El amor en los tiempos del internet

Capítulo 37: Nuevos sabores

Diario de viaje: sábado 16 de enero

Al día siguiente, mientras desayunábamos en el hotel, mi madre me invadió con preguntas, yo estaba en las nubes, así que le conté un muy breve resumen de lo que había sucedido el día anterior. Básicamente, había sido el mejor día de mi vida.

Esa mañana la pasaríamos en familia, mi madre y Darío querían recorrer museos y catedrales. Por supuesto que en un principio no me entusiasmó la idea, extrañaba a Guada y quería estar con ella en todo momento, necesitaba aprovechar estas dos semanas de vacaciones al máximo. Sentía que era un desperdicio de tiempo no estar con ella cuando ahora se encontraba a tan poquísima distancia de mí.

No puedo contar mucho de esos paseos en familia, porque mi atención estaba dispersa, bueno, en realidad dispersa no es la palabra, ya que ahora más que nunca las imágenes de Guada invadían mis pensamientos, mi mente estaba concentrada en un solo punto: en mis recuerdos de Guada en persona. ¡La había podido tener en mis brazos! ¡La había podido besar! Esto era realmente un sueño hecho realidad.

Nos encontrábamos ahora visitando el estudio de Joaquín Clausel, dentro del Museo de la Ciudad de México. Joaquín Clausel era un abogado de carácter inquieto que se casó con una de las ultimas descendientes de la familia de Calimaya. Las paredes de esa habitación se encontraban llenas de murales de imágenes múltiples, parecían pequeños cuadritos superpuestos, ver tanto arte junto me hizo pensar inevitablemente aún más en la maga.

Recorrimos el patio principal del Palacio, vimos el mobiliario histórico e imágenes de cómo era la ciudad a principios del siglo XX. Mi madre y Darío conversaban y sacaban fotos, pero mi mente seguía en Guada. Y entonces pensé en lo agradecido que estaba con mi madre por haber hecho este viaje realidad.

—¿Y qué te parece? —me preguntó Darío.

—Gracias por haberme traído a México —les dije simplemente a los dos, y los abracé.

Jamás había tenido muy en cuenta a Darío, era simplemente la pareja de mi madre y nunca habíamos tenido oportunidad de pasar tiempo juntos y de conocernos, pero se veía como un buen sujeto. Ahora, por ejemplo, él también era parte importante del hecho de que mi sueño de ver a mi maga preferida se hubiera cumplido.

—No te olvides que también queremos conocer a Guada —comentó mi madre, probablemente dándose de cuenta de mi estado—, tiene que ser alguien muy especial para que tengas tu cabecita en las nubes.

—Sí. —Sonrió Darío—. ¿Por qué no la invitamos a pasar esta tarde con nosotros?

En respuesta simplemente pude sonreír y asentir.

***

Esa tarde, invité a Guada a nuestro hotel, porque mi madre quería conocerla y yo quería que Guada la conociera a ella y, por supuesto, a Beto.

En cuanto se lo comenté, Guada se puso muy ansiosa por conocerlos, sobre todo porque quería agradecerles que me hubieran traído a México y por ende ser partícipes del hecho de que acabábamos de cumplir uno de nuestros más grandes sueños: el de poder tenernos en persona. Yo estaba encantado, no podía estar más feliz, compartir mi encuentro con Guada con mi madre y poder estar junto a ambas disfrutando de un día de diversión y paseos, era simplemente increíble.

Por mi parte, las ansias de verla me carcomían nuevamente, solamente con pensar en volver a encontrarme con ella por segunda vez.

Había salido a esperarla fuera del hotel, y con solo verla llegando de lejos, el corazón comenzó a acelerárseme; y mi mente, a pensar en las mil y una formas que quería saludarla. La vi llegar muy campante vestida esta vez con un atuendo más casual, un poco deportivo, con el buzo/chamarra rosa que había visto en sus fotos antes, le quedaba espectacular.

En cuanto estuvo cerca de mí, al final nos saludamos con un tímido y corto beso en los labios y unas sonrisas que no podían significar otra cosa más que extrema felicidad. Después la guie hasta nuestra habitación del hotel y procedí a presentarla ante mi familia.

—¡Wow! –exclamó la maga al ver la barriga de mi madre—, ¡está mucho más enorme que cuando la vi por primera vez en la videollamada!

—¡Sí! –le respondió mi madre, con cierto tono de orgullo—. Ha crecido demasiado rápido, la esperamos para fines de febrero.

Mi madre y Darío se portaron excelente, le hacían preguntas y le contaban sobre lo que habían llegado a conocer de México hasta el momento. Guada les recomendó sus lugares preferidos para hacer turismo, mientras acariciaba a Beto, quien había saltado para subirse a sus piernas, pues evidentemente ya le había caído bien.

—¿Ves, Beto? Es ella, es Guada –le susurré.

—Seguro le reconoció la voz –comentó mi mamá—, de tanto escucharla hablar por las videollamadas en la computadora.

—Beto y yo somos grandes amigos –comentó Guada, provocando las sonrisas de todos—. Me preocupé mucho cuando desapareciste –le habló después a Beto—, gatito escapista, qué bueno que ya estás sano y salvo. Espero que te esté gustando México.

Lo acarició y lo besó. Y el afortunado de Beto, obviamente, no dejó de ronronear.

Mi madre estaba calentando el agua para el mate, así que invitamos a Guada a tomar mate con nosotros. ¡Algo que siempre había querido que probara!

—Esto se llama cebar mate –le expliqué, mientras colocaba unas cucharaditas de azúcar y yerba en el recipiente del mate para luego llenarlo con agua caliente y pasárselo a Guada—. Lo más común es tomarlo amargo, pero a mí me gusta dulce, por eso le agrego algo de azúcar, creo que te va a gustar más así. Tenés que tomar de la bombilla, pero cuidado que está caliente.

Bombisha –me imitó Guada la pronunciación, aunque exagerándola un montón.

Se rió y sin tardar demasiado, probó el mate. Como acto reflejo, arrugó toda la cara y se alejó de inmediato, con extrema velocidad.



Cambel_a

Editado: 04.05.2020

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