El Ángel en la Casa

Capítulo 6

―Perdona ¿cómo has dicho? ―le preguntó la joven con cierto aturdimiento. Puede que no hubiera formulado la pregunta de la mejor forma. ¿Pero qué otra manera había para realizar una petición tan extraña? Quizá debería explicarle a la chica la extraña enfermedad que lo estaba poseyendo. ¿Pero cómo explicar algo que ni siquiera él comprendía?

            ―Lo siento, sé que no te gusta que te toquen, pero es que he desarrollado una especie de fijación con tu pecho. Casi me obsesiona. A menudo no me deja concentrarme en otras cosas, sobre todo cuando te inclinas y asoma por tu camisa o…bueno todo el tiempo, en realidad ―vomitó con rapidez, atropellándose a sí mismo al hablar.

            Amanda lo observaba como si fuera un demente o un bicho raro y no la culpaba. Acababa de confesarle estar obsesionado con una parte de su cuerpo y ahora que veía su expresión, sabía que no podía revelar nunca el resto de extrañas obsesiones que lo estaban acosando.

            ―Supongo que se trata de mi curiosidad, ya que tu pecho es tan distinto al mío y estoy seguro de que si me permitieras examinarlo una vez, perdería el misterio que parece ser el desencadenante de mi fijación.

            La chica lo miró boquiabierta y parecía que iba a decir algo pero solo un ahogado sonido inarticulado salió de su boca.

            ―Di algo, Amanda ―la instó―. No me parece que sea para tanto lo que te pido.

            La frente de la chica apenas le llegaba a la barbilla, era tan pequeña y delicada. Al principio eso le había parecido ridículo e incluso secretamente la había creído inferior, pero poco a poco había comenzado a apreciar la belleza de las redondeces en lugar del musculo, de la piel sobre hueso. Sus débiles hombros carentes de músculos eran bonitos en su femenina manera y la piel que los cubría era increíblemente suave. Cuantas veces había puesto sus manos sobre ellos mientras entrenaban y había tenido que hacer gala de todo su control para no rozar sus yemas contra la piel. Aquellos extraños impulsos lo hacían sentirse extravagante e incluso culpable; ¿qué pensaría ella si supiera las cosas que se le pasaban por la cabeza? Sin duda estaba cayendo preso de algún tipo de demencia.

            ―Te propongo que lleguemos a un acuerdo ―dijo ella al fin―. Te concedo tu petición si tú me concedes la mía.

            ¿Y cuál era su petición? A penas podía pensar pues la locura se estaba haciendo con él de nuevo. Su corazón había empezado a acelerarse como le había ocurrido tantas veces, que se había acostumbrado. Su piel le picaba como si la fiebre lo estuviera invadiendo repentinamente.

 Lo que fuera, le daría lo que fuera por permitirle hundirse en la demencia de sus oscuros deseos por un instante. Después de tantos días luchando contra ellos, estaba cansado y solo quería abandonarse a su merced.

            ―¿Callum?

            Respiró profundamente para recuperar algo de su autocontrol.

            ―Sí, lo que sea ―farfulló y luego se aclaró la garganta―. ¿Cuál era tu petición?

            ―Que me permitas ir al teatro sola con mis amigas.

            Asintió sintiendo un extraño pesar en el pecho. Mientras que él enloquecía obsesionado con ella, ella lo único que quería era alejarse de él. Que cruel le pareció la chica de repente, aunque fuera su locura juzgando por él, porque en el fondo sabía que ella no tenía la culpa de ninguna de las cosas que le hacía sentir. 

            Amanda suspiró y comenzó a desabotonarse la camisa. Parecía mortificada o quizá estaba asustada. No le importaba siquiera, la locura había tomado su cerebro por completo, especialmente cuando sus ojos se posaron en la fina tela de seda que apenas cubría a la joven.

            ―Me voy a quedar con el camisón puesto ―le informó. Si no fuera porque él tampoco pensaba cumplir su parte del trato la hubiera acusado de tramposa. Pero la tela era tan fina que cuando puso sus manos alrededor de su torso justo por encima de sus pechos, sintió el calor de su piel. Sus pulgares palparon las costillas de la joven y no se demoraron en ascender por las protuberancias. La tela se movió con sus manos y rozó a la joven que exhaló un gemido.

            Algo iba mal. Estaba perdiendo totalmente la cabeza. Un fuego líquido parecía haberle inundado la mente y haberle nublado la vista. Todo su cuerpo se había colapsado y solo sentía con las palmas de las manos. Su estómago también estaba en llamas y su…



Beca Aberdeen

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En el texto hay: primeramor, feminismo, amor prohibido

Editado: 21.03.2018

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