Diamante

Capítulo nueve

Me esfuerzo por ignorar el dolor de la herida, tanto física como emocional, y trato fuertemente de sentir la felicidad de ver al joven rubio de nuevo. Han pasado casi tres meses sin verlo y, ahora que está frente a mí, me parece muy diferente. De pronto me parece más alto, más fuerte, incluso su cabello está corto y su mirada es diferente. El que yo esté aquí le dice más cosas que mis propias palabras y me parece que ello le ha dado una vitalidad que se le había apagado desde hace un tiempo.

Sus brazos me rodean por la cintura mientras yo me abrazo a su cuello y, por un segundo, me siento fuerte. Me siento bien.

Se aparta lo insuficiente para mirarme y revelarme una sonrisa tan amplia que muestra casi todos sus dientes. Una sonrisa que nunca antes había visto.

—Estás aquí —dice, agitado e incrédulo al mismo tiempo—. ¿Cómo? ¿Cuándo?

—Llegamos hoy —le informo tímidamente.

—¿"Llegamos"?

—Sí —le sonrío—. Tu madre y Cataline vinieron conmigo.

—¿De verdad? —murmura mientras en sus ojos distingo algo entre la emoción y la nostalgia.

Asiento con la cabeza a manera de respuesta.

—No sabes lo feliz que me hace verte —digo—. No sabía si seguirías aquí.

—Las cosas son un tanto complicadas por ahora, pero ya te hablaré de eso después —se aparta un poco más y toma mis manos. Su gesto ha cambiado ahora: me mira con intriga y preocupación. Tal parece que no me he esforzado lo suficiente para ocultar la amargura de mi rostro —. ¿Qué sucede, Ángel?

No importa cuánto me esfuerce, Jonathan siempre supo cuando algo no andaba bien conmigo y eso no ha cambiado todavía.

—Las cosas son un tanto complicadas por ahora —imito sus palabras, pero a él no parece resultarle gracioso—. Por cierto, ¿recuerdas a Theana?

Me giro en dirección a Theana, quien ha permanecido a una prudente distancia. Ella le sonríe y se acerca para estrechar la mano de Jonathan, pero él no parece recordarla al principio. La mira confundido durante un momento hasta que el recuerdo de ella le cae en la cabeza como agua.

—¡Claro! Vivías en Suroeste.

—Así es —responde ella con una sonrisa—. Me alegra ver que has crecido.

Jonathan suelta una carcajada, profunda y grave.

—Supongo que ya no podrás tener ventaja en una carrera.

—Tal vez sí, no me subestimes —bromea ella y ambos se ríen.

—Entonces —Jonathan me mira—, ¿dónde están?

—Theana consiguió una casa para nosotras y es ahí en donde están —le informo—. ¿Tú... puedes ir a verlas ahora?

Mira hacia atrás y analiza el entorno. Hay soldados, y guardias también, esperando en el centro del amplio patio con miradas impacientes.

—No estoy seguro. Nos dijeron que esperáramos al príncipe, pero eso fue hace veinte minutos.

—¿El príncipe? —pregunto—¿Por qué?

—Bueno, es él quien ha estado a cargo de las tropas desde que llegamos y por eso es común verlo por aquí.

—Creí que era el rey quien se hacía cargo de las tropas.

—No es así desde hace bastante tiempo —agrega Theana—, y menos ahora que la salud del rey empeoró.

—Es cierto —Jonathan concuerda—. Se rumora entre las tropas que no resistirá por mucho más tiempo.

Abro los ojos aún más, con sorpresa.

No esperaba llegar aquí y toparme con más malas noticias. El rey yace en cama y una guerra avanza por la región norte hacia aquí. ¿Qué se supone que va a hacer el príncipe al respecto?

—Pero, ¿y la guerra? Se supone que el príncipe no puede hacer movimientos de combate sin el rey, ¿o sí? —pregunto de nuevo.

—Las ha venido haciendo desde hace meses, Ángel —Jonathan me informa.

—Tecnicamente, ha dirigido la guerra por su cuenta _agrega Theana—. Quizá no tenga nada que ver una cosa con la otra, pero me parece que la guerra fue empeorando desde que el rey le cedió la responsabilidad a su hijo.

—Sí, me pareció lo mismo —Jonathan concuerda—. Krevs ha tenido oportunidades suficientes para enviar un sólo golpe y acabar con la guerra, pero no lo ha hecho.

—Asumo que no le hacen falta guerreros —resuelve Theana con tono seguro.

—No, en lo absoluto. Se reclutaron soldados de cada rincón de todas las regiones y eso le ha dado una ventaja considerable.

—Entonces sus planes son otros.

—Tal vez, pero si quiere esperar a que Rocnest tome la capital, no van a servirle de mucho.

Dejamos la conversación hasta ahí y, sinceramente, no me haría sentir mejor continuarla; son cosas no muy alentadoras que definitivamente no estoy dispuesta a escuchar.

Miramos una vez más en dirección a los soldados, quienes se forman nuevamente en filas e hileras. Jonathan nos hace un gesto con una mano que pretende indicarnos esperar y entonces se dirige trotando hacia el grupo, tomando su lugar. Theana y yo nos estiramos un poco para ver mejor entre los soldados, pero cuidamos no acercarnos demasiado porque se supone que no deberíamos estar aquí en primer lugar. No logro ver nada al principio, pero al cabo de un momento identifico a Lirath mientras avanza, con gesto serio y el entrecejo fruncido, manteniéndose junto al príncipe.

El hijo único del rey es un hombre fuerte de músculos marcados, de una estatura intimidante, un poco más alto que Lirath por un par de centímetros y con un gesto que da el mensaje de que no deberían molestarlo ni para saludarle. No es tan joven como aparenta, pero es atractivo físicamente, sin embargo su temperamento ha opacado su atractivo. Lo describen como serio, agresivo aveces, displicente y arrogante. Sinceramente nunca estuve lo suficientemente cerca de él como para saberlo y lo que revelaban los periódicos en Suroeste no era suficiente como para tener una opinión respecto a él. Es, quizás, un completo desconocido envuelto por opiniones contrastantes.

—Mira, es el soldado —señala Theana cuando encuentra a Lirath, quien se encuentra hablando con el príncipe manteniendo un gesto atento y complaciente—. Es cercano al príncipe, qué curioso.



Karen Franquiz

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En el texto hay: fantasia magia, poderes, guerra y amor

Editado: 02.05.2020

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