatos para no hacer ruido. Me enojó mucho hacer tanto ruido cuando no quería que fuera así. Mientras bajaba, eran más claros los murmullos de los rezos de las monjas. Me daban un poco de miedo, sonaban de ultratumba y salidos de una pesadilla. Y la oscuridad no me tranquilizaba en nada. Logré bajar las escaleras, sólo me faltaba salir por la puerta principal del dormitorio sin ser visto. Sin embargo, detrás de la recepción se encontraba el cuarto de las monjas que cuidaban el dormitorio. Era muy arriesgado. Fui a la salida trasera, estaba cerrada con llave. Busqué con la mirada una escapatoria. Los ventanales se encontraban asegurados con abarrotes. Fijé mi mirada en uno, me pareció que un abarrote se encontraba chueco, me acerqué y lo toqué. No sólo estaba chueco, también se podía sacar, al igual que otros dos. Otros estudiantes dejaron una escapatoria. No me lo podía creer. Saqué los barrotes, salí y los volví a dejar en su lugar.

El frío me calaba hasta los huesos, sin la caldera de los dormitorios el frío de un joven invierno era insoportable. Caminé, abrazándome a mí mismo, hasta el jardín donde se encontraba la fuente acordada para nuestra reunión. No vi a Daniel. Me senté en el borde de la fuente. Froté mis manos para calentarlas. Comencé a temblar de frío y rechinar los dientes. El abrigo que llevaba puesto no era de mucha ayuda. El viento rugía como alma en pena, el follaje de los árboles se doblegaban ante este y parecía que se quejaban al par. Extrañé mi cómoda cama. Vislumbré en un pasillo, con la tenue luz de las farolas, una sombra. Era demasiado alta, vestía totalmente de negro, caminaba encorvada y arrastraba los pasos. Me escondí detrás de la fuente, pensé que se podía tratar de una monja. Soltó un quejido agudo. Mi corazón se volcó. Una mano se postró en mi hombro, ahogué mi grito con mis manos. Me giré en mi mismo.

—¿Listo? —murmuró Daniel—. ¿Y esa cara por qué?

No lo había visto, él vestía totalmente de negro, hasta llevaba un gorro que cubría su cabello de sol.

—Vi... algo —le conté asustado.

—Debió ser tu imaginación. Las monjas están rezando, vamos antes de que terminen. —Miré el vaho que escapaba de sus pequeños labios carnosos.



Maichen

Editado: 12.01.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar