Diamante

Capítulo ocho

No me imaginé nunca, ni traté de hacerlo tampoco, cómo sería la capital del reino a la cual nunca había ido. No me había preguntado cuál sería su magnitud o su tamaño ante mis ojos, y quizás es justamente eso lo que hace que me sorprenda ahora mismo.

Es un lugar mágico a la vista. Está lleno de casas con fachadas llamativas y elegantes y las calles, alfombradas por piedras perfectamente acomodadas, permanecen libres de basura y escombros. Las construcciones de maderas mohosas se levantan dos o hasta tres niveles hacia arriba, pero, pese a eso, la luz del sol sigue llegando plena hasta el suelo gracias a la anchura de las calles. Es muy diferente a Suroeste, desde sus casas hasta su ambiente magnético. No estoy segura de si me encanta o lo odio, pero supongo que un poco de ambas cosas.

Si levanto la mirada por sobre las casas y sus techos en forma triangular, es visible alguna parte del palacio, el cual se eleva grande e imponente a lo lejos sobre la colina. Su tonalidad clara y los abundantes detalles hechos con piedra caliza le hacen brillar ante el sol, lo que no lo deja pasar desapercibido para cualquier recién llegado.

La flora, verde y abundante, se concentra mayormente a las orillas de la capital, pero es posible encontrarse con varios árboles en el trayecto de cualquier calle.

Es simplemente hermoso.

—Bienvenidas a Maden Central. La capital del reino y su próximo hogar —dice Theana con una emoción palpable.

Cataline saca la cabeza para poder mirar todo alrededor. Me encantaría hacer lo mismo, pero la herida en mi abdomen aún escuece a cualquier movimiento. No me limito mirar lo que puedo, claro, así que logro distinguir varias tiendas de postres, otras más de ropa y varas más de herrería y carpintería.

«Papá estaría fascinado.»

—¿Dónde viviremos? —pregunta la pequeña Cataline una vez que ha tenido suficiente de la vista.

—Les he conseguido una pequeña casa —le dice Theana—. Lo mejor de todo es que se encuentra en la misma calle en la que vivo yo, así que seremos vecinas.

Cataline abre la boca con sorpresa. Está evidentemente emocionada, y mayormente cautivada por la magnificencia de este lugar, como yo. Me preocupa que, cuando el encanto se termine, quiera volver a Suroeste y extrañarlo de manera desmedida, como yo también.

Theana se sienta junto a mí.

—¿Cómo te encuentras? —me pregunta al mismo tiempo que pone una de sus delicadas manos sobre las mías, las cuales he entrelazado sobre mis piernas.

—He estado mejor —confieso, apretando los labios en lo que pretendo sea un intento de sonrisa.

—Te gustará la casa —continúa—. Tiene tres habitaciones. Es de una sola planta, pero es espaciosa así que no habrá problema alguno.

Bajo la mirada a mis manos.

—La idea era que mi madre y yo tuvieramos una casa aparte, ¿cierto? —pregunto con cierta timidez.

No debería estar haciéndome ésto: recordarme a mi madre a cada segundo. Los dos días que duró nuestro viaje fueron una pesadilla porque no paré de llorar en todo el trayecto, ni cuando nos detuvimos a pasar la noche en una casa de albergue o cuando nos detuvimos a comer algo. No he dejado de evocar sus recuerdos en mí realidad y eso me está haciendo mucho daño.

—Sí —responde finalmente la joven pelirroja—, esa era la idea, pero por ahora no puedo dejar que te quedes sola —la miro a sus penetrantes ojos azules y su determinación en ellos me oprime el pecho—. Es con Natalia y Cataline o te quedas conmigo. Aunque, si decides lo segundo, debo advertirte que mi prometido obliga a todos a madrugar y eso no va a gustarte.

Sonrío para mi sorpresa. Agradezco infinitamente que haya aparecido en mi vida nuevamente porque, de lo contrario, quizá siga atrapada en Suroeste sin saber qué hacer.

—No sabía que estabas comprometida —murmuro.

—Sí, lo estoy —suspira, y su mirada se queda estática en un punto invisible al frente—. Nos casaremos el próximo año, en invierno.

—¿Y tú no estás feliz? —No puedo evitar preguntar debido a la expresión nostálgica de su rostro.

Me mira entonces, con cierta diversión y sorpresa.

—No, no. ¡Claro que estoy feliz! —dice rápidamente mientras una sonrisa se forma en sus labios—No puedo imaginar mi vida de otra manera, él es todo lo que siempre quise para mí. Es sólo que… —mira hacia el anillo de plata que abraza su dedo—desearía que mis padres pudieran estar en mi boda.

La miro y la curiosidad invade mi cabeza. Recuerdo que sus padres eran como la típica pareja de esposo y esposa de Suroeste: personas unidas y siempre viendo por el bienestar de su hogar y de su familia. Personas con problemas, pero que siempre encontraban la manera de solucionarlos. Mi madre decía que los padres de Theana eran personas respetables, que sabían ser amables y honestos.
Cualquier problema que haya ocurrido no pudo ser tan grave como para que ellos se negasen a asistir a la boda de su hija, así que asumo que fue algo más, mucho más, pero preguntarlo ahora no es buena idea.

—¡Hemos llegado! —nos anuncia el hombre que condujo la carreta todo el camino, de quien, por cierto, no tengo idea de su nombre.

—¡Sí! —exclama la pequeña Cataline, saltando hacia afuera de la carreta y corriendo en dirección a la casa en la que nos hemos detenido.

La fachada es una enorme ventana junto a la puerta principal. No hay patio, pero sí hay un puñado de flores color violeta que han sido plantadas frente a la ventana, en una especie de maceta grande que ha sido creada con maderas. La ventana junto a las flores afuera hacen el ambiente perfecto para tomar una taza de café y pintar algo.

—Pido la habitación más grande—dice Natalia mientras finge correr tras Cataline, pero la pequeña corre para adentro seguramente para ser la primera en elegir habitación.

Bajo de la carreta con ayuda del señor que nos acompaña y me dirijo inmediatamente a desatar a la cabra y al caballo.

—Yo puedo ayudarte con eso —me dice Theana mientras se acerca—. Tenemos un lugar en donde podemos meterlos —señala a mis animales con la cabeza.



Karen Franquiz

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En el texto hay: fantasia magia, poderes, guerra y amor

Editado: 02.05.2020

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