El animal que hay en mí

Capítulo 23

El amanecer trajo consigo un luminoso cielo anaranjado que compensaba la terrible tormenta del día anterior. Pero aquellos vivos colores se le hacían simples grises. 
Había llegado la hora que habían tratado de atrasar, en vano.

El tiempo no esperaba a nadie.

Tanto Diana como su pareja tenían la mirada apagada, vacía, como si la luz no existiese. El silencio decía todo aquello que las palabras no eran capaces. 

Mientras su padre avisaba a los espíritus, ambos permanecían agarrados de la mano con fuerza y desconsuelo. 

El aire parecía falso y el suelo cristal que se quebraba con solo dar un paso. Pronto Hino y su padre volverían a casa, al mágico reino de Álfur. Ella se quedaría anclada en Tao y observaría cada día el océano que se extendía y que los distanciaba. Un océano que conectaba ambas tierras y las separaba al mismo tiempo.

¿Cómo sería su vida a partir de ahora? ¿Cómo sería estar separados por dos reinos enemigos?

Los latidos de su corazón dolían contra sus costillas. 

—Hino...

El elfo clavó sus ojos esmeralda en los suyos. Su mirada feérica y mágica, aquella que anhelaba tanto, estaba recubierta de tristeza.

—No te preocupes, Diana —susurró, dibujando una débil sonrisa—. Te visitaré pronto, te lo prometo...

Su corazón se desgarró. Su mente abandonó su cuerpo para dejar de sentir aquella tormenta que estallaba en su interior. Hino debía saber lo que estaba por venir, aunque doliese. Aunque quemase cada respiro en aquel momento. 

De sus labios brotaron las palabras que los destruiría a ambos.

—Debemos dejarlo.

Las palabras sonaron distorsionadas y se clavaban en su estómago como astillas. La expresión de Hino se rompió de pena, como si hubiese visto morir cientos de estrellas. 

—¿Por qué? —Su voz parecía rota. Se estremeció—. Prometimos visitarnos, Diana... Dijimos que haríamos todo lo necesario por seguir juntos...

Un sollozo ahogado escapó de su garganta mientras se hundía en la amargura. Sí, eso habían prometido. Ese era el plan que los mantendría unidos a pesar de los kilómetros. Pero todo estaba ya roto.  

Él agarró sus manos con fuerza y la atrajo hacia él. Hino estaba destrozado; podía sentirlo. Podía notar aquel intenso sentimiento de pérdida, de lucha e impotencia en el palpitar de su corazón.

Sus ojos se humedecieron y sus pensamientos estaban mudos. Tragó saliva para intentar que el nudo de su garganta le permitiese hablar. 

—Eso era antes... —empezó a decir. Respiró hondo, llenándose de valor para decir las siguientes palabras—. Nos vamos a una ciudad donde no me buscarán. En la ciudad te descubrirán enseguida. No podremos vernos, Hino...

Todo acababa ahí. Era el fin de la historia, de una alegre época que quedaría grabada en el recuerdo. 
Era una despedida ruin e injusta, provocada por el ego de una guerra olvidada en el tiempo. De las diferencias que abrían grandes abismos.

Ninguno era capaz de cambiar aquel hecho...

El silencio que conquistó el ambiente los aplastó hasta reducirlos a nada. La mirada de Hino se ensombreció, apagando todo su brillar.
El llanto silencioso que empezaba a quemar en su ser la despedazaba y la devoraba sin remedio. 

—Entonces... ¿esto es el final? ¿Aquí se acaba lo nuestro?

Una punzada de dolor atravesó su ser. 

Diana acomodó sus manos en las mejillas de Hino y lo miró fijamente. Los ojos del elfo se humedecieron y resaltaron su verde esmeralda. La voz con la que sonaron aquellas palabras atravesaron su alma. 

—Espérame unos años —soltó—. Cuidaré de mi madre, terminaré mis estudios y me iré con vosotros otra vez. Y estaremos juntos de nuevo hasta que el tiempo decida separarnos. Puede que pase mucho, pero prometo que regresaré.

Hino se mantuvo quieto unos instantes, como si fuera una fría estatua cuyo rostro no expresaba ningún sentimiento. Ella apoyó la cabeza en su pecho, inquieta y angustiada. Podía sentir los latidos de Hino y su respiración entrecortada.

En ese instante, él selló sus labios en los suyos con exigencia e intensidad. Con desesperación y anhelo. Ella correspondió con fuerza, dejándose llevar, perdiéndose en aquellos labios que no volvería a probar en mucho tiempo. Aquel roce sabía a despedida. Sabía a final y a sueños rotos. 
Profundizaron el beso y mezclaron su aliento hasta fundirse. 

Se estrecharon con fuerza y pasión queriendo formar parte del cuerpo del otro. Para eliminar la distancia y congelar el frágil tiempo que los llevaba por caminos diferentes. 

Sus manos se buscaron y navegaron por el cuerpo del otro, recorriendo por última vez sus siluetas. Para proteger el recuerdo de aquellas sensaciones del olvido de los años. Sus cuerpos, aunque distanciados, grabarían cada centímetro del otro y se anhelarían cada día. 

Era el adiós.

—Te esperaré cuánto haga falta, Fierecilla —susurró él, contra su boca. La pasión agridulce palpitaba en sus mejillas.



Jessie

#10743 en Fantasía
#14788 en Otros
#2254 en Aventura

En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar