El animal que hay en mí

Capítulo 4

Corría velozmente y con el corazón palpitando con fuerza a cada paso. Casi atropellaba a varias personas, pero le daba igual. Todos parecían sorprenderse de lo rápida que era. 

La heladería estaba relativamente cerca de su casa. Entró, jadeante. Aquel establecimiento era humilde pero bastante bello, con paredes azules y el suelo de un blanco limpio y brillante.

Diana buscó a Tomas con la mirada. Se empezó a sentir algo decepcionada de no verle cuando una voz sonó a su espalda, sobresaltándola. La chica se volvió enseguida hacia el dueño de aquella voz.

Era él. 

Había venido; no era una broma de mal gusto. Diana se alegró tanto que no pudo evitar dar un pequeño brinco de alegría, como si hubiese visto una estrella fugaz. El chico le dedicó una sonrisa y le dio un dulce abrazo que provocó un vuelco en su corazón.  

—Vamos al jardín de la heladería, para estar más solos.

—Vale —respondió, sonriente. 

¿Por qué querría estar lo más solo posible con ella? No pudo evitar pensar que detrás de todo aquello había algo más. Quizá Tomas quisiera saber algo de ella...

Algo que ni siquiera ella misma podía explicar.

Intentó evitar darle demasiado poder a su imaginación cuando empezó a explorar millones de posibilidades sobre aquella situación. Después de todo, quizá no sería nada.

Se fueron a un pequeño patio de la heladería que tenía algunas mesas solitarias. Aquel lugar estaba lleno de flores, plantas y arbustos preciosos, y a la chica le sorprendió ver los colores tan vivos. Nunca había visto flores así. En el reino de Tao, las plantas habían perdido el brillo que tenían antaño, y ya no crecían tan altas y fuertes. 
El cielo se veía azul y cálido, y algunas nubes juguetonas navegaban por él acariciadas por una brisa fresca, agradable y primaveral. El jardín estaba rodeado por unos arbustos perfectamente cortados, y había cuatro o cinco mesas para cuatro y dos personas. Ambos se sentaron en una de ellas con emoción mientras veían el bello paisaje.

—Jamás me habían invitado a ningún sitio —confesó con cierta timidez. Se arrepintió de haberlo dicho, pero era la verdad.

—¿De verdad? ¿Nunca? —interrogó sorprendido. Luego añadió —: Pues ellos se lo pierden.

Diana le sonrió con dulzura y miró al cielo, incapaz de sostener la mirada del chico. Él la miró y le cogió las manos con cariño y suavidad. El roce era demasiado agradable, casi mágico. Sus manos eran cálidas, lo que contrastaba con la frialdad de las suyas en aquel momento.
Sus mejillas volvieron a encenderse y una agradable sensación la recorrió lentamente.
¿Qué pasaba con aquel chico? ¿Por qué la trataba como una princesa si era todo lo contrario?

—Tomas... ¿Por qué yo? —se atrevió a decir—. A todos les parezco un alienígena o algo así.

El chico rió ante aquel comentario. Aquella risa parecía la mismísima brisa de verano... Era cálida y suave.

—Todas las chicas del instituto no paran de seguirme y coquetear conmigo como si fuera un premio a conseguir. Pero tú eres diferente. Creo... creo que me sentiré más cómodo contigo. Eres linda, de espíritu libre y eres muy buena en deporte. Creo que todos los chicos de clase se sienten celosos por eso último —comentó, con una risa.

—Lo sé. Me divierte ver sus caras cuando nos toca esa clase —dijo. ¿Debió decir eso? El latido de su corazón resonó fuerte en sus oídos. 

Tomas sonrió.

—Si te conocieran mejor, creo que les agradarías a todos. 

—Muchas gracias, Tomas —agradeció. Otra vez ese sentimiento de vulnerabilidad y fragilidad ante las palabras de aquel chico. Pero no pasaba nada... Él no le haría daño—. Gracias por protegerme y no juzgarme...

El hizo un gesto con la mano para restar importancia a aquel favor. Sonrió. Aquellos ojos de marrón verdoso volvieron a querer leer en los suyos. 
Pareció recordar de repente que estaban en una heladería.

—Invito yo, ¿qué helado quieres? —preguntó Tomas con todo el encanto de un caballero.

—De fresa —contestó con una sonrisa tímida.

—De acuerdo. —Se levantó. Tras guiñarle un ojo a la chica, entró de nuevo al edificio para pedir los helados.

Diana suspiró; jamás se había sentido así. Tenía mariposas en el estómago y su corazón danzaba de alegría y euforia. Por primera vez, alguien de clase no la juzgaba y la respetaba como una igual. Y por si fuera poco, era el chico de sus sueños, aquel muchacho que hacía más colorido sus días. 
Era demasiado perfecto...
Debía haber algo raro.

Tomas regresó después con un helado de fresa enorme, en un recipiente de cristal.

—Creo que con esto nos basta a los dos —opinó con una tímida sonrisa. Ella rió.



Jessie

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En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

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