El intercambio (inmigración espacial)

Capitulo IV Los visitantes

Ya atardecía, y eso era señal de que se debía acampar. Les tomó media hora encontrar un claro aceptable a orillas de un arroyo caudaloso. El cansancio y el hambre se hacían notorio en cada miembro del grupo por mucho que se empañaran en ocultarlo de manera que se dividieron rápidamente las tareas para ganar tiempo. Ian Hao y Leiza se ofrecieron a buscar leña mientras los demás se ocuparían de las dos carpas que tenían, una para las mujeres y otra para los varones.

Una vez que trio de recolectores se adentró en el bosque, a Leiza, las más extrovertida de los tres, se le dio por conversar.

—¿No les atemoriza un poco tanta tranquilidad?—fue una de sus preguntas.

—Pues para mi es mejor que esté así, no me agrada mucho la aventura —le respondió Hao

—A mí personalmente me gusta más la acción — continuó Leiza mientras tironeaba con fuerza de un tronco medio enterrado hasta que logró sacarlo del todo—. Esto de estar esperando me pone nerviosa.

—Se nota—observó Hao sonriendo— ¿Y tú Ian que cuentas?

Ian se hallaba a unos pasos cortando, por la seriedad del rostro parecía estar concentrado pero la realidad era que no perdía detalle de lo que los otros decían.

—A mí me da igual—afirmó con aparente tranquilidad—la acción se dará en el momento que deba ser, mientras tanto disfruto de la compañía.

–Pues yo no te creo nada—le dijo Leiza con tono burlón—a mí no me engañas, te he observado desde el incidente de la serpiente y creo que eres uno de los míos.

Ian le respondió con una sonrisa lo cual fue más que suficiente para darle la razón.

La leña se fue apilando rápidamente. El único que tardaba más de la cuenta con el acumulado era Hao lo cual enervó un poco a la Leiza. El solo ver como levantaba lentamente una a una las ramitas le colmo la paciencia.

—Haber Hao estira los brazos—le ordenó de pronto poniéndose delante de él.

La dura y demandante mirada de aquellos grandes ojos le hizo obedecer como nunca lo había hecho antes estirando sus escuálidos brazos. De inmediato, Leiza apiló en ellos una pila de ramas con tanta ímpetu que lo hizo tambalear hasta casi caer.

—Te haría falta un poco de gimnasio—bromeó Leiza al ver que Hago traspiraba baja el peso de la leña.

—¿Y ahora me lo dices?—se quejó él dando unos pasos indecisos hacia la dirección del campamento que se haya a unos pocos metros.

—Ve tranquilo y no pierdas ni una rama—le dijo ella ahogando una risita.

Hao ya no respondió, necesitaba todo el aliento que tenía para poder respirar. Caminó lentamente tratando de que no se le escapen las ramas, pero era inútil ya no podía más. A su lado paso Ian como flecha cargando unos troncos al hombro. Sus pasos demasiado agiles lo hicieron sentir miserable, las ganas de impresionar a Leiza lo hicieron aguantar hasta llegar a destino. Al poco tiempo, llegó Leiza arrastrando des ramas largas y gruesas tras de sí con sus mejillas rojas por el esfuerzo.

—Muy bien aquí está mi aporte– dijo la joven sacudiéndose la ropa y las manos que se encontraban empolvadas.

Hao apenas si podía ocultar su admiración aunque no sabía bien porque, ¿eran su mirada profunda u divertida?, o ¿quizá su sonrisa contagiosa? No podía decidirse y eso lo intimidaba bastante.

Leiza le devolvió la mirada haciéndolo ruborizarse.

—¿Que hacer parado sin hacer nada?—lo reprendió como una madre a su hijo—ven ayúdame con el fuego.

Una hora después, la carne estacada ya estaba tomando el color dorando y los jóvenes comenzaron uno a uno a engullir los trozos de los pequeños reptiles y aves que habían cazado en el camino. En esos momentos, era tanto el hambre que nadie hablo por el espacio de quince minutos, y hubieran seguido así por más tiempo de no ser que el banquete fue menguando hasta no quedar más que huesos bien pelados esparcidos en el suelo.

Ia fue la primera en hablar.

—Tenemos que hacer guardia en la noche y me gustaría que lo hiciéramos en pares en turnos de cada tres horas.

—Yo puedo ser el primero si están de acuerdo— se ofreció Ian.

Para la sorpresa de todos Hao se le unió a él para la primera ronda.

Me parce bien –respondió Ia—. Luego seguiría yo y ….

–Yo –se ofreció Leiza antes de que Ia pudiera terminar.

–Entonces yo me uno a Anuar—dijo Lian

Marcos esbozó una protesta peo Lian le sugirió que era mejor si descansaba.

…………………….

El campamento quedo prontamente vacío dejando su seguridad en las manos de Hao e Ian que no tardaron en dirigirse a lo arboles para buscar el apropiado para su vigia.

—Temo que va a llover—señalo Hao frunciendo la nariz cuando una gota le mojo la frente.

—Así parece—sonrió Ian –Será mejor que encontremos un árbol frondoso o no empaparemos.



Lihuen

Editado: 08.08.2018

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