El animal que hay en mí

Capítulo 15

El sol ya se asomaba por los lejanos montes, iluminando el cielo y la tierra con un color cálido. El elfo aún seguía sumergido en sus sueños con una profunda serenidad. Diana lo agitó suavemente para que se despertara, arrancándolo de aquel mundo de ensueño. Soltó un gruñido para quejarse, pero Diana le seguía obligando a levantarse.

—Levanta ya, bobo —le exigió, con una sonrisa divertida en los labios—, pensaba que los elfos madrugaban más.

—No he podido dormir muy bien esta noche, Fierecilla. —Su voz sonaba somnolienta aún, pero luchó por espabilarse—. ¿A qué viene eso de despertarme ahora?

—Estoy impaciente por ir a la ciudad —contó, entusiasmada. Apartó lo que hacía de venda de la pierna del elfo y le miró la herida—. Aún se ve mal, vamos a que te la curen.

—Vale, vale... Ayúdame a levantarme —dijo con tono perezoso y extendiendo sus brazos hacia ella.

La chica puso los ojos en blanco acompañado de una sonrisa y le ayudó a ponerse en pie.
Tras desayunar en la posada, tomaron un gran sendero lleno de flores enormes.

Caminaron durante un rato hasta llegar a la gran puerta de la ciudad, la cual estaba rodeada por un muro de rocas blancas. La puerta parecía estar hecha de cristales con tonos azulados que resplandecían con el sol.

Había dos guardias vigilando, cosa que puso algo nerviosa a Diana. ¿La dejarían entrar? Aunque era semielfa, los guardias podrían confundirla con una humana, o simplemente por poseer una parte de la raza enemiga la rechazarían. Hino pareció percatarse de su preocupación y le puso la mano en el hombro para tranquilizarla.

—Mantén la calma, Diana. Pase lo que pase, ¿de acuerdo?

Ella asintió y intentó mantener el rostro sereno lo más que pudo, a pesar de que sus latidos resonaban en sus orejas. 
Hino saludó a los guardias con total tranquilidad, y ellos respondieron con miradas serias. 
Todo parecía a ir bien hasta que clavaron sus ojos en los de Diana. La chica sintió que el suelo se volvía inestable y que el cielo perdía su color.

—¡Alto ahí! —El brillo de los metales de sus espadas relucieron frente a sus ojos. Diana palideció—. Enséñanos tus orejas.

Hino la miró, con una expresión que albergaba una chispa de preocupación. Diana obedeció con lentitud y se colocó el cabello que ocultaba sus orejas detrás de éstas. Sostuvo sus ojos en la mirada plateada de uno de los guardias.

—¿¡Una semielfa!? ¿Aún existen criaturas como tú? —comentó con desprecio el otro guardia, de ojos amarillentos—. ¡Fuisteis desterrados de este reino!

—¿Eres una espía de los humanos o de las criaturas como tú? —dijo el otro, aproximándose con su espada.

Hino abrió la boca para defenderla, pero en ese segundo los guardias alzaron sus espadas y se movieron como con una agilidad formidable y rodearon a Diana.

El metal se sentía tremendamente frío en su cuello.

—Responde ahora mismo. ¿¡A qué has venido!? ¿A matar a nuestro rey?

—¡Por supuesto que no! —se defendió Diana. La bestia de su interior comenzaba a despertarse. Sus manos temblorosas empezaron a apretarse.

Los guardias hicieron ademán de acabar con ella. 

—¡Basta! —gritó Hino, desenvainando su espada y arrebatándoles con esta las armas de los guardias, que salieron disparadas hasta chocar con el suelo.

Los elfos lo miraron con seriedad y sus expresiones de ira se agravaron.

—¿Eres acaso un traidor? —bufó el guardia de ojos de plata, volviéndose hacia él.

—No. Pero esta semielfa es mi amiga... ¡Está de nuestra parte!

Los guardias piruetearon y se movieron con el viento, arrastrándose por aire y tierra hasta recuperar sus espadas, como flechas rayando el cielo. Hino y Diana se pusieron espalda contra espalda, temerosos. Aquellos guardias estaban mejor entrenados que ellos... No tendrían ninguna posibilidad.

—Jamás entrará un humano o una medio humana en esta ciudad. Entréganosla si no quieres verte en problemas con el rey.

El choque de las espadas fue lo siguiente que escuchó Diana. Hino estaba luchando por ella, por protegerla. Estaba luchando contra los propios elfos. Y todo ello a pesar de sus heridas. Todas las dudas que había tenido la noche anterior empezaron a desaparecer. A Hino realmente le importaba ella. 

Mientras el otro guardia retuvo a Diana entre sus brazos, Hino se dispuso a contraatacar los ataques del otro. Ambos esquivaban y golpeaban con insistencia.

—¡Jamás! —dijo Hino. Diana intentó zafarse del agarre del guardia, pero este acercó la hoja de su espada a su cuello. Su respiración se agitó. La bestia estaba apunto de desbordarse.

No podrían escapar de ahí. Habían hecho mal al venir... Si tan solo hubieran evitado la ciudad aquello no habría pasado. Había puesto en peligro a Hino.

¿Sería ahora considerado un traidor? 

—Deteneos ahora mismo —irrumpió una voz.



Jessie

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En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

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