El animal que hay en mí

Capítulo 25

—¡Diana! —gritó Hino al verla. Ella le sonrió levemente y con amargura.

Estaba delante de la entrada a un túnel bajo tierra. Con voz rota y aún sobre el lobo, miró al resto de animales.

—Entrad; ahí estaréis a salvo. Os prometo que salvaré vuestro hogar...

Poco a poco, los animales fueron refugiándose bajo tierra. Rezaba de corazón que en los demás bosques los elfos estuviesen ayudando a aquellas criaturas también. Los animales no tenían la culpa de aquella maldad, de aquel desastre traído por las manos de la codicia y el egoísmo.

Un dolor desgarró su columna en ese instante, arrancándole un gemido.

—¡Estás herida, Diana!

—N-no debemos rendirnos, Hino. Tenemos que volver. Tenemos que luchar.

—De eso nada; tú te quedas aquí.

—Solo yo puedo acabar con esto. ¡No puedo quedarme quieta!

Hino clavó su mirada en la suya. Su determinación y su valentía estaban reflejados en aquellos ojos de miel. Él tenía que entender que aquel peso, aquel destino, recaía sobre sus hombros. Y que, a pesar de sus heridas y el terror que la devoraba, su voz interior le pedía a gritos salvar a su gente y a aquel reino.

Y que había prometido no rendirse. 

—¿Puedes caminar?

—No. —Miró al lobo, y este la observó—. Él será mis piernas.

***

Cuando regresaron a la playa, las bombas habían cesado y los aviones ya se alejaban en la distancia, quizá para traer más cargamento. Para volver a recargarse con aquellas armas destructivas que convertía todo en un mar de llamas y polvo.

Los humanos habían aprovechado ese desconcierto para bajar de los buques. Tanto ellos como sus armas, cañones, y cientos de cosas más que Diana no quiso ni pensar. Un silencio pesado y tan puntiagudo como mil dagas recaía sobre todos. 

Dos bandos estaban cara a cara. Atentos al movimiento del otro, dos razas volvían a mirarse a los ojos. 

Los elfos tenían espadas y arcos, así como el prodigioso dominio de Elementos.  Pero los humanos parecían tener ventaja gracias a la tecnología, y poseían un peligroso armamento que relucía bajo la luz del día. A pesar de todo, los elfos se mantenían firmes y sin temblar, decididos a proteger todo lo que quedaba de su reino. Por suerte también contaban con el poder de la naturaleza, y posiblemente eso les daría cierta ventaja. 

Al frente de ambos, estaban el rey elfo y el gobernante de Tao. Si el rey estaba ahí, era porque aquel lugar era el punto central e importante de la guerra. 

Empezaron a hablar en un mismo idioma. El cielo presentaba un color entre gris y rojo, y los pájaros huían despavoridos.

—¡Volved a vuestro reino, destructores!

—¡Jamás, criaturas demoníacas! —gritó Douglas, con un gesto despectivo—. Entregadnos el reino y no habrá heridos.

—¡¡No tenéis derecho a venir aquí y a conquistar nuestra tierra, no otra vez!! ¡Os dimos nuestra confianza y nos apuñalasteis por la espalda!! —vociferó una elfa guerrera.

—¡¡Si queréis destruir esto, lo haréis por encima de nuestros cadáveres!!

—¡Que así sea! —contestó el gobernante con malicia —, ¡me encantará tener más orejas de elfo en mi pared!

Algunos elfos parecieron estremecerse levemente de solo pensar en sus orejas colgadas en la pared de aquel hombre, como si fuesen simples objetos de decoración. Según le había contado Hino, a algunas criaturas malignas del antiguo mundo les gustaba cazar elfos por sus orejas, ya que creían que tenían poderes curativos.

Su corazón bombeaba con fuerza. Intentó sentarse sobre el lomo del lobo, con dificultad, su columna se quejó y soltó un gemido ahogado en lágrimas.

—¡¡Parad esto!! —exigió a gritos.

—¡Ah, la chica bestia! —habló el gobernante, mirándola con una maliciosos ojos—. ¡Gracias por darnos la pista de que existía todo esto! ¡Ya no nos van a volver a hacer olvidar, no otra vez! Gracias a tu aberrante existencia, estamos aquí.

—¡Déjala, depravado! —la defendió Hino. Douglas los miró con curiosidad.

—¿Te has hecho amiga del enemigo? ¿Sabes acaso lo que hicieron estas criaturas? ¡Mataron a mi padre injustamente, nos aislaron del mundo y por ello casi morimos! ¡Hasta secuestraron a muchos de los nuestros!

—Tu padre debía morir —interrumpió Orym, con voz de hierro. Su mirada permanecía fija en él—. No tienes ni idea de lo que iba a hacer, de lo que hizo. Iba a destruirlo todo con sus ansias de crear un gran imperio y poder. Como vosotros ahora mismo.

Un silencio sepulcral ahogó el ambiente. La tensión entre ambos bandos creció como un enorme monstruo.

—Atacad. ¡Que no quede ni uno de ellos! —exigió el hombre, apretando la mandíbula.

Los elfos levantaron sus arcos y el aire fue cortado con las miles de flechas que buscaban los cuerpos de los enemigos. Muchos de los elfos llamaron al poder del agua y golpearon a los humanos, ahogándolos, derrumbándolos... Algunos invocaron al Elemento Tierra, otros al Aire... 



Jessie

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En el texto hay: magia, romance aventura accion, batallas de fantasia

Editado: 06.01.2020

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