Diamante

Capítulo dieciocho

Grandes y profundas grietas se extienden por el piso, abriéndose paso unas entre otras, como si de venas se tratasen. Abriéndose en inmensos cañones que se pierden en el horizonte. Los gritos de los que caen en ellas me taladran los oídos, pero el ensimismamiento en el que me he sumergido es tanto que no me inmuto por ellos.

Siento a la ira abrirse paso cómodamente en mi torrente sanguíneo, pero la causa me es desconocida. El deseo de maldad de ha convertido en una sed inmensa, y saciarla parece no ser suficiente.

La muerte de cientos de hombres recae en mis manos y en lo único que puedo pensar es en que no me importa en lo absoluto…

Entonces, el sonido de un golpe me hace despertar de sobresalto.

Mi adormilada vista recorre con cuidado todo lo que es perceptible en mi campo visual; veo los muebles de madera y las hojas de papel desordenadas, veo la desgastada mesa de centro y finalmente veo la manta blanco marfil que cubre la extensión de mi cuerpo.
El espacio en el que me encuentro no es la casa de Natalia, pero tampoco es un lugar que desconozco.

Me levanto del sillón en el que estaba acostada y me froto ambos ojos con el dorso de mis manos, bostezando al mismo tiempo. Me siento inusualmente cansada.

—Lo lamento, ¿te desperté? —la voz grave y áspera de Lirath cruza el comedor y la sala de estar hasta mis oídos, obligándome a verlo. Está en la cocina, mirándome apenado.

—No, descuida —respondo en tono aún adormilado—. Ya era hora de despertar, supongo.

—De hecho, no. Faltan dos horas para que el sol salga.

Instintivamente miro a la ventana detrás del mueble con libros, sólo para comprobar que, en efecto, sigue estando oscuro afuera.

—¿Qué haces despierto entonces?

—Estuve en el palacio hasta hace media hora.

—¿De verdad? —Él responde asintiendo con la cabeza—¿Y Ziev? —pregunto al recorrer la habitación con la mirada y no verlo por ningún lado.

—Volvió a su casa; necesitaba descansar. Tal parece que contener tu energía lo desgasta mucho.

—Vaya… —Exhalo con cierto desánimo. Eso me recuerda que debo aprender a controlar la energía por mi cuenta lo antes posible.

—¿Quieres café? —pregunta después de un momento, cuando ya se encuentra sirviendo el líquido caliente en una taza de barro.

—Sí, por favor.

Lo sirve en ambas tazas y después se acerca a la mesa, dejándolas ahí. Salgo del sillón entonces y me dirijo a la mesa, tomando asiento a una silla de distancia de donde él se ha sentado.

—Café, ¿eh?—observo el líquido mientras se disuelve el terrón de azúcar que le he echado—¿No pretendes dormir?

—Tengo que estar en el palacio al amanecer, así que… no —. Sus labios se aprietan en una sonrisa, pero es demasiado cansada para parecerlo.

—¿Por qué? ¿Sucedió algo?

Se toma su tiempo para beber un sorbo de su café después de asentir con la cabeza.

—Una docena de hombres entraron al palacio ayer en la noche, poco después de que tú y Ziev se fueron —me informa y me es posible ver la preocupación en su rostro—. Atacaron al rey.

—¿Qué? —pregunto con suma sorpresa—¿Y él está bien?

—La verdad es que no. Tiene heridas muy graves en el estómago debido a las múltiples puñaladas, y el médico dice que es muy probable que no sobreviva.

Me llevo una mano a la boca, sólo para morderme la uña del dedo pulgar. No me pasa por alto este ataque sin pensar en Krevs y lo enojado que estaba cuando estábamos por irnos. ¿Habrá sido obra suya o una coincidencia muy grande? Aunque no sirve de nada preguntarme esto; sólo me hace estar más asegura de que fue lo primero.

—¿Saben ya cuál fue el motivo del ataque? —continúo con el interrogatorio.

—Asumimos que fue un robo, porque varios de estos intrusos consiguieron salir con objetos valioso, sin embargo, a los que hemos encerrado, no han dicho nada al respecto.

Suspiro una vez más. Fue Krevs, podría apostarlo.

—¿Y el príncipe? —hurgo—¿Cómo lo ha tomado?

—Parece estar más afectado de lo que ha dicho —asegura—. Ha sido él quien envió a buscar a los intrusos restantes.

«Hmm»

—¿Y la reina?

Él niega con la cabeza entre sorbo y sorbo.

—No es secreto que su relación no iba nada bien, por lo que no parece estar afectada, pero su inocencia es debatible.

—Habrá que esperar para saberlo, supongo.

Concuerda conmigo en un gesto de cabeza. Luce terriblemente cansado. Sé que su trabajo está en seguridad interna, pero parece que hizo más de lo que está contándome. No me sorprendería saber que tiene un rango más alto del que me ha dicho y, por lo tanto, tiene más responsabilidad. Puede verse la tensión de esto en sus hombros y el cansancio en su mirada. Y, demonios, cómo quisiera no tener que darle más preocupaciones.

Se levanta de la silla entonces, interrumpiendo mis pensamientos. Avanza hasta su habitación y, después de un rato, regresa con un una maleta de tela gruesa color café oscuro que deja en la mesa antes de sentarse de nuevo.
Lo miro con curiosidad mientras bebo un poco más de café.

—Me encargaré de esto antes de irnos —me notifica—. Espero no te moleste.

Niego con la cabeza.

Ha hecho su taza a un lado para poder vaciar el contenido de la maleta sobre la mesa. Son un montón de pesadas piezas metálicas que brillan pese a su acabado matizado. Están sucias, así que él comienza a limpiarlas con un trapo que ha humedecido previamente con un líquido que tiene un olor tan penetrante que se siente hasta la garganta.

—¿Qué es eso? —curioseo.

—Armas.

—Nunca antes había visto algo como esto —confieso, inevitablemente asombrada.

—Es porque no son armas de Maden —responde sin levantar la vista de la tarea que se ha impuesto—. El rey ordenó traerlas de Seiptha cuando comenzó la guerra, y ahora son únicamente usadas para esta y la protección del palacio.



Karen Franquiz

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En el texto hay: fantasia magia, poderes, guerra y amor

Editado: 02.05.2020

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