Disponible Hasta 1-3-21 La rebelión del Ángel (3)

Capítulo 50: una relación más formal.

Anna fue entrevistada la mañana siguiente, aunque no de la manera que había esperado, pero consiguió una prueba de tres meses, si la superaba, se quedaría en la compañía de su tía.

Los días pasaban y Anthony observaba como Anna era feliz con su nuevo trabajo, la acompañaba casi todos los días y se divertía con algunas cosas que le ocurrían. Ella hizo amigas muy pronto, Amanda, Cloé, Martha, Margaret y Susan, por nombrar unas cuantas, aunque Amanda era con la que más conversaba, a pesar de que eran muy diferentes. Verla rodeada de quienes parecían ser buenas compañeras era una alegría para él, observar como disfrutaba su trabajo era más que bueno.

Todo iba bien hasta que todas las tardes Alexander se aparecía en su trabajo para buscarla, estaban juntos hasta después de cenar. Pero la parte más difícil era ver como él la besaba, le acariciaba el cabello o la abrazaba. No era algo que le gustara ver, pero en esos momentos no quitaba la mirada ni un segundo de las manos de Alexander, dispuesto a intervenir si se atrevía a ir más lejos. Era difícil, casi imposible no hacer algo para separarlos, era frustrante, y jamás se le hubiera ocurrido imaginar que el autocontrol que se obligaba a tener se parecía bastante al que Alexander tenía que emplear cuando estaba a solas con Anna y le costaba ocultar su deseo de tocarla más lejos de lo que ella le permitía.

Todas las noches Anthony se adentraba en los sueños de Anna, nunca dejaba que encontrara a Alexander. Todas esas noches ella lo buscaba, pero él ni siquiera permitía que ella estuviera consciente de eso. Se contentaba de que al menos durante unos minutos al despertar fuera él quien invadiera sus pensamientos, porque estaba seguro de que ella pensaba en él y en lo que había ocurrido en sus sueños.

Por momentos visitaba a Alexander, se quedaba mirándolo fijamente tratando de encontrar una manera de alejarlo de Anna para siempre, había veces en las que se concentraba demasiado y al parecer eso afectaba de alguna manera su percepción.

—¡Vete! ¡Sal de aquí! ¡Déjame en paz! —gritaba Alexander en ocasiones, cuando no había humanos a su alrededor, lo cual hacía que Anthony saliera de su trance y se diera cuenta de que estaba yendo más allá y de que podía ser peligroso.

Pronto llegó una noticia, hace unos días Anthony escuchó cuando Alexander reveló que era millonario debido a una herencia, así que era cuestión de poco tiempo para que ocurriera algún viaje. Alexander escogió París para su primer destino juntos, y si estos días habían sido una tortura para el Ángel no podía imaginar cómo sería ese viaje. Conocía bien lo que los humanos decían de París, «La ciudad del amor».

Anthony ya había estado en París, y Alexander también según lo que había escuchado, pero Anna nunca había salido Virgina y estaba tan sorprendida como una niña. Los tres recorrieron el Arco del Triunfo, la Torre Eiffel, tiendas y fueron al Museo de la Orangerie. No se tomaban descanso, Anna estaba desesperada por verlo todo y no quería parar en ningún momento, como si tuviera un profundo miedo de no volver a pisar tierra francesa nunca más en su vida.

—Este ha sido el mejor día de mi vida —decía con una gran sonrisa—, nunca creí que pudiera venir hasta acá, a París.

—Vendremos de nuevo, todas las veces que quieras —respondió Alexander tan despreocupadamente como si Europa quedara a la vuelta de la esquina y pudieran llegar a pie.

—No sé qué decir respecto a eso.

—Solo di que sí, que vendrás conmigo.

—De acuerdo, vendré contigo.

—Y, ya que me he dado cuenta de que te encanta esta ciudad, te tengo un pequeño obsequio.

—Pero... —Anthony sabía lo que iba a decir y ahora resultaba que Alexander también, pues la interrumpió antes de que ella tuviera tiempo de reclamar.

—No me costó nada, fue muy económico, debes dejar de preocuparte por el dinero. Ten —dijo Alexander alargando la mano en forma de puño.

Al abrirlo había en su palma un llavero de la Torre Eiffel, solo eso. Y como si fuera una pulsera de diamantes, o algo parecido, Anna ahogó un grito de emoción, se llevó las manos a la boca y lo contempló como si fuera una maravilla.

—Me encanta, gracias, gracias, gracias —dijo ella tomándolo entre sus manos y mirándolo con más detalle.

—Me alegra que te guste, es solo un pequeño recuerdo de este apresurado viaje, la próxima vez vendremos con más calma y te compraré algo más grande.

Anna miró a Alexander como si fuera a reprimirlo.

—¡Es broma! —dijo él antes de que ella pudiera decirle algo.

Ambos sonrieron.

Al regresar a la majestuosa habitación del hotel ambos se prepararon para dormir, y mientras tanto Anthony se quedó sentado en medio de la cama. Sabía que esa noche no ocurriría nada porque Anna estaba en sus días, había empacado una cantidad enorme de toallas sanitarias.

—Bueno, ya estoy lista.

—Claro que sí —respondió él ¿Puedo besarte antes?

—Sí —respondió ella.

—Ven aquí, quiero tenerte más cerca —pidió él.

 Minutos más tarde se acostaron en la cama y se quedaron hablando mientras que Anthony los observaba con atención hasta que se quedaron dormidos.



Laura Zarraga

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En el texto hay: misterio, romance, suspenso

Editado: 14.01.2021

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