Diamante

Capítulo cinco

Han pasado dos meses. Dos meses de bruscos cambios en la región Suroeste de Maden. De pronto todo se convirtió en algo oscuro, es como si... como si todo el mundo se hubiese sumergido en una profunda e inevitable tristeza. Es un enorme caos depresivo que se extiende a nuestro alrededor y no sé si sea así en las demás regiones pero aquí, por lo menos, se ha desatado una histeria colectiva que nos ha hecho entrar en un estado paranoico. Tuvimos que meter a nuestro caballo a una habitación en la parte trasera de la casa porque la gente está robándolos para poder ir a Central, además aseguramos la puerta del granero para evitar que las cabras corran peligro también. Hay peleas en las calles, pero no estoy segura si se lleven a cabo entre los rebeldes o los mismos ciudadanos; se pueden escuchar las trifulcas durante la noche, llenas de gritos y alaridos, trifulcas en las que el fuego que se eleva varios metros es el principal problema.
Es horrible.
 


Busco entre la seca y agrietada tierra en la que sembramos más de nuestros vegetales hace poco más de un mes, pero no importa cuántas veces la remueva en busca de algún rastro de estas verduras, no hay nada. No hay yerba ni raíces. Nada.

Suelto una exhalación cargada de frustración pesada.
Se nos ha terminado casi todo en casa: alimentos, material de curación, cosas de higiene, incluso mamá se quedó sin tela para confeccionar sus prendas y todo gracias a que dejaron de enviar los suministros hasta aquí y otras regiones. No sé qué hacer y lo peor es que necesitamos más plantas, del tipo medicinal, porque, además de que ya no nos quedan suficientes para mucho más tiempo, la salud de mi madre ha empeorado en el transcurso de estos meses.  Es como si no importara nada de lo que yo hago, siempre empeora la situación.

No puedo evitar que mis ojos se inunden de lágrimas.
Ya me imagino llorando a propósito durante varios días para humedecer la tierra del huerto y así poder plantar de nuevo. Mamá no estaría feliz al respecto.
Niego con la cabeza. Mi mal chiste me trae una sonrisa y seguramente parezco una completa lunática por reírme mientras lloro, pero agradezco la sensación que me provoca la leve risa.

Maldición...

—¿Nada? —mi madre me pregunta desde la puerta de la casa, a un par de metros.

—Nada en lo absoluto —. Me pongo de pie—. Supongo que tendré que ir a la plaza central a ver si encuentro algo ahí.

Mamá asiente con la cabeza.
La gente a llevado lo que sea que tenga para vender a la plaza central: muebles, ropa, sus propias cosechas, etcétera. No dudo que pueda encontrar algo ahí para sobrevivir otra semana mientras decido qué haré con nosotras para entonces.

—Sí, no es mala idea —responde mi madre con dificultad.

Me está preocupando en demasía su estado. Luce cansada, débil, pálida, como si tuviese mucho sueño y lo peor de todo es que, con la escasez de alimentos, ha perdido mucho peso. Su contextura física siempre fue delicada y delgada, pero ahora lo es aún más.
Tendré que hacer algo rápido.

—Me iré ahora mismo —le informo mientras entro a la casa—. Aún es temprano así que es posible que encuentre bastantes cosas si me doy prisa.

No pretendo tardar más de dos horas. El lugar está a cuarenta minutos de aquí a pie porque, claro, no quiero correr ningún riesgo.

Tomo rápidamente una bolsa de tela de la cocina para traer lo que sea que encuentre allá, y salgo de nuevo; todo a prisa y sin detenerme.

—¿Quieres que vaya contigo?

La miro inmediatamente con cierta tristeza. Aunque quisiera que me acompañase no está en la mejor posición de hacerlo. Al final no va a poder ayudarme y, en cambio, tendré que cargar con ella también.

—Prefiero que vayas a la cama —pido en tono suave—. Descansa. No tardaré nada.

No la veo muy convencida de este hecho, pero parece que entiende su situación y que no es una buena idea que vaya conmigo, así que acepta sin decir nada. Me pide que vaya con cuidado y después vuelve a entrar, cerrando la puerta tras ella con lentitud.

Es entonces que me dirijo a la plaza central de la región Suroeste.
El trayecto va mas allá de la definición de la palabra "agotador", es más bien infernal. El calor del sol de la mañana es más intenso que antes, como si fuesen los rayos del medio día pero con dos horas antes, y el calor de la tierra se levanta seco desde el suelo, sintiéndose en todas partes sin importar a dónde se vaya, permaneciendo una sensación de ardor sobre la piel.

Cuando llego finalmente hay menos gente de la que me esperaba. Un grupo de quizá veinte personas que venden muebles se encuentra a mi derecha al entrar, otro más de cinco personas que se encargan de vender ropa y algunas joyas se encuentra a la izquierda y un último grupo hasta el fondo de la plaza que, por lo menos desde aquí, parece vender las verduras que necesito.

«Sí, ¡gracias al cielo!»

Me acerco al puesto y comienzo a examinar la mercancía que, en efecto, es todo alimentos.
Una figura femenina se me acerca de pronto y, después de mirarla durante un corto periodo, noto que el rostro que me atiende me resulta muy familiar.

—¿Ángel? ¡Hola! —una chica de cabello pelirrojo, ojos azules brillantes y cálida sonrisa me saluda—Todavía me recuerdas, ¿verdad?

La miro entonces con un poco más de atención hasta que su rostro llega a mis recuerdos tan rápido como un destello. Fue mi mejor amiga hace varios años, poco más de diez años, antes de que su familia decidiera mudarse a Central. No la veía desde entonces.

—¡Theana! —la saludo de vuelta, sin embargo ella ya está envolviéndome con sus delegados brazos.

—¡No has cambiado nada! —me mira, sonriendo de oreja a oreja como nunca antes la había visto—Luces radiante.

—No será por mucho si esto sigue así —intento bromear, pero su cabeza se inclina hacia la derecha con cierta pena.

—Sí, por eso vine —me informa—. Han llegado noticias de todas las regiones y todas están igual.



Karen Franquiz

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En el texto hay: fantasia magia, poderes, guerra y amor

Editado: 02.05.2020

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