Desde mi Ventana

Capítulo 24

Me permito tenerlo una vez más, antes de protestar por el hambre. Marco el número de recepción y en pocos minutos una deliciosa cena es servida en la terraza de nuestra habitación. Pablo y yo, cubiertos sólo por la bata del hotel, bebemos una copa de vino, acurrucados en el futón del balcón, contemplando las estrellas.

El momento es tan perfecto. La brisa alborota mi cabello y los labios de Pablo trazan un camino desde mi boca hasta mi hombro. Mi corazón se llena de alegría por tenerlo aquí conmigo. Mi cuerpo sigue zumbando por todo lo que vivimos hace unos momentos. Me vuelvo hacia Pablo, y lo encuentro mirándome con una suave sonrisa.

Él es tan diferente a lo que pensaba. Cuando estamos solos, esa coraza de hombre temerario y gruñón se deshace totalmente, permitiéndome ver al maravilloso hombre que hay en él. Es atento, amable, detallista, amoroso, cariñoso, leal… miles de cosas que, si no te permites el tiempo para conocerlo y derrumbar sus muros, puedes perdértelo.

Y me encanta todo eso de él. Saber que sólo con nosotros, su familia y yo, es de esa manera. Me hace sentir especial, única, delicada. Como si fuera un regalo y yo soy la afortunada en recibirlo. Me doy cuenta de que Pablo me gusta, mucho más de lo que cualquier hombre podría hacerlo.

Cada una de sus caricias es como fuego, que quema mi piel y queda grabado para siempre. Anhelo sus besos, su piel, su voz… y cada vez que puedo tenerlo, quiero más, quiero todo de él.

—¿Qué pasa por tu cabeza en estos momentos? —pregunta, devolviéndome al aquí y al ahora.

—Tú —respondo y sonrío cuando frunce el ceño—. Tú pasas y te quedas siempre en mi cabeza.

Ladea su cabeza y me da una pequeña sonrisa. Esa que hace que su deliciosa boca se curve en una esquina.

—Tú también estás siempre aquí —Señala su cabeza—, y ahora aquí también —Señala su pecho y creo que mi corazón deja de latir un poco—, en mi corazón. Late más rápido cada vez que te veo.

—¿Es esa una declaración de amor? —pregunto medio en broma, pero con el corazón sediento porque así sea. Porque sus sentimientos sean igual de intensos y serios que los míos.

Estrecha sus ojos y mira hacia el cielo. Retengo el aire y espero por su respuesta.

—¿Es eso lo que se debe decir? Quiero decir, sé que muchas parejas se dicen “te quiero” pero, ¿cómo sabes que quieres o amas a esa persona? Yo amo a mis hijas, pero el amor por ellas, por mi familia es diferente a lo que se siente por una mujer.

Le miro por unos segundos, se ve confundido y preocupado.

—¿Amaste a Alexia?

—No lo sé. Supongo. —Se encoje de hombros y suspira—. Alexia fue la única persona que me… me aceptó. Ella no me miraba como el bicho raro y me ofreció el poder conocer algo más allá de un simple beso, me dio a mis hijas y… no lo sé.

—¿Sabes por qué razón tengo una floristería? —Mi cambio de tema lo confunde más. Niega con la cabeza y espera por mí—. Mamá y papá siempre nos hablaron a mi hermana y a mí sobre el amor y la manera en la que decides compartir parte de tu vida con alguien, no porque lo necesites y mueras si no tienes a esa persona a tu lado, sino porque deseas hacerlo; porque esa persona hace que tu felicidad sea doble, que tus días sean más brillantes y tus noches mucho más mágicas. Porque estar con esa persona te hace bien, puedes ser tú mismo, puedes incluso ver más allá. Amar a alguien es querer recorrer un camino juntos, alcanzar el éxito juntos, el darse el uno al otro de forma natural, es dar y recibir. Amar a alguien no debe hacer que te pierdas ti mismo, al contrario, te ayuda a encontrar cada parte de ti y pulirla, hasta convertirte en algo mucho más hermoso.

Me vuelvo hacia el frente y miro las estrellas. Una sonrisa se dibuja en mis labios cuando uno de mis recuerdos más importantes viene a mí.

>>Cuando tenía once años, papá nos llevó al aeropuerto para recibir a unos de sus compañeros de otra ciudad. Estábamos con mamá y con Jenny y papá nos hizo ir hasta la puerta de salida de pasajeros. A mi lado, había un hombre mayor, esperando como nosotros, con flores en las manos. Las flores, de todos los colores, era algo hermoso. —Me detengo y regreso mí mirada a Pablo, sonrío y suspiro—. Lo vi morderse las uñas varias veces, estaba muy nervioso y ansioso. Sudaba y daba estos pequeños brincos en sus pies. Asustada, temiendo que le ocurriera algo, le pregunté si estaba bien. Me respondió que sí, pero que cuando ella llegara, estaría mucho mejor. Pero él seguía nervioso, sabía que estaba impaciente, así que decidí preguntarle por las flores y qué hacía ahí. Me dijo que estaba esperando a su futura esposa. Fue extraño, el prácticamente era de la misma edad de mi abuelo; me contó que a su futura esposa le gustaban las flores, y que desde que se conocieron, veinte años atrás, siempre le regalaba una flor, pues la sonrisa que aquel gesto causaba en ella, hacia la vida de él más feliz. —Suelto un risita al recordar mi cara y confusión ese día—. Le pregunté por qué, si se conocían desde hace veinte años, apenas iba a declararle su amor. Con una sonrisa me dijo que él y ella se habían casado hace quince años pero cada día, él procuraba enamorarla, tratándola como si fuera su futura esposa, como si estuviera cortejándola nuevamente; porque, cada vez que él intentaba enamorarla, también intentaba demostrarle que compartir su vida con él, era la aventura más emocionante, la decisión correcta. Porque podía ser ella misma, él podía ser el mismo y juntos podrían ser lo mejor de cada uno.



Maleja Arenas

Editado: 14.07.2019

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