El Juego #02 (el Templo)

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Cydiler

En la mañana me encontraba haciendo el desayuno de los niños mientras ellos se preparaban para salir de aquí a sus entrenamientos matutinos de defensa personal en la academia de Espada y Sangre. Una academia que creé hace tres años para que los chicos tuvieran un arma con la cual defenderse llegados a un momento crítico como lo que ocurrió con mi generación y los juegos. Cada ciudad de mi territorio tiene su propia academia, estoy cansada de todas estas muertes inocentes; alguien tenía que hacerles frente a estas personas.

Mis hijos podían tener cinco años solamente, pero aparentaban el doble de su edad en el físico. Tenían un desarrollo acelerado que Shamp atribuía al hecho de su origen; se cree que ellos crecerán con esa velocidad por el aura de guardián que poseía Fitz. No lo tenemos claro todavía, es por eso que Cameron les ha hecho estudios junto a Elric y Anka en la ciudadela norte del territorio fantasma.

No quiero ningún cabo suelto en estos momentos.

No sabemos en qué momento vendrán por nosotros para seleccionar a los nuevos guardianes, algunos incluso se han confiado y tuvieron su propia familia como yo. Y eso es lo que me aterra, que en cualquier momento esos chicos perderán a sus padres, o viceversa, los padres perderán a sus hijos. En este punto todo puede suceder.

– Mierda. – murmuré al sentir el ardor leve de la cortada del cuchillo.

Deposité los vegetales en el guiso dentro de la olla y abrí la llave del fregadero para retirar la sangre de mi mano. Mi poder Stanfers había cerrado por completo la cortada, retirando cualquier cicatriz que pudiese presentar en un futuro; pero la sangre seguía siendo escandalosa y debía limpiarla para evitar que mis hijos se asustaran de nuevo.

Mucho me bastó con mostrarme ante ellos con cardenales y cortadas profundas en los brazos.

Esa tarde hace dos años no podían dormir sin gritar a mitad de la noche mi nombre, creían que en cualquier momento podrían perderme – cosa que podría suceder, pero no se las confirmo hasta que vea que es el momento adecuado – y tenían miedo que volvieran a atacarme y mi cuerpo estuviera como el instante cuando el primer ejército del templo atacó.

Sinceramente, esa es una escena que no quiero volver a mostrarles a alguno de ellos. Lo último que quiero que mis hijos tengan, es un trauma creado por escenas de muerte protagonizadas por mí.

– Mamá, Gail necesita hablar contigo. – dice mi hija en voz alta desde su habitación.

¿Gail?

Apago las hornillas de la cocina con el ceño fruncido y seco mis manos con el primer pañuelo que encontré en mi camino a la planta superior del apartamento.

Mis tres hijos tienen un carácter diferente cada uno; algo que comenzaron a manifestar hace un año cuando su físico fue el de chicos de diez años y no de su verdadera edad: cinco.

De los tres, Gail es el más serio y calculador. Encontrarle un tema de conversación ha sido un desafío, suele encerrarse en sí mismo así como lo hacía Fitz cuando nos conocimos la primera vez. Isga tiene una personalidad sumisa y algo susceptible a la situación, y por eso ella termina ocultándose en la personalidad de Igaler, su hermano mellizo. El cual es distante y amigable a la vez, a veces es como si tuviera doble personalidad como yo la tuve a su edad.

Estos son los comportamientos que estudia Cameron todos los días desde que comenzaron a crecer. Buscando un patrón de lo que ocurre y por qué ocurre.

– Gail, cariño, tu hermana…

Cubrí mi boca con una mano, aterrada por la imagen frente a mí, quería gritar; pero no quiero que Isga o Igaler vean esto ahora.

– Mamá, ayúdame. – murmura Gail aterrado.

– No te muevas. – pedí a mi hijo, mientras trataba de contener los temblores en mi cuerpo. – Ya voy a ayudarte, pero no vayas a gritar.

Fitz era dueño de las sombras. Y no eran sombras simples que se reflejaban en el suelo dependiendo del ángulo que golpee a la persona una luz; no, hablo de sombras reales. Esas que guardan demonios y almas errantes que tienen un castigo por lo cometido en vida. Dichas sombras no atacaban a Fitz porque lo respetaban, pero nuestros hijos…

Tres sombras sostenían a Gail en el aire, dos del brazo y una lo tenía del cuello. No tenían forma alguna, no eran humanas.

Cerré la puerta a mis espaldas con el máximo cuidado posible y cambié el color de mis ojos a mi estado Stanfers.

No tenía un libre acceso a las sombras como mi esposo lo tuvo, pero en mi estado Stanfers, por ser su pacto, podía hablar con ellas sin alterarlas del todo.

– Suéltenlo. – pedí con voz ronca. – Él no les ha hecho algo para traerlas, suéltenlo.

– El príncipe del infierno nos llamó. – susurraron las tres figuras sin soltar a mi hijo. – El rey de la oscuridad…

– El rey de la oscuridad está muerto. – declaré con un nudo en la garganta. – ¡Dejen a mis hijos en paz!

Gail intentó soltarse con una mueca, pero uno de los sujetos torció su brazo hasta que él soltó un chillido entre dientes cubierto de dolor.

La rabia se incrementó en mi interior cuando di un paso hacia ellos.

– El rey de la oscuridad está aquí. – dijo una voz ronca a mi espalda.

Me giré sorprendida de no haber sentido su presencia tan cerca de mí, cuando una onda de poder me envió al otro lado de la habitación con un fuerte golpe que extrajo todo el aire de mis pulmones. Gail soltó un grito llamándome, intenté asegurarle que las cosas estarían bien, pero mi voz no hallaba el camino al exterior. Un pitido agudo tenía mis sentidos aturdidos y no podía enfocar a las presencias en este lugar.

– ¡Mamá! – gritó Gail forcejeando con las sombras para llegar a mí.

Los ojos multicolor de mi hijo encontraron los míos cubiertos de terror, uno de sus brazos tenía un cardenal de gran tamaño en su bíceps y su ojo derecho, tenía un gran golpe que se estaba comenzando a hinchar mientras las sombras lo sostenían con fuerza de los brazos. Un hombre cubierto con una capucha de color plata estaba frente a las sombras, sonriendo ampliamente.



Laczuly0711

Editado: 27.02.2021

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