El Juego #02 (el Templo)

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Necesitaba un descanso de todo esto. Un descanso definitivo de toda esta guerra que tenían sobre ellos en ese momento.

Fernanbeth se encontraba caminando por sus campos de guerra bajo los gritos de órdenes a su alrededor.

Todos vestidos con cueros y hierros cubiertos de rasguños y abolladuras, cada persona de ese campamento siendo un sobreviviente de la última batalla. Algunos incluso estaban cargando los cuerpos de los caídos aún, los muertos del ejercito de su hermano capturado contra los muertos del templo. Ella evitó verlos detenidamente cuando entró en la carpa militar en el centro del campamento.

Estaban resistiendo cada ataque de esa mujer con la esperanza de que, en cualquier momento, sin importar qué, Cydiler y los guardianes aparecieran por esas tierras para ayudarlos; para darles una esperanza de ganar esta guerra contra el templo. Para detener tantas muertes, tanto dolor.

– El territorio Eitak está intentando resistir, pero no podemos… ¿Dónde está Cydiler cuando se necesita? ¿Dónde están sus fuerzas? – pregunta uno de los tenientes Eitak que representaba los ejércitos del norte. – Necesitamos a esa mujer en nuestras filas.

– Estamos haciendo todo para cubrir todo el territorio. – gruñe Rash con su armadura cubierta de lodo y sangre. Seguramente acaba de terminar una batalla en su propio territorio, ahora que ya lo maneja en su totalidad. – No somos dioses, maldita sea.

A su lado, la Monleach vestía la piel de Gail Tetzaco. La armadura abollada y las heridas de sus brazos curándose demasiado despacio para el hijo de un guardián como su hermano. Su rostro era una clara muestra del aburrimiento, pero el lazo Octapergnas entre la segunda y la tercera de Fitz le decía todo lo contrario. Un minuto más y la mujer terminara desmayada en medio de todos.

Su compañero, cubierto de lodo y golpeado también lo notaba. El Rollins estaba esperando el momento para tomar a su mujer en brazos y así descanse, para que deje de drenar tanta energía.

Fernanbeth se colocó junto al guardián Rollins, sus ojos azules escrutando las bajas señaladas en el mapa. Tantas bajas, eran tantas muertes…

– Fernanbeth ¿Alguna señal de los guardianes? – pregunta Sadbiel con el ceño fruncido.

El hombre era un Anirak con cuatro siglos de antigüedad, un comandante de una gran legión de mercenarios en todas las tierras. Esos ojos verde pino estaban buscando analizar cualquier posible debilidad en sus fuerzas, después de todo, sus tratos era con alguien que apenas y veían con el paso de los meses.

Fernanbeth pasó una mano por su rostro, la suciedad de cenizas en ella la cubrió. Resaltó su cicatriz. Todos los ojos de tenientes, comandantes y elementales sobre ella. Era demasiada carga para un alma hecha, para alguien tan inexperto como ella. Necesitaban un plan, una ayuda. Algo.

Por lo menos si supieran el paradero de Cinthia Lender habrían descubierto una modalidad para defenderse, algún movimiento que su cuñada pudo hacer en este momento. Ya ni siquiera podía recordar los movimientos de su hermano.

Un trueno resonó fuera de la carpa, la lluvia inundando todo el campamento para borrar toda la sangre que estaban sobre sus hombros.

Ni siquiera podía encontrar a Sammael. El antiguo guardián Stanfers había desaparecido de la faz de la tierra, como si nunca hubiese existido.

Fernanbeth apoyó las manos temblorosas sobre la mesa, un suspiro exhausto escapó de sus labios.

Opciones. Ya no tenían ninguna. Este era el final de ellos.

Morirían en cualquier momento de esta guerra.

Una guerra que comenzó su hermano por la mujer que amaba.

– Fitz no comenzó esta guerra. – habló una voz ronca desde la entrada de la carpa.

Las preguntas comenzaron a surgir de los labios de los presentes, algunas exclamaciones mientras detallaban a las figuras en la entrada. Incluso los ojos curiosos de sus ejércitos se asomaban tras ellos. Detrás de ella. Isabel fue la que se atrevió a hablar en medio de la sorpresa de todos ellos, volviendo a su forma original. A su aspecto letal y antiguo femenino.

– Traigan una silla, ahora.

Iván ya estaba ayudando a la mujer con el cuerpo maltrecho de su hermano.

Ambos estaban cubiertos de sangre.

– ¿Qué carajo está pasando aquí? – preguntó uno de los comandantes de las fuerzas Dimitrows.

Pero Fernanbeth no podía responder en ese momento. No mientras lo veía. Su hermano. Fitz estaba al borde de la desnutrición en los brazos de Iván, su piel completamente pálida, casi grisácea; heridas recientes y antiguas marcaban su cuerpo mientras se curaba de forma lenta. Una cortada de magia negra descansaba en su hombro. Sus ojos hundidos cerrados y el cabello negro de un largo excesivo sobre su frente. Torturado… Él había sido torturado todo este tiempo.

Alisha, bajo el terror de su mirada, colocó una silla acolchada frente a ellos.

La mujer dejó el cuerpo del hombre en ella. Su cabello cubierto de sangre se movió cuando se arrodilló frente a él, los irises azulados de su mirada, cubiertos de pánico cuando vio como la vida luchaba contra la muerte de su hermano. No le estaba importando nadie en esa habitación, nadie más que el guardián de sombras en esa silla.

– ¿Cómo se cura las heridas de un vigilante? – pregunta con voz ronca.

Un coro de maldiciones surgió de algunos hombres en esa carpa.

Erick se encargó de alejar a los ojos curiosos de la carpa. Por suerte, Bran no estaba en esta reunión. Fernanbeth había evitado exitosamente al hombre todos estos años.

– Solo un vigilante puede curar a otro cuando uno está demasiado débil para hacerlo. – responde Elric Shinket con el rostro pálido sobre la Stanfers.

Su madre, con el cabello cubierto de lodo a su lado, estaba igual de aterrada por sentir la presencia de esa mujer.



Laczuly0711

Editado: 27.02.2021

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