Disponible Hasta 1-3-21 La rebelión del Ángel (3)

Capítulo 6: Jael

Sonó la trompeta, Jael había pasado la noche con una idea en la cabeza, quería adelantar el tiempo, la impaciencia no la dejaba tranquila, descender las escaleras de la torre se volvió un trabajo más tedioso que cualquier otro día, sentía la urgencia de llegar al Centro cuanto antes, pero no podía repasar a ninguna de sus compañeras, no podía ir más rápido que ninguna.

            Al momento de entrar en el Centro quiso buscar al Ángel del Muro con la mirada, puesto que no podía hacer más que eso. Pero incluso si no hubiera disimulado aquella mañana le habría sido imposible verlo desde allí, no sabía que tan alto estaba, o si desde su posición era imposible observarlo, incluso apoyándose en la barandilla, cosa que era inadmisible.

—¡Bienvenidos sean a esta gloriosa reunión! Un nuevo día ha iniciado, a trabajar irán, todos se dedicarán a sus obligaciones, ese es nuestro propósito, cuidar de Hogar, conservarlo magnífico para cuando regrese Azmon. Seremos recompensados…

             Jael estaba en el Centro, pero sentía que su mente, esa parte de ella que la hacía dudar y que la impulsaba a hacer lo contrario de lo que se le pedía, estaba lejos de allí, muy lejos, soñaba, deseaba que aquel otro Ángel tuviera las mismas dudas que ella, deseaba que él solo estuviera pretendiendo ser alguien más del montón.

             Sin darse cuenta ya se encontraba caminando sobre el puente, en fila como siempre, como en un trance, estaba tan acostumbrada a hacer las mismas cosas que su mente podía divagar por mucho tiempo y su cuerpo hacia las cosas de forma mecánica. Los Ángeles con vestido se dirigían a un campo de fino césped plateado que se movía con una brisa que no inquietaba nada más. Lo atravesaban hasta llegar a un terreno de delicada arena amarilla, allí había sembrados por todo el lugar árboles de troncos marrones, de diferentes grosores y torcidos. Sus hojas permanentes eran verdes, su altura no variaba, no había ninguno que fuera en apariencia más bajo que el otro, tampoco había árboles en desarrollo, parecían haber sido plantados todos el mismo día.

             Jael recolectaba flores de distintos minerales, aquella mañana había rosas de esmeralda, cuarzo, aguamarina y zafiro. Cada cierta cantidad de tiempo nacían otras como rubí, turquesa y amatista. No seguían un patrón, a veces eran todas iguales y en algunas ocasiones se podían ver gran variedad.  Era su tarea diaria, nacían en los árboles, estaban justo frente a ella, no debía agacharse para tomar una o trepar de alguna forma, todas las flores estaban al alcance de su mano y debía de hacer un esfuerzo mínimo en cortarlas con una tijera filosa con mango de oro, para luego colocarlas en una cesta tejida con ramas blancas. Mientras hacía esto pensaba, recordaba al Ángel que había estado observando detrás del Muro, las últimas noches lo había visto sin falta y en el más reciente encuentro le había dirigido la palabra, había sido el mejor de todos, a pesar de eso tenía miedo de haberlo ahuyentado. Se preguntaba también qué estaría haciendo tan cerca del límite, si quería entrar o qué pensamientos albergaba en su cabeza.

             Pasaba el tiempo y Jael llenaba su cesta repetidas veces, por lo general deseaba trabajar más de prisa, pero por momentos le parecía que si algún Ángel se atreviera a ir más rápido todos los otros advertirían enseguida algo anormal ¿Esto estaría mal? A Jael le parecía que los demás estaban tan dormidos que no se darían cuenta si ella se comportaba como en realidad quería hacerlo, y que posiblemente había a su alrededor muchos Ángeles confundidos que sentían al menos parte de lo que ella experimentaba. Pero ¿cómo identificarlos? ¿Cómo mostrarse entre ellos si tenían el miedo de ser capturados por los Rebeldes Alados, y a la vez el anhelo de ser encontrados por sus iguales? Todos los otros Ángeles iban siempre al mismo ritmo y salirse de lo normal era algo que le aterraba, nadie mostraba signos de ser diferente como ella, nadie excepto el Ángel del Muro. Aquella mañana sin embargo había estado laborando más lento de lo acostumbrado, nadie lo notaba, ni ella misma se daba cuenta.  Pensaba mucho en aquel Ángel, era un Fiel, al igual que todos a su alrededor, pero seguramente con dudas, aunque no las expresara en voz alta, no comprendía su forma de ser, su comportamiento era desesperante. Pensaba en que tal vez necesitaba ayuda, un empujón para atravesar el Límite, pero de nuevo, eran suposiciones, él no decía nada y tratar de adivinar lo que pasaba por su cabeza la exasperaba.

             Faltaba poco para que sonara la canción, ya estaba planificando hacerlo entrar en el Límite, si lo lograba entonces no solo él conseguiría lo que de seguro buscaba, sino que ella dejaría de estar sola en Hogar, ambos ganarían. Ella sabía que él estaba al tanto de lo prohibido, no necesitaba preguntárselo, «El bosque marca el límite del Hogar, no debes ir allá»”. Pero aun así quería entrar, estaba claro, pedía a gritos ayuda, sus gestos lo indicaban a pesar de que con palabras no lo demostraba. Jael sabía que todos los Ángeles, absolutamente todos estaban conscientes de que el Límite estaba prohibido, y que aunque no todos sentían el impulso de preguntar la razón, afirmaba en que todos tenían miedo, uno tan grande que les impedía decirlo en voz alta.

             Se había perdido tanto en sus pensamientos que la cesta ya estaba llena y de no ser porque una flor de zafiro resbaló y cayó al suelo para hacerse pedazos, no se hubiera dado cuenta. Aterrada, vio lo que había ocurrido, sabía que debía tratar a las flores con la mayor delicadeza posible, pero jamás habría imaginado que podían ser tan frágiles, mucho menos destrozarse por completo al caer sobre arena. Sin saber que hacer exactamente, se quitó la cesta que llevaba guindada a su cuerpo, la colocó en el suelo y se inclinó para recoger el polvillo azul entre sus manos y lo observó con cuidado, costaba creer que lo que hace poco era una flor hermosa ahora se mezclara con la arena amarilla del suelo, que de no ser por la diferencia de color nadie hubiera imaginado nunca que aquello eran restos de una rosa. Alzó la mirada con un poco de temor, ninguna de sus compañeras le prestaba atención, dejó de nuevo caer el polvillo en el suelo, cavó un pequeño hueco con sus manos, no muy profundo, pero lo suficiente como para enterrar la flor y luego lo cubrió tratando en absoluto de que no quedara la más mínima evidencia. Se puso de pie y se guindó su cesta sobre el hombro, con cuidado de no dejar caer otra flor, y se encaminó hasta el Lago Negro para dejarlas allí.



Laura Zarraga

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En el texto hay: misterio, romance, suspenso

Editado: 14.01.2021

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