El Juego #02 (el Templo)

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Un año y seis meses atrás

Cydiler depositó sus accesorios en uno de los casilleros del cuartel. Sus armas brillando con la tenue luz del lugar cuando le sonrió a Fitz. Estaban allí por petición de ella, porque se negaba por completo al cuidado que su novio quería colocar sobre ella. La Stanfers no dejaría de entrenar ahora que sabe la verdad sobre Francis Tetzaco, eso ya lo sabía Bran desde el minuto que vio a su mejor amigo entrar al cuartel con su novia detrás. Ya él conocía la terquedad de la mujer, él mismo se cansaba de ella.

– Sigo sin creer que te haya convencido de traerla a entrenar con nosotros. – comenta el hombre de cabello rubio con los brazos cruzados. Sus ojos grises miraron al guardián Eitak con las cejas elevadas.

Su mejor amigo dejó escapar un suspiro, tomó una de las cuchillas de la mesa y negó.

– Es muy terca, ya la conoces. – responde Fitz con media sonrisa. – Y si no la traía ella haría algo peor.

Bran no lo dudaba.

Fernanbeth, del otro lado del cuartel, estaba entrenando con Alisha en la celda de contención. Ambas mujeres se golpeaban sin piedad en el interior de la celda. Ya la sangre surgía de sus labios y narices al segundo round, ahora estaban atacándose con sus elementos.

La celda temblaba con cada ataque que hacían. Incluso Fitz había tenido que reforzarla hace unos minutos.

Alisha estaba arrojando ráfagas eléctricas de aire a la hermana de su mejor amigo, mientras que Fernanbeth la esquiva con su gracia felina digna de una sombra. No era para menos, fue entrenada directamente por el líder de todo el grupo. Cada golpe que ella hace fue perfeccionado desde sus entrenamientos con Fitz.

Fernanbeth saltó sobre Alisha, impulsándose con aire desde la suela de sus pies. La Hakimi intentó esquivar su ataque, cubriendo su cuerpo con sus brazos superpuestos, pero el puño de la otra mujer hizo crujir el hueso de la Hakimi al tocarlos. Estaban reforzados con tierra seguramente.

Fernanbeth se alejó con una amplia sonrisa mientras Alisha soltaba improperios al cielo y maldecía la victoria de la mujer. El combate había terminado.

– No sabía que fuera tan fuerte. – comenta una voz femenina a su lado. Ya presentía que sería irritante tenerla cerca.

Fitz terminó de evaluar las cuchillas, miró a su compañera con media sonrisa y luego observó a su hermana salir de la celda de contención.

Bran se acercó a las cuchillas sin hablar con Cydiler, la presencia de la Stanfers seguía molestandolo. No importaba que fuera novia de su mejor amigo, para él siempre sería una niña entrometida que era ignorante de los peligros que puede provocar por toda su imprudencia.

– Todos aquí son fuertes. – dice Fitz. Ya estaba calentando su cuerpo con movimientos simples para comenzar el entrenamiento. – Todo el complejo tiene campos de contención hechos por todos para evitar destruir las instalaciones. Como los juegos terminarán, los elementales antiguos comenzaron a salir de su escondite y vienen aquí a entrenar.

Y lo que no dijo el guardián fue que, en realidad esos elementales eran los aliados que consiguió luego de revelarse al templo por ella. Todas las fuerzas que buscó reunir para cualquier catastrofe, tanto plan y esfuerzo por parte de su mejor amigo le resultaba a Bran molesto. Desde que él vio a la chica cuando tenía tres años y vio la forma en la que Fitz se embobó por ella sabía que traería problemas.

Lo hizo. Por algo su mejor amigo se reveló, el templo los comenzó a cazar, Fitz contuvo sus fuerzas durante cuatro años para protegerla y aún ahora se sigue conteniendo.

– ¿Quién va a entrenarme? – Pregunta Cydiler.

La Stanfers soltó la espada maldita en la mesa, como si solo fuera un peso muerto, y miró a Fitz. Bran inmediatamente se tensó al ver el mango y vaina de la espada.

Él conocía la historia de esa espada maldita. La que absorve almas y oscuridad.

Estaba en ese templo porque en algún momento le perteneció a alguien poderoso hace siglos atrás, antes de su muerte. O eso siempre murmuraban sus abuelos en las hogueras de fin de semana. Las leyendas de esa espada siempre giraban en torno a la locura y el sadismo. Nadie podía reclamarla sin enloquecer, el poder los sobreponía y ansiaban la sangre de todos a su lado.

Por eso, los ultimos elementales de sangre pura decidieron encerrarla en el templo dorado. Así nadie abusaba de la fuerza de esa hoja. Que Cydiler fuera la portadora de esa espada era…

Bran movió la cabeza y retiró la espada de sus cuchillas con las manos frías. El mango de obsidiana brillo con la luz del cuartel, el poder zumbando en cada recodo de su cuerpo por el simple roce ¿Cómo podía esa chica llevarla sin problemas a todas partes? ¿Qué tenía de especial?

– Bran te entrenará hoy. – dice Fitz. Cydiler lo miró sorprendida y el aludido le dio una sonrisa malevola.

Le cobraría todas las que le debe.

– ¿Por qué no me entrenas tú? – Le pregunta ella a su mejor amigo.

La sorpresa no abandonaba sus rasgos.

Rash entró al cuartel con su arsenal de cuchillas y dagas, llamando la atención de algunos. Fitz le señaló la celda de contención recién desocupada y luego miró a su mujer con una sonrisa ladeada. El Kalinich ya estaba caminando a la celda con una amplia sonrisa.

– Tengo que entrenar con Rash. – se excusa pateticamente el guardián.

Bran rió y le arrojó a Cydiler una cuchilla de entrenamiento.

La Stanfers la tomó en el aire con el ceño fruncido.

– Lo que Fitz no te está diciendo es que él va a contenerse si pelea contigo. – dice Bran con una amplia sonrisa. Fitz soltó una carcajada y negó. – ¿Me equivoco, amigo? – Preguntó el hombre con una ceja elevada.

– Ciertamente no te equivocas. – responde Fitz sonriendo. Lo mira por el rabillo del ojo y luego mira a Cydiler. Ella tenía los brazos cruzados sobre su pecho, no le agradaba mucho el comportamiento de su compañero con ella. Bran la apoyó. – Si logras vencer a Bran hoy, pelearé contigo después. – le dice él con seriedad.



Laczuly0711

Editado: 27.02.2021

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