Ecos del silcencio

•22•

Habían pasado dos días desde que la había visto poner patas arriba aquel granero y cada vez que pasaba por allí, el ruido junto a la música lenta y triste era lo único que se oía. La puerta solía estar cerrada y por más que quisiera, el no se atrevía a entrar.

Aquella mañana el la vio salir con varias cajas y bolsas que arrastraba con dificultad sobre una carretilla, el montón era más grande que la estatura de la joven. Y mientras ella avanzaba hacía el portón de entrada que separaba el campo de la carretera, donde estaban los cubos de basura, Diego se coló dentro del granero. Desde luego había muchos cambios en el interior, aún estaba desordenado pero se notaba el trabajo. Era domingo, su día de descanso y de la mayoría de las personas, pero esa joven no paraba.

Se acerco despacio hacía el ordenador de la joven que emitía la tristes melodía y miro la lista de canciones que ella guardaba. Casi todas eran lentas.

Miro por el hueco entreabierto de la puerta del granero y al ver que aún ella estaba llegando, corrió hacía el ordenador de nuevo y busco algunas canciones, las programo y salió de allí sin ser visto.

Akua llego medio agotada y de nuevo se adentro en el interior del granero, llevaba casi dos días trabajando y estaba exhausta.

Se sentó en una de las sillas que pudo salvar y observo el lugar.

Solo a ella se le ocurrían esas cosas.

Suspiro y comenzó a andar para despejar otra parte del edificio cuando una canción nada lenta comenzó a sonar. La joven comenzó a cantarla y a medio minuto ya la bailaba. Se sintió bien con aquel ritmo y movió las caderas con ganas.

Diego entreabrió la puerta y se apoyo en el marco curioso de lo que sucedía, la observo cantar y moverse al ritmo de la música mientras trabajaba. En su rostro apareció una sonrisa divertida y sin darse cuenta fue descubierto por ella.

--¿Qué haces aquí?

--Curiosidad- comenzó el a caminar hacía donde ella se encontraba.

--Ya me extrañaba que vinieras a ayudar.

--No me pediste ayuda.

--Y dudo que lo haga.

--¿Entonces?

--Los que tienes corazón la ofrecen sin necesidad de que se lo pidan.

--¿Crees que no tengo corazón?

--Tengo la sensación que lo estrangulaste con esas camisetas tan apretadas.

--¿Me estas llamando gordo?

--¡Noooo! -Diego dio los últimos pasos y se acerco a ella - solo digo que debe haber alguna explicación coherente para tu falta de sentimientos y deduzco que es esa.

--Me estas llamando gordo.

--No se me ocurriría- dijo ella teniéndolo muy cerca. Se miraron a los ojos y el silencio llego, la canción había terminado.

--¿Porque lo dudo?

--No deberías, nunca me meto con el físico de los demás.

--¿A no?

--No, considero que es algo irrelevante.

Una canción lenta comenzó a sonar y Diego le tomo la mano, la acerco más hacía el y comenzó a bailar al ritmo de la melodía.

Juntos se movieron por aquel lugar sin saber que decir, el mero tacto de sus manos y la cercanía era cómoda y llenaba al completo cada rincón de aquel lugar y sus pensamientos.

--¿Porque haces todo esto?- pregunto el.

--¿El que?

--Todo. Antes la casa patas arriba, los animales, ahora el granero y el café.¿Qué intentas?

--Mi abuelo vive aquí y trato de encontrar una fuente de ganancias que le pueda ayudar a sobrellevar todo.

--El viejo tiene dinero.

--Amo este lugar y no puedo verlo así. Quiero recuperar algo y poder darle vida.

--Es mucho trabajo.

--Es cuestión de intentarlo.

--Pero supongo que pronto te iras.

--Lo dudo- y ella lo decía de verdad. Tal y como habían salido las cosas, dudaba mucho volver a la ciudad al menos no tan pronto como le hubiera gustado. Pero tampoco le parecía mala idea, estaba bien, se cuidaba, comenzaba a tener amigos, un trabajo y las cosas avanzaban. Además aquel lugar era mucho más de lo que recordaba y se vio perfectamente capaz de estar años así.

Akua levanto la vista y lo observo, era más alto, pero no mucho, no era guapo, no tanto como ciertos hombre que había conocido.

No pudo evitar pensar en Gabriel y compararlo con Diego, eran como el día y la noche. Gabriel era todo físico, másculinidad y sensualidad. Atrayente y hechizante, sin embargo Diego no gozaba de nada de eso, era más simple, común incluso, pero algo había en el que no dejaba de destacar. Y no eran precisamente aquellos ojos grises que ahora la observaban.

De pronto y sin ser consciente del cambio que se produjo en la distancia entre sus rostros, sintió los suaves labios de Diego sobre los de ella. No pensó en nada más que corresponder y en la dulce sensación que aquello le produjo en el cuerpo. Fue un beso tan corto que apenas tuvo tiempo de saborearlo.

Diego se aparto y se paso la mano por su cabello, visiblemente nervioso. Comenzó a caminar hacía la salida sin decir nada, de nuevo huía.

--Y vuelves a hacer lo mismo- dijo ella a media voz sin querer. Pero el la oyó y se volteo con enfado.

--¿Qué estas diciendo?

--Cada vez que parece que nos llevamos bien, algo así sucede y huyes.

--No es verdad.

--Cada vez que te acercas más de la cuenta, sales corriendo. Si me miras de aquella manera tan extraña, terminas escapando y hoy me besas y de nuevo sales corriendo. Si no es verdad ya no se que es.

--Esto no puede pasar.

--Entonces lo único que te pido es que si tanto te arrepientes de cada una de las acciones que haces, seas más valiente y en vez de seguir por el mismo camino, tomes la distancia necesaria para evitar todo esto.

--¡Yo no me arrepiento de nada!- Diego levanto la voz y en cuestión de dos pasos de nuevo estaba frente a ella y muy cerca.

--Ojalá pudiera creerte.

--Eres tu la que no se da cuenta.

--No importa. Estoy acostumbrada a vuestros malditos rechazos y juegos.

--¿Qué estas diciendo?

--Lo que oyes. ¡No sois más que malditos cabrones que se creen tener derecho a todo y sobre todos!- su voz sonó rota, pero no hubo ni una lagrima. Diego vio dolor en aquella verde mirada, mucho dolor, tristeza y deseo con todas sus fuerzas saber la razón de ello.



Green_tango

Editado: 30.04.2021

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