Ecos del silcencio

•20•


Los deseos son sentimientos peligrosos.

Era algo que Diego había aprendido hacia mucho, pero lo que no sabia era la manera de remediar que estos aparecieran. Cada día, cada segundo que pasaba con la joven, era peor para el sin que se diese cuenta.

Y la noche anterior fue tarde para entenderlo.

Lo que había sucedido fue un grave error que el había cometido, desde colarse en su casa hasta besarla y tocarla de aquella manera.

Aun podía sentir el ardor de sus manos contra la suave y tersa piel de ella. Era un tacto que no podría olvidar.

Frustrado dio varias vueltas en el salón tratando de pensar en algo que no fuera aquel tormento propio que sentía.

Se alegro de que fuera sábado y paso la media mañana trabajando sin distracciones.

Akua tampoco se atrevió a estar cerca de el, recordaba cada segundo vivido la noche anterior y se sumió en la limpieza de la casa para olvidar.

Se dio cuenta que limpiar la relajaba, tratar de ordenar las cosas y buscar una mejor manera de colocarlas para que fueran mas útiles le ayudaba a olvidar. A su vez parecía que mientras ordenaba la casa, también lo hacia con su mente y al medio día temiendo exhausta pero con un punto de vista algo mas relajado sobre los acontecimientos ocurridos hacia pocas horas.

Comenzó a preparar la comida de nuevo con la música sonando a su lado, canto en voz media mientras cortaba las verduras del huerto. Camino hacia el fregadero que estaba en frente de la ventana para lavar las demás verduras cuando vio el coche de Diego salir por el viejo portón y desaparecer tras el.

En el siento del copiloto se encontraban varios ositos de papel, hechos con distintas cartulinas mientras Diego avanzaba por la carretera. Tardo media hora en llegar 

y atravesó las puertas de cristal de aquel mediano edificio.

--Buenas tardes- saludo mientras avanzaba por el pasillo blanco.

--Buenas tardes- respondió la recepcionista que ya lo conocía.

--¿Donde esta?

--En su habitación, aun no ha salido.

--Gracias.

--Un placer.

Abrió la puerta despacio tras llamar y la vio allí de espaldas sentada observando por la gran ventana.

La mujer se volvió hacia el y sonrío.

La habitación era pequeña con una de las paredes llena de colores y ositos de papel pegados en ella.

--Hola mama- saludo el.

--¿Como estas hijo?- alego la mujer las manos y pidió un abrazo.

El se acerco y la acurruco entre sus manos, se sentó frente a la silla de ruedas, mas tarde la miro sonriente.

--¿Como te encuentras?

--Aquí me cuidan muy bien.

--¿Estas segura?

--Si, hijo. Lo estoy.

--Sabes que cuando no estés a gusto, buscare...

--Estoy bien, cariño.

--De acuerdo.

La volvió a abrazar con mucha necesidad, buscando esa paz que solo ella le proporcionaba.

Se quedo así durante largos minutos y después la observo embelesado.

Hablaron de cosas sin importancia y Diego le dio los ositos que había traído. Observo como la mujer avanzaba con su silla de ruedas hacia la pared y los pegaba con las manos temblorosas, pero no se movió, sabia que aquella mujer no quería ayuda y se quedo quieto.

--Las enfermeras dicen que mi muro es el mas bonito de todo el edificio.

--Es normal.

--Les digo que es gracia da mi querido hijo que me mima mucho.

--¿Presumiendo?

--Que menos.

--Me alegro que te encuentres menor aquí.

--Fue un gran cambio.

--No sabes cuanto lo siento- se disculpo de nuevo.

Aun el coraje le carcomía por dentro y la culpa. Cuando meses atrás se entero que en la anterior residencia maltrataban a su madre y la mujer permanecía callada por miedo.

Fueron esos moretones que un día vio en sus brazos los que levantaron sospechas y lucho mucho para sacarle de allí y encontrarle un lugar mejor.

--Cariño, no lo sabias.

--Pues debí haberme informado mejor, solo después lo supe y ...

--Ya paso, estoy bien. Aquí me miman, tengo compañía casi siempre e incluso tengo amigos.

--¿Seguro?

--Si.

--Por favor no vuelvas a mentir.

--No lo haré, cariño. Nunca mas.

--¿Y tu? Pareces triste.

--Solo cansado, el trabajo es duro.

--Pero es la primera vez en muchos años que te veo con este rostro.

--¿Cual mama?

--Como si estuvieras sufriendo por algo.

--No es así mama.

--Te conozco- siguió la mujer- y la ultima vez que vi esa mirada fue cuando ella te abandono.

 



Green_tango

Editado: 30.04.2021

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