Edward Everwood

CAPÍTULO XXVIII

Transcurrieron aprisa las semanas desde aquel inolvidable día en el parque, y llegó entonces el sexto mes en el año de 1871. Era un viernes, el segundo día de ese mes; un día que para muchos no pasaría de ser más ordinario que cualquier otro día, pero que resultó ser de particular interés para el joven Everwood.

Como su hermano lo había prometido, además de reiterar en el cumplimiento de dicha promesa durante los días posteriores, en los que aprovechaba para notificar a Edward con respecto a los progresos obtenidos durante el proceso de elaboración, era el día en el que le sería administrada su primera dosis de ese fármaco que Arthur, con el apoyo de otros colegas que hacían de la medicina su profesión y su vida, con tanto esmero y dedicación elaboró para tratar su enfermedad.

El día previo, y por órdenes de su hermano, Edward visitó el hospital para realizarse unos estudios que servirían como referencia; el primero de todos los que debía llevar a cabo para determinar si el medicamento sería o no funcional.

Pues bien, ese viernes se encontraba Edward, acompañado por sus padres, en el consultorio de su hermano, en paciente espera de los resultados de sus análisis. Como no había nada más en qué entretenerse, y lamentaba el hecho de no haber llevado consigo aquel rompecabezas de colores que su abuelo le había obsequiado, el cual ahora se había propuesto a resolver en el menor tiempo que le resultara posible a manera de desafío contrarreloj, Edward se dedicó a dar una ojeada a los reconocimientos, documentos, fotografías y demás cuadros que colgaban de la pared del consultorio de su hermano; acción que repitió en más de una ocasión. Fue en ese momento cuando Arthur y su equipo de colaboradores ingresaron al despacho. Edward y sus padres se pusieron de pie y saludaron a Arthur y al equipo de médicos.

—Tenemos el resultado de sus exámenes —anunció uno de los facultativos, quien después procedió a abrir un sobre de papel de color amarillo y extrajo de este tanto las láminas que le tomaron a Edward junto con otros documentos.

—Adelante, doctor; háganos saber la situación de Edward —solicitó el señor Everwood.

—Con sinceridad les informamos que no hay nada de lo que no se encuentren ya enterados. Como pueden ver, el bulto dentro de su cabeza continúa su crecimiento, aunque a un ritmo no muy acelerado. Comparado con la última prueba realizada meses atrás, no ha sido demasiado grande su desarrollo; sin embargo, ha alcanzado zonas críticas e importantes en su cerebro, lo que podría ser la razón de la aparición de los recientes síntomas descritos por el joven.

—Su pronóstico todavía es negativo —agregó Arthur—; sin embargo, el día de hoy nos haremos cargo de cambiar esto. Guardemos esta fecha en nuestros calendarios como si se tratase de un día que hay que conmemorar, pues sin temor a equivocarme puedo afirmar que será relevante para la ciencia médica. Ahora Edward, te pregunto, ¿estás preparado para recibir tu tratamiento?

—Así es, hermano —respondió con total convicción.

—Excelente. Acompáñenme —solicitó a Edward y a sus padres.

Los tres asintieron y se levantaron de sus asientos para ser dirigidos a una habitación contigua donde había una cama y una pequeña mesa a su lado.

—Quítate la chaqueta y recuéstate allí —pidió Arthur a Edward, y él obedeció y dio su prenda a sus padres para que la cuidaran por ese momento—. Ahora, recoge la manga de tu camisa izquierda —ordenó, lo que Edward llevó a cabo de inmediato—. Extiende tu brazo —le solicitó, y cuando Edward lo hizo, le colocó un torniquete en el brazo y lo ajustó. En pocos segundos, las venas de su antebrazo se volvieron visibles—. Helmut, dame el frasco —pidió ahora a uno de los médicos, quien le hizo entrega de un frasco de vidrio de un litro de capacidad cubierto con un corcho que contenía una sustancia transparente.

Tomó de un maletín de equipo médico una gran jeringa fabricada en cobre y cristal que intimidó un poco a la señora Everwood por el tamaño, pero no a Edward, quien ya estaba acostumbrado a ver esa suerte de equipo médico. Arthur introdujo la jeringa en el frasco y de este tomó la cantidad de 100 centímetros cúbicos de medicamento; acto seguido, a la jeringa le colocó una manguera con un pequeño conector en ella y presionó un poco el embolo de la jeringa para eliminar las burbujas de aire.

Tomó una mota de algodón que luego empapó en alcohol y la frotó en el antebrazo izquierdo de Edward. Procedió entonces a insertar en su antebrazo una aguja con una entrada adecuada para el conector que había colocado en su jeringa, y de inmediato unas gotas de sangre comenzaron a salir por ella. Después de esto, conectó la manguera a la aguja, deshizo el torniquete y acto seguido pasó a inyectar el fármaco de manera lenta y gradual, a razón de diez centímetros cúbicos cada treinta segundos. Cuando terminó, retiró la aguja del brazo de Edward y le colocó un algodón empapado en alcohol y una pequeña venda adhesiva sobre este.



Ulises G. Nuñez

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En el texto hay: steampunk, juvenil, drama

Editado: 24.08.2019

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