Cuentos y relatos

De viaje

Emprendí un viaje de carretera con mi mejor amigo para hacerle olvidar que fue rechazado por una mujer; pero no por cualquier mujer, sino Yudis Virreal, la chica de la que siempre ha estado enamorado.

En un principio esta idea me pareció bastante ridícula, sin mencionar, bastante rara también: dos jóvenes universitarios, solteros, en un viaje a solas huele a querer cogerse lejos de los prejuicios; pero lo vi tan mal después de ser rechazado que me importó tres pimientos lo que dijeran al volver.

Me insistió para acompañarlo y no pude negarme. Me sentiría culpable si hacía alguna tontería por culpa del despecho.

Así que partimos en el viejo coche de su papá, una carcacha de auto con el cual era improbable impresionar a una mujer; pero, para un viaje de placer no pintaba tan mal.

Éramos dueños de la carretera para dormir, comer y conocer todo tipo de gente extraña, exótica y excitante.

¿Cuál sería el local más próximo para conseguir comida? ¿Qué otro pueblo pasaríamos? ¿Dónde dormiríamos, a la intemperie o en un motel? Es la belleza de lo incierto.

Por tanto, Yudis y Sus bellas curvas y su sensual manera de sonreír no importaban. Podía darse por opacada ante la adrenalina de nuestro viaje.

El «no» de Yudis quedó 400 kilómetros detrás (y la cifra seguía en aumento), minimizada en el recuerdo por las letras de una música rock que me veía obligado a soportar por el despechado. El rechazo de Yudis fue como un sinsabor ajustado a la medida del silencio que Gustavo me imponía durante unas largas horas de viaje. Pero ya me estaba desesperando su silencio y sus respuestas monosilábicas.

—Es demasiado silencio —dije con hastió, sacándolo de su ensimismamiento—. Está bien que te sientes triste, pero no puedes esperar que esté sentado contigo por más de cinco horas y no digas ni mu. Conocerás más peces en este apestoso mar, Gustavo.

—Yo amo a Yudis —responde pestañeando varias veces, sin despegar la vista de la carretera. Ante todo, un conductor responsable.

El auto se agita por haber pasado sobre un tope sin disminuir la velocidad, agitándonos de forma agresiva. Y creo la mente me hizo una jugarreta, porque casi puedo jurar haber escuchado un golpe proveniente del auto, no el ruido generado por el choque con el tope, sino otro, y ya me parecía haberlo oído antes.

—¿En serio no sentiste eso?

—¿Qué?

Bajo el volumen del radio un momento y agudizo el oído, nada.

—Olvídalo, de nuevo es mi mente por el cansancio —Gustavo si quiera esperó a que subiera el volumen, lo hizo él mismo con la sensación molesta de que alguien ha interrumpido su entretenimiento.

«Como me aburre escuchar estas vainas en inglés», pienso aburrido.

Me sobreviene un antojo, así que me estiro hasta alcanzar mi mochila, en la parte trasera y la llevo hasta mí. Allí descubro las pequeñas bolsas de cacahuetes, malvaviscos y galletas saladas puestas por mi mamá. Tomo una bolsa de malvaviscos y regreso la mochila.

—¡Anímate, hombre! Si no hablo yo no te noto las intenciones de socializar, y cada segundo estamos más lejos de casa. La conversación más larga que hemos tenido durante el viaje fue Sobre quien daba más miedo, si Jason o Freddy Krueger.

—Freddy gana.

—Me importa un carajo cuál de los dos gane —corté la conversación. Parece friki—. Ya verás. Conoceremos a muchachas más lindas y pasarás de Yudis.

—Luis, yo sigo amando a Yudis —insiste y puedo notar como se le pone algo tensa la mandíbula.

—Entiendo, pero te rechazó.

Sube más el volumen al radio. ¿Intentaba ignorar lo que le digo?

Su humor cambió de pronto con la música, como cuando cambias de una emisora que reproduce a Vicente Fernández por otra donde suena Calle 13. Él parece sonreír y disfrutar la canción, así que le dejó tranquilo.

Opto por concentrarme en disfrutar de mi antojo.

Es tranquilizante mirar el camino pasar: arboles, montañas, zonas áridas, zonas boscosas, al sol llegando a su nivel más alto...

Al cabo de tres horas y media, le pido hacer nuestra segunda parada para que pueda ir a orinar, aprovechando el terreno boscoso y desértico de la carretera. Me pidió hacerlo lejos del auto y yo lo tranquilicé diciendo que me iría a un árbol. Este sólo cuida el viejo tiesto de su papá a conveniencia, porque se saltaba los topes sin ningún cuidado.

Pero, al parecer no sólo yo sentí el llamado de la naturaleza. Al poco rato lo sentí caminar tras de mí con prisa y llevaba un rollo de servilleta en la mano mientras se internaba dentro del bosque.

—No vayas a apagar la música —me advirtió de camino—. Me tranquiliza.

Asentí con una risa burlona por la prisa que llevaba.

Una vez terminé con mi necesidad, regreso al auto con su incomprensible música. Meto mi mano en la guantera para sacar una bolsa de papas fritas que previamente guardé.

Tres minutos desde que se fue comienzo a usar la guantera como batería con mis manos; cinco minutos después de eso me aburro y apago ese ruido molesto al que no le entiendo nada.



Clem

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En el texto hay: antologia, cuentos, ficcion general

Editado: 30.10.2020

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