El animal que hay en mí

Capítulo 12

Arno les estaba explicando a su hija y a su compañero todo lo que debían saber y los peligros que tenían que afrontar, así como las rutas a seguir. Confiaba profundamente en ellos y no tenía duda alguna de que conseguirían llegar al reino de Ruhê sanos y salvos.

—No prosigáis con el viaje de noche. Cuando sale la luna las criaturas malignas se vuelven más peligrosas.

—No te preocupes, papá. Estaremos bien.

—Diana —dijo Arno con ternura. Le tendió una pequeña caja de una oscura madera—. Durante años guardé este regalo con la esperanza de que algún día aparecerías en este reino. Soy feliz de que ese día hubiese llegado al fin.

Diana no respondió. Abrió la caja como si fuese de cristal y su rostro se iluminó al ver que dentro de ella se encontraba una preciosa pulsera hecha con cadenas de un material élfico parecido al metal, que se trenzaba de hermosas formas. En ella había incrustada una preciosa piedra de azul zafiro.

Lo había estado guardando durante diecisiete años.

—Esa piedra es un trozo de la roca de luna. En ella ya no queda poder, pero es un recuerdo muy importante para mí y tu madre. Ahora es tuya. 

Aquella pieza era un pequeño recuerdo de una aventura ya lejana en el tiempo que se quedaría grabada en su corazón hasta el final de sus días.
Era el turno de su hija llevarla. Como símbolo de lo que Adela y él crearon.

—La guardaré y protegeré como mi mayor tesoro —aseguró, con una radiante sonrisa en sus labios. A Arno le recorrió una profunda oleada de felicidad.

Hino se subió al unicornio con agilidad y cuidado, y Arno ayudó a su hija a sentarse detrás de su compañero.

—Adiós, papá. Volveremos pronto, lo prometo. Te quiero.

—Y yo a ti, Diana... Muchísimo —respondió, acompañado de un intercambio de sonrisas—. Tened cuidado —dijo con una chispa de temor y protección paternal.

—Tranquilo, cuidaré de ella. —Diana resopló. Arno sonrió: sabía que ella era capaz de protegerse a sí misma.

—Puedo cuidarme solita, muchas gracias. En tal caso te protegeré yo a ti, bobo. —Hino le sonrió juguetón y ella le correspondió.

—Id, pues —se despidió Arno con una sonrisa.

Se quedó viendo como los dos jóvenes desaparecían a lomos de Gisi en la espesura del bosque.

Su hija emprendía una aventura que la llevaría hasta un incierto destino. En su rostro podía ver la misma expresión que tenía Adela cuando emprendieron la suya muchas lunas atrás. 

Sólo esperaba que aquella saliera bien. 

 

***

Diana permanecía agarrada al torso de Hino en silencio, mientras observaba la belleza de la naturaleza y respiraba la esencia del bosque que siempre quiso sentir. En el mundo de Tao los bosques que existían habían perdido su color y vitalidad tiempo atrás y solo quedaba un vestigio de lo que eran antes. No eran tan verdes ni tan altos, ni tenían tantas hojas ni frutos tan exóticos.

Había tanta paz y tranquilidad que podía sentir cada ser vivo que ahí habitaba en una perfecta armonía, percibía los hilos que conectaban a cada criatura y que lo movían todo. 
A pesar del agradable silencio, se vio con la necesidad de hablar.

—Este reino es precioso.

Una pequeña risa brotó de su amigo. 

—Se ha ido recuperando con el tiempo, pero aún le queda bastante para recuperar lo que era —contó Hino con serenidad—. Había muchas más especies de plantas y animales; siempre había hadas revoloteando y muchísimos unicornios y pegasos. En las noches brillaban muchas más luciérnagas y se oían más grillos. Las ninfas cantaban al son del bosque y los duendes y gnomos bailaban alrededor de minúsculas hogueras. Los enanos viajaban desde su lejana tierra para ir a la Fiesta de Primavera y la de Otoño... Era perfecto. —Aunque Diana no podía verle la cara sintió que sus ojos se nublaron con tristeza—. Cuando los humanos iniciaron la guerra, destruyeron muchas partes de bosques, atraparon a muchas hadas y...

Su voz se quebró y no pudo seguir.

—Hino...

—Los pegasos y unicornios llegaron al borde de su extinción; Gisi es el único que queda, probablemente... —dijo acariciando la suave crin del unicornio—, los Animales Ancestrales, espíritus de la naturaleza y el universo, se marcharon a Ruhê. Algunas criaturas que antes eran gentiles se convirtieron en seres malignos. Los elfos no pudimos evitarlo. Se supone que éramos los que debíamos proteger el reino y no pudimos... Somos los guardianes de Álfur y fallamos...—contó. Diana le abrazó con fuerza.

—Lo siento mucho, Hino... Si hubiera estado en ese momento... Yo...

—No lo sientas, es el pasado. Y no tuviste la culpa.

—Veo que el ser humano causó mucho daño... A veces odio formar parte de ellos... Son monstruos.

—Diana. Me he dado cuenta del odio que les tienes —habló su amigo, cambiando su tono—. Los humanos generalmente no son malos. Hay algunos que sí lo son y no pueden ver más allá de su ego. Creen que todo les pertenece y no entienden el verdadero valor de las cosas. Destruyen y quieren tenerlo todo. Y desgraciadamente son ellos los que suelen tener más poder... Pero estoy casi seguro de que hay personas geniales que luchan por un mundo mejor, que no les importa arriesgarse por el otro  y que estuvieron en contra de lo que el resto hizo a este reino. Sé que hay bondad en el ser humano. Venga, piensa un ejemplo.



Jessie

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En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

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