El Infiltrado.

Capítulo 24

Observé la pantalla del móvil. No iba a contestar, no lo haría.

Respiré hondo mientras intentaba pasar la luz amarilla sin éxito. Me detuve en la luz roja e intenté ignorar a mi móvil, que seguía y seguía alertándome de una llamada entrante.

Hasta que dejó de hacerlo.

Conduje a la casa de Emma intentando desviar mis pensamientos.

No quería pensar en lo sucedido, pero no podía evitar hacerlo. No podía evitar preguntarme, ¿qué habría sucedido si no escapaba? ¿Iba a estar muerta ahora?

Cerré los ojos fuertemente cuando esa duda surgió, asustándome aún más si era posible. Había estado tan cerca de la muerte, o al menos de algún tipo de tortura.

Conduje durante minutos, minutos en los que no dejaba de pensar en todo. Y es que no podía creerlo. Los sucesos no hacían más que empeorar mi estado, tan solo restaba creer que iba directa a la locura... si no me asesinaban antes.

Me bajé del coche y me encaminé a un día con Emma.

***

—¡No puedo creerlo! ¿Y qué hiciste? —pregunté sorprendida, al borde de la risa.

—Pues... improvisé, el chico que estaba en la fila pensó que tuvo la culpa. Fue tan tierno cuando se disculpó y... oh Dios, ¡está viniendo!

Rápidamente giré mi cabeza hacia donde ella miraba sin disimulo alguno.

—April... no hagas eso —murmuró entre dientes Emma.

Sonreí al ver dos hombres... ¡rojito estaba aquí!

—Es el pelirrojo —informó sonrojada y no pude evitar abrir la boca sorprendida.

Oh santas patatas.

Me llevé una patata frita a la boca, intentando esa vez disimular.

Llevaba horas... no en realidad solo minutos, pero los llevaba oyendo como parloteaba de lo sexy, tierno, gracioso que era el hombre que echó sus patatas. Su rostro ilusionado y luego asustado al recordar a Robert.

Fue horrible verla tan feliz y viva en un momento y al otro, tenerla triste y al borde del llanto. Al menos superó es parte y ya la tenía feliz nuevamente.

—¿Estás hablando de Josefino? —pregunté sorprendida.

Emma me miró fijamente y luego escupió sus patatas riendo como desquiciada.

—¿Jo... Josefino? —Y continúo riendo.

Apoyé mi codo sobre la mesa y luego mi rostro sobre mi mano, aburrida, esperando a que su risa cesara.

—Si, Josefino —respondí. Me giré de nuevo y vi a Rojito más cerca, con la vista fija en Emma. No pude evitar la ternura al ver lo embobado que estaba con Emma y la forma en la que su mirada recorría todo su rostro y sus rasgos con extremada atención.

—Hola... venía a conversar un momento sobre... —se interrumpió abruptamente al verme junto a Emma—. April...

Sonreí de lado y asentí.

—Con razón sentía que lo conocía de algún lugar —susurró Emma, escaneando con la mirada a José.

Sí, pues se habían visto en la empresa, pero yo no los había visto charlar en ningún momento allí.

Josefino nos observó con curiosidad al ver que nos susurrábamos y le guiñe un ojo indicándole con la cabeza a Emma.

El sonrojo en él fue inmediato y no pude evitar soltar una carcajada.

—Les dejo solos —comuniqué levantándome. Me despedí agitando la mano e ignorando las miradas de advertencia de Emma y sus quejas.

Cuando me giré sonreí burlonamente. Hasta ahí podía oler el amor en el aire.

Empecé a recorrer el centro comercial en el que me encontraba pensando en ingresar a algún restaurante, ya que mis patatas no las había terminado y tenía hambre... mucha hambre.

Empujé la puerta de vidrio de un restaurante e hice mi pedido, ansiosa.

Estaba observando mis manos sobre la mesa y con el estómago gruñendo por comida cuando alguien ocupó el lugar frente a mí.

Levante la mirada encontrándome con James. Mis ojos se abrieron como platos, creía que ya no volvería a verlo.

Respiré hondo y vi cómo me observaba en silencio.

—No pretendía encontrarte hoy —susurró él, bajando la mirada tímidamente.

—¿Por qué te vas?

—April, las cosas están saliendo mal para mí. Estoy enamorado de ti. —Negó con la cabeza y cerró los ojos con fuerza antes de continuar —. Perdóname, por favor.

Aspiré profundamente mirándole.

—¿Quieres que te perdone por estar enamorado de mí? —pregunté con la voz en un hilo.

Negó con la cabeza suavemente, levantando la mirada hacia mí. Sus ojos azules brillaron viendo los míos. Su mano sobre la mesa buscó la mía.

—Quiero que me perdones por dejarte ahora, justo ahora. —Su mirada captó al mesero acercarse con mi pedido antes de volver a mí—. Pero ya te dije que voy a hacer lo imposible por mantenerte segura aunque no esté aquí contigo.

Su mano soltó la mía dejando una última caricia allí con sus dedos y al levantarse, se giró una vez más hacia mí.



Verónica Taboada

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En el texto hay: romance, amenazas y mentiras

Editado: 20.04.2018

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