El hábito no hace al monje (#4 Serie Refranes)

CAPÍTULO 1

- ¿Quién me trajo aquí Sor Margarita? – Preguntó Ema como tantas otras veces lo había hecho.

- Ya te dije, mi pequeña, los ángeles del cielo te trajeron hasta este lugar. – Le respondió la religiosa con mucha ternura, como cada vez que ella le preguntaba.

“Creo que no me querían mucho entonces”, pensó Ema. El orfanato no era un lugar donde reinara la paz y la alegría. Cada niño batallaba con sus propios demonios y Ema era una de ellas. Siempre había tenido curiosidad por saber acerca de sus orígenes, al igual que muchos de los que habían vivido allí toda su corta vida. Algunos habían llegado al quedar huérfanos teniendo ya algunos años, sin embargo otros, como ella, no sabían a ciencia cierta si lo eran o no. Estaba allí desde su nacimiento e ignoraba si sus padres habían muerto o la habían abandonado, como era el caso de su amiga Ada.

Cada día Ema esperaba que alguna familia se apiadase de ella y de sus amigas y que las adoptaran y las quisieran. Ema ansiaba sentir el calor de hogar. Necesitaba saberse querida.

Todas las tardes, después de las clases que daban las religiosas, Ema se escabullía al campanario en donde vivía Cordelia, la hija del cuidador nocturno del orfanato. La muchacha ya era mayor de edad, pero como era familia del cuidador, se le permitía quedarse junto a él en una pequeña habitación dentro del campanario a cambio de dar clases de música a los niños.

Ema tenía esa inquietud musical. Le encantaba tocar la guitarra. Cordelia le había enseñado muy bien. La pequeña tenía muy buen oído y en cuestión de minutos era capaz de sacar una melodía con solo haberla escuchado una sola vez. Su voz también era hermosa. Si bien aún no maduraban sus cuerdas vocales, Cordelia estaba segura de que Ema llegaría a ser una gran cantante y guitarrista si se dedicaba de lleno a ello.  

 

Cierto día, mientras estaba en clases de matemáticas con el resto de los niños de su edad, Sor Margarita entró a la sala y le pidió a Sor Caridad permiso para retirar a Ema.

- ¿Qué sucede, Sor Margarita? – Preguntó la pequeña extrañada al tiempo que apuraba el paso para darle alcance a la religiosa.

- La Madre Superiora quiere verte, Ema.

- ¿Por qué? Yo no he hecho nada malo. – Se excusaba la pequeña aterrada ante la idea de enfrentarse a la Madre Superiora. Sabía lo cruel que podía ser cuando se ensañaba con alguien. Su amiga Magda con frecuencia pagaba los platos rotos de los arranques de locura de la religiosa, así que a medida que se acercaban a su oficina, el cuerpo de Ema comenzó a tensarse y no dejaba de temblar.

- Lo sé, hija. Te mandó a llamar por otro asunto. No hay nada de que asustarse. – Le aseguró Sor Margarita.

La religiosa de menor rango golpeó suavemente la puerta y pidió autorización para entrar. Luego de ella entró Ema.

En la oficina estaba la Madre Superiora, pero también había un hombre y un muchacho unos cuantos años mayor que ella.

- Toma asiento, Ema. Te tengo una muy buena noticia. - Ema se notaba asustada. – El señor aquí presente se llama Cristóbal De Vigo y el que está a su lado es su hijo Íñigo. Ellos están aquí porque quieren que seas parte de su familia.

- Señor …… - Dijo tímidamente Ema. - …… ¿usted quiere adoptarme?

El hombre se acercó hasta ella, la estrechó en sus brazos, la levantó en el aire y asintió.

- ¿Te gustaría ir con nosotros a casa, Ema y ser parte de nuestras vidas? – Le preguntó al tiempo que miraba a su hijo buscando que éste también le afirmara que era su deseo.

- Sí. Me gustaría mucho. – Dijo Ema con unas diminutas lágrimas en sus ojos mientras que Íñigo amorosamente se las enjugaba.

- Muy bien, entonces. – Dijo la Madre Superiora. – Los papeles de la adopción estarán listos en un par de semanas, justo cuando se esté realizando la campaña de adopción de este año para el resto de los otros niños. Puede venir a buscarla para esas fechas.

- Aquí estaremos. – Dijo el Señor De Vigo. Se acercó a la pequeña Ema y la besó en la mejilla para luego devolvérsela a Sor Margarita, quien la llevaría de vuelta al salón de clases.

 

************************

El plazo para ir por Ema había llegado y el Señor De Vigo estaba en el orfanato puntualmente a la hora estipulada. Sor Margarita había sido la encargada de ir en su búsqueda y la trajo ante su presencia no sin antes haber recogido sus cosas y haberse despedido de sus amigas Magda y Ada, a quienes esperaba volver a ver algún día.

Cuando vio al Señor De Vigo corrió a su encuentro y se le colgó en los brazos. No supo por qué lo hizo, pero sentir que él no la rechazaba, sino todo lo contrario, la hizo llenarse de esperanza por su futuro. Quizás por fin podría tener la familia que tanto anhelaba y que siempre se le privó.

Una vez en regla los últimos papeles, El Señor De Vigo tomó a Ema entre sus brazos y la sacó de allí.

Ema nunca había subido a un auto y mucho menos a uno tan lindo como el que tenía en Señor De Vigo.

- Vamos, Ema. Sube. – Ello lo hizo. – El chofer se llama Marcos y se encarga de llevarnos a donde necesitemos ir. – Ema lo miró por el espejo retrovisor y Marcos le guiñó un ojo. – Ahora mismo, nos llevará a la que será a partir de hoy, tu casa. – Ema lo miró y asintió.




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