Disponible Hasta 1-3-21 La rebelión del Ángel (3)

Capítulo 44: intervención descontrolada.

Cuando Alexander abrió los ojos la mañana siguiente, gracias al sonido del despertador, Anthony estaba de pie junto a él, esperando, tratando de no impacientarse demasiado.

Sin prestar atención a sus preparativos para asistir al trabajo, a donde Anthony suponía que se dirigía, esperó cerca de la puerta de salida, no tenía intenciones de examinar la vida de Alexander, ni de saber sus cosas personales, solo quería que estuviera lejos de Anna. 

Casi una hora después Anthony escuchaba la voz emocionada de Alexander al llegar a su lugar de trabajo.

—¡Hey, Tom! ¡Volviste! ¡¿Cómo está esa pierna?!

—¡Ha quedado bastante bien! —respondió su compañero que se encontraba a unos seis metros de distancia mientras que subía y bajaba su extremidad un par de veces para demostrar que podía moverse sin dificultad— ¡Pero no volveré a jugar futbol jamás, creo que ya estoy bastante viejo!

—¡Pues, sí! ¡Lo estás! —afirmó Alexander con sinceridad entre el murmullo de risas que hicieron algunos compañeros sin preocuparse por ser discretos. Anthony supuso que no era una burla, el hombre debía de tener cuanto mínimo unos cuarenta años.

—¡Comenzaré a contar cuentos y tal vez regrese a mis trucos de magia!

—¡Bien pensado, Tom! —apoyó Alexander y reanudó su caminata, a punto estuvo de chocar con una mujer que parecía haberse colocado apropósito en medio de su camino— ¡Oh! Hola, Ashley.

—Hola, Alex —respondió la rubia alta y de impactantes ojos azules— ¿Cómo estás hoy? —preguntó en un tono inusual que indicaba coqueteo extremo.

—De maravilla.

—¿A sí? ¿Y puedo saber a qué debe eso?

—Conocí a alguien —respondió Alexander sin darle vueltas al asunto.

—¿De verdad? ¿Pero, qué tiene esta mujer? —preguntó enseguida la rubia visiblemente frustrada—. He estado detrás de ti desde que entré a la compañía ¿No y que no sales con nadie?

—Las personas cambian, Ashley, las personas cambian —repitió y se alejó de la rubia mientras que ella lo miraba atónita y con cierto aire de derrotada.

Anthony miró a Ashley durante un instante, era bastante agradable a la vista, suponía que era deseada por muchos hombres, pero sería inútil involucrarla para separar a Alexander de Anna, en esto de las almas gemelas, una infidelidad no sería posible, al menos no al principio cuando la luz acababa de relevarse, Alexander no tenía ojos para otra mujer. Se alejó de allí y no tardó en encontrarlo.

—Buenos días, Mary ¿Cómo estás el día de hoy? —preguntó Alexander a una mujer que tenía un serio problema de sobrepeso y al parecer también de sueño—. Amaneciste radiante

—¿Radiante? ¿De verdad? —respondió ella con una ligera sonrisa que apenas se notaba— Temía verme terrible, los niños no me dejaron dormir anoche —agregó.

—No sé cómo lo haces de verdad, cinco hijos es mucho.

—Demasiado.

—Ánimo Mary, eres una buena madre.

—Gracias, señor —respondió ella visiblemente conteniendo unas lágrimas.

Alexander abrió una puerta y se adentró en lo que Anthony supuso que era su oficina. Enseguida se sentó y sacó unos papeles de su maletín y se puso a trabajar un minuto después de prender una computadora que se encontraba en la esquina del escritorio. Anthony se acercó y detalló el escritorio, pero eso no le decía mucho sobre aquel humano, excepto que era muy ordenado. En la otra esquina de la habitación había un portarretratos acompañado de una fotografía de él y de aquel hombre que odiaba la comida mejicana y que conducía muy lento, ambos miraban sonrientes a la cámara y se abrazaban cada uno con un brazo en la espalda del otro.

Anthony se quedó allí toda la mañana, contemplaba la vista una y otra vez, las paredes no eran otra cosa que cristales y se podía observar gran parte de la ciudad. Alexander se mostraba muy concentrado, solo fue interrumpido cuando Mary, quien al parecer era su secretaria, lo fue a buscar porque su jefe, un tal Señor Erick, lo llamaba.

Opinaba que el trabajo de Alexander era muy fácil, solo estaba sentado en un escritorio revisando papeles, planos y otras cosas en la computadora, aunque él no entendía nada de eso.

El resto del día se le hizo eterno, pero pudo soportarlo. Estuvo con él hasta que terminó la jornada de trabajo y este se devolvió a su apartamento y comenzó a alistarse para la cita que pensaba que ocurriría.

Eran las siete en punto cuando Alexander salía de su apartamento y cerraba la puerta con una sola vuelta de llave.

No había nadie en el pasillo, Alexander jugaba con las llaves en su mano con una sonrisilla de satisfacción, de seguro pensaba que esa noche todo sería perfecto, y así sería a menos que Anthony lo detuviera de alguna forma, todavía no sabía cómo hacerlo y su desesperación crecía cada vez más puesto que el momento del encuentro se acercaba.

Las luces del pasillo titilaron junto con el enojo contenido de Anthony y se preguntó si eso lo había hecho él, Alexander desaceleró el paso y Anthony lo repasó por el lado izquierdo al momento en que las luces se apagaron por completo. Alexander se detuvo y Anthony lo hizo unos pasos más adelante, miró hacia atrás y Alexander tenía una débil expresión de miedo en su rostro. Enseguida regresó la electricidad, Alexander comenzó a mirar a todos lados.



Laura Zarraga

#2150 en Novela romántica
#615 en Fantasía
#454 en Personajes sobrenaturales

En el texto hay: misterio, romance, suspenso

Editado: 14.01.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar