El intercambio (inmigración espacial)

Capitulo 1 "La esperanza"

El despertador hizo un chirrido poco placentero haciendo que a Ian le volviera el alma al cuerpo dormido. Un aroma a pan recién hecho lo hizo suspirar de placer. Seguramente era su hermana haciendo el desayuno para todo el grupo; admiraba su energía infinita y su voluntad inquebrantable, siempre la primera en despertar y la primera en poner en movimiento la rueda de la rutina de trabajo, a pesar del caos en el que vivían. De pronto, las voces que le llegaban en oleadas se fueron unificando; lo estaban llamando.

─Ian despierta, vamos muchacho, ¡despierta!

─Déjenme un poco más.─ Suspira somnoliento─. Diganle a Nadia que en un rato voy.

─Vamos que nos esperan los oficiales─ la voz sonó autoritaria, pero no era la voz de los muchachos.

Ian abrió los ojos de golpe y miró a su alrededor. El hombre que estaba a su lado le sonrió con simpatía. Se trataba del oficial Dante, el hombre con el que había compartido el cuarto durante la última semana después de su pérdida. Le tomó unos segundos poner en orden sus pensamientos que continuaban empapados de los recuerdos del pasado, tan frescos como el aroma a pan que provenía de la cocina, a lo que se le sumaba:

El coro desafinado de los despertadores malditos, ella golpeándole la puerta, sus amigos haciéndole bromas cuando entraba dormido.

¿Era posible que ya no estuvieran? La angustia pugnaba en sus ojos y le atravesaba el pecho.

Cuando el oficial tomó una toalla, su peine y la afeitadora, Ian supuso que se preparaba para ir al baño.

─¿Otra pesadilla?─ le preguntó Dante antes de marcharse─ Estas muy pálido.

─Ese aroma a pan recién hecho me recuerda a las mañanas de la casa. Nadia era una excelente panadera.

Ian se sentó en la cama y comenzó a buscar su ropa que se encontraba revuelta sobre la cama.

─Ella era tu hermana ¿verdad? -Una joven sonreía desde un porta retratos digital- ¿Puedo?─preguntó tomándolo.

Ian asintió siguiéndolo con la vista mientras el hombre pasaba las fotos.

- Se ven muy felices, dime cuantos eran en la casa.

-Éramos unos diez, Samuel el de azul era mi mejor amigo, teníamos la misma edad, y Nadia, mi hermana, era la única mujer.

Ian hablaba cabizbajo y el oficial notó que estaba haciendo un esfuerzo por hablar.

- Desde el día que murieron no puedo dejar de recordarlos. ¿Es normal que pase eso?

─ No lo sé, hijo. Nada es normal en estos días- contestó mientras dejaba adhería el aparato a la pared-. Además piensa, siete días es muy poco tiempo.

Ian asintió en silencio, una sensación de caída al vacío se arremolinaba en sus entrañas.

─ Ya debo irme que se hace tarde, te espero en la cocina. Recuerda que nos reuniremos con el resto del equipo para arreglar detalles. No te tardes.

Cuando el oficial cerró la puerta, Ian hundió el rostro en la almohada ocultando las lágrimas pugnantes. Allí, enterrado en la suavidad mullida de su cama repitió para sus adentros que debía levantarse y ser valiente, como lo habían sido ellos, como lo había sido su hermana, en suma sus compañeros de vida que de algún modo continuaban cuidándolo y amonestándolo desde otras dimensiones, o al menos eso creía.

Al mirar hacia la pantalla la imágenes reabrían, una vez más, la ventana del pasado.

─Vamos Ian levántate ya si quieres desayunar antes de salir─ farfulló Nadia desde la puerta.

Recordó como había tenido que aguantarse para no responderle una guarangada, quizá porque le había parecido absurdo empezar una pelea tan temprano. Algo tan típico de hermanos que hasta parecía un ritual necesario. Luego, en el desayuno se presentó otro desafío.

─Hoy salimos a la cosecha─ le anunciaron al sentarse a la mesa.

─ ¿Con quién me toca?─ había preguntado él con el estómago encogido, la sola idea de salir le tensaba los nervios.

─ Irás con Samuel─ le respondió su hermana con calma. Desde el otro extremo de la mesa Samuel le guiñó el ojo.

Ian se sintió abrumado por tanta inercia. "Qué les pasaba a todos?", se preguntó al ver que nadie reaccionaba, ni se quejaba; ¿Acaso sus vidas no valían nada que estaban dispuestos a salir sin resistencia? Apretó una taza con fuerza, deseando que el objeto inerte le traspasara un poco de su pasividad al volcán que bullía en su cuerpo.

─ ¿Como saben que los trajes nos protegerán?─ Ian lanzó la pregunta con mirada fija el contenido negro y caliente de la taza esperando que alguien reaccionara, y hasta recordara lo que había pasado la última vez que habían confiado en ellos.

─ Ten un poco de fe en los inventores, amigo─ le respondido Roberto─. Estamos en el 2050, y gracias a ellos tenemos la tecnología que tenemos. Hasta viajamos a otros planetas…

─ Valla avance, gracias a esos viajes estamos como estamos-- rspondió Ian con sarcasmo.

─ ¿Y a quién culpas?, ¿a los científicos o a los astronautas? Te recuerdo que cuando viajaron todos deseábamos que se encontrara vida en otros planetas. Incluido tú - le rebatió uno del grupo, ya no recordaba quien habia sido.



Lihuen

Editado: 08.08.2018

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