Cuentos y relatos

Me voy a morir

En su mirada perdida e inmutable se reflejaba a gritos el duro golpe.

Sus manos palidecían contando en gestos lo que sus labios estaban imposibilitados de pronunciar, como si las palabras fueran inertes y la lengua muerta. El aire dolía ante la opresión del pecho y todo ruido había desaparecido, sólo quedaba el eco de una sentencia que le persiguió hasta la salida del hospital. Minutos en los que no hubo suelo bajo sus pies y el cielo se tiñó de un vapor oscuro.

El papel con el recordatorio de la cita se cayó a la salida del hospital, escapadas de unos dedos inestables. Un auto lo chapoteó en la acera a la espera del taxi que no llegaba. Pero nada de eso importaba ante la realidad de que él iba a morir.

La noticia fue como una hoja helada haciendo tajo en su cerebro de forma violenta. Una maldita hoja que se deshizo dentro, esparciendo sus vestigios en cada extremidad de su cuerpo hasta dejarlo frío.

Se lo contó el médico quien después, prevenido del terrible aspecto del paciente, hizo el favor de llamar un taxi desde su teléfono celular. Sabía que si le permitía conducir en esas condiciones era muy probable causar un accidente, y él ya mandaría a recoger su auto con alguien después.

¿Quién lo diría?

Siempre fue un hombre sano, con una rutina de ejercicios rígida. Nunca necesitó de un médico hasta verse en la obligación de identificar las causas de una infernal migraña de ocho días que se rehusaba a aplacarse con medicamentos. A su entender, esto iba a tratarse de una formalidad que sirviera de testigo a su buena salud. Sin embargo, ese simple chequeo rutinario terminó por desquebrajar la confianza de que el motivo de sus males era por estrés.

Ya no había píldoras, retiro sabático o remedio levantamuertos de abuelita que valiera ante la verdad liberada por unos labios dubitativos y firmes en su resolución.

Un tumor maligno lo mataba.

—El matasano está equivocado —sentenció una vez llegó a la tranquilidad de su lujoso departamento. Durante el trayecto tuvo el tiempo suficiente para restar crédito a una realidad absurda.

Y así, sin importar los días transcurridos desde la noticia, el hombre se negó a una segunda opinión médica. Volver a los olores fármacos y dolencias ajenas, sería como declararse débil y con haberlo permitido una vez ya era suficiente.

Intentaba convencerse de que todo fue un error, de que el doctor no estaba consciente de sus palabras. Muy en el fondo no era más que un niño asustado, preocupado de que lo sacaran de la burbuja en la que se metió para renegar de tan triste realidad.

No era posible morirse. No él. Jamás él.

En un principio siguió con su vida como si esas palabras carroñeras nunca hubieran perpetrado en su alma. Siguió acudiendo a sus oficinas como de costumbre y quienes lo veían difícilmente podrían descubrir que un pensamiento lo atormentaba, hasta que un día explotó. Gruñó a sus subalternos y se retiró de la oficina para no volver en un largo tiempo.

Antes de eso lidiar con él era como molestar a un perro rabioso con un palo. Su irritabilidad venía acompañada de maldiciones y gruñidos bestiales, pagando con ellos la rabia cargada por haber acudido al médico.

«¡¿Por qué demonios tuve que ser yo y no otro?! ¿Por qué delincuentes y vagos tienen derecho a vivir y yo a morir? Yo soy de provecho al mundo: joven, apuesto, exitoso. No lo merezco», pensaba siempre para sí, con palabras diferentes en cada ocasión, pero cuyo significado era invariable.

Las reuniones de trabajo se volvieron agónicas desde que escuchaba a sus socios hacer planes a futuro; de lo que harían al salir del partido de golf o a donde viajarían en fiestas patrias, lo que degustarían en la noche y desayunarían en la mañana. Hombres mayores de cuarenta, jóvenes de menos de treinta, todos parecían sonreírle a la vida y a sus ojos se burlaban de su desgracia.

Pero así es la persona que calla en su alma un mal terrible, suele ver como desconsiderados a quien no desprende la máscara de la falsedad con su escrutinio, reflejando en ellos el enojo que les pertenece.

Por eso necesitaba irse y escapar de tanta gente molesta.

Su ira se dispersó como chispas de fuegos artificiales alcanzando a quienes le rodeaban e incluso a sí mismo. Gruñó, exigió y maldijo el tiempo suficiente a todo humano por debajo de él hasta alcanzar un estado de más sosiego, pues la tranquilidad era algo que jamás podría recuperar.

«¿Qué habría pasado si...?»

¿Si no lo hubiera sabido? ¿Si no se hubiera enterado? ¿Qué habría hecho diferente?

Quizás remar más en su pequeño bote, en esos días de verano que tanto disfrutaba. Quizá tomarse el trabajo con más calma y sonreír al sol, o quizá tomaría esas horas y esos días y los invertiría en hacer algo que hoy no se convirtiera en tumor maligno.

Aún podía escuchar al doctor.

«El tumor ha avanzado demasiado», dijo aquél maldito día al mostrar los resultados de los rayos x. «Me temo que no tiene muchas esperanzas. Si se somete al tratamiento es probable prolongar un poco más su vida, pero hay que empezar de inmediato».

La falta de garantías no lo dejaban tranquilo.

Ojalá dispusiera de la fórmula perfecta para sobrellevar las responsabilidades de la vida sin haber desaprovechado los instantes; esos que en su momento parecían poco importantes en comparación a sus aspiraciones. Pero no era más que un simple mortal y si había un Dios en el cielo este tendría que ayudarlo. No ensañarse con él. Nunca robó, nunca holgazaneó, siempre trabajó por sus sueños, estudió duro y logró lo que muchos jóvenes de barrios marginados sólo sueñan: tener mucho dinero.



Clem

#14986 en Otros
#5221 en Relatos cortos
#10860 en Fantasía
#4814 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: antologia, cuentos, ficcion general

Editado: 30.10.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar